Autor/a
Candas
Categoria
Relat lliure
El viaje de Joan
Han pasado 45 años desde que la vi por primera vez corriendo hacia el andén para coger el metro en la línea verde Aragón. Su pelo rojizo volaba y llevaba un abrigo largo de color verde esmeralda, una bufanda a cuadros amarilla y marron. Aunque venía agitada, y con el pelo despeinado, me pareció la persona más hermosa que había visto nunca. Era el invierno de 1981.
Iba de camino al bufete de abogados de mi familia. Mi padre era abogado y mi madre ama de casa, yo había estudiado para ser abogado como mi padre y así algún día poder encargarme del bufete “Millet” como nuestro apellido.
Aquel día cogí el metro de camino al trabajo. Leía “El túnel“ mientras esperaba que llegara el tren.
Cuando me puse de pie para subir al vagón que acababa de llegar, un fuerte sonido que venía del lado izquierdo me hizo desviar la mirada, entonces la vi corriendo para alcanzarlo. Me apoyé al lado de la puerta para impedir que se cerrara y así ella pudiera entrar. Me miró con sus ojos azules y recibí una sonrisa de agradecimiento. Me paralicé sin decir palabra; el tren arrancó y ella percibió mi torpeza echándose a reír con dulzura.
Así comenzó una de las estaciones más bellas de mi vida. Pero, como todos los trenes tienen su final, nuestros encuentros también.
Cada mañana nos encontrábamos en el andén. Hablamos del “Túnel” y de libros. Supe que cuidaba a unos niños, que sus padres habían salido de Argentina durante la dictadura, pero sus corazones aun anhelaban regresar algun dia, asi como el de ella. Tenía una amplia familia en Argentina a la cual amaba y más aun a su madre que era de salud débil. Amaba el invierno. Quería retomar la universidad, era de naturaleza alegre y tenía el pelo rojo gracias a su abuela que emigró de Irlanda a Argentina tras la gran hambruna.
Recuerdo su voz cuando decía mi nombre con su acento marcado, sus ojos, las risas entre platicas y fue realmente fácil amarla tras cada conversación.
Su regreso a Argentina por la salud de su madre fue precipitado y nuestro amor fugaz. Quizá por eso fue aún más valioso. A pesar del tiempo y de todas las personas que han pasado por mi vida así como estos trenes, Florencia fue la estación más hermosa que he conocido.
Hoy con los huesos cansados, el pelo canoso y con una leve sonrisa en los labios sentado en el andén de Aragón o claro Passeig de Gràcia cómo se llama ahora, como el nombre de esta estación solo queda el recuerdo de Florencia en mi memoria. Suspiro con aprecio, viendo cómo las personas suben y otras bajan, como esta vida, solo forman parte efímera del viaje y es el regalo que me llevo. Su presencia y amor.
Iba de camino al bufete de abogados de mi familia. Mi padre era abogado y mi madre ama de casa, yo había estudiado para ser abogado como mi padre y así algún día poder encargarme del bufete “Millet” como nuestro apellido.
Aquel día cogí el metro de camino al trabajo. Leía “El túnel“ mientras esperaba que llegara el tren.
Cuando me puse de pie para subir al vagón que acababa de llegar, un fuerte sonido que venía del lado izquierdo me hizo desviar la mirada, entonces la vi corriendo para alcanzarlo. Me apoyé al lado de la puerta para impedir que se cerrara y así ella pudiera entrar. Me miró con sus ojos azules y recibí una sonrisa de agradecimiento. Me paralicé sin decir palabra; el tren arrancó y ella percibió mi torpeza echándose a reír con dulzura.
Así comenzó una de las estaciones más bellas de mi vida. Pero, como todos los trenes tienen su final, nuestros encuentros también.
Cada mañana nos encontrábamos en el andén. Hablamos del “Túnel” y de libros. Supe que cuidaba a unos niños, que sus padres habían salido de Argentina durante la dictadura, pero sus corazones aun anhelaban regresar algun dia, asi como el de ella. Tenía una amplia familia en Argentina a la cual amaba y más aun a su madre que era de salud débil. Amaba el invierno. Quería retomar la universidad, era de naturaleza alegre y tenía el pelo rojo gracias a su abuela que emigró de Irlanda a Argentina tras la gran hambruna.
Recuerdo su voz cuando decía mi nombre con su acento marcado, sus ojos, las risas entre platicas y fue realmente fácil amarla tras cada conversación.
Su regreso a Argentina por la salud de su madre fue precipitado y nuestro amor fugaz. Quizá por eso fue aún más valioso. A pesar del tiempo y de todas las personas que han pasado por mi vida así como estos trenes, Florencia fue la estación más hermosa que he conocido.
Hoy con los huesos cansados, el pelo canoso y con una leve sonrisa en los labios sentado en el andén de Aragón o claro Passeig de Gràcia cómo se llama ahora, como el nombre de esta estación solo queda el recuerdo de Florencia en mi memoria. Suspiro con aprecio, viendo cómo las personas suben y otras bajan, como esta vida, solo forman parte efímera del viaje y es el regalo que me llevo. Su presencia y amor.