Autor/a
Indalo
Categoria
Relat lliure
Estaciones compartidas
Bajé las escaleras tan rápido como pude, con estas piernas mías que ya tiemblan más de lo que me gustaría. Me senté en el andén y al meter la mano en el bolsillo, encontré una foto arrugada. De tantas veces que la he visto a lo largo de los años, las esquinas estaban dobladas y el papel, parecía casi tan cansado como yo.
A mis noventa y dos años, el tiempo pesa, pero aquella imagen del metro, despierta recuerdos que ningún calendario puede borrar.
Subí al metro y una chica me ofreció su asiento. Nadie miraba a nadie; cabezas inclinadas, dedos deslizando pantallas, ojos atrapados en luces sin rostro. Antes, cruzábamos miradas, tímidas sonrisas… incluso empezaban historias. No sé en qué momento dejamos que el mundo se encogiera hasta el tamaño de una pantalla. Pero bueno, ¿qué sabrá un viejo como yo? Supongo que ahora el mundo brilla de otra manera y que cada generación tiene sus costumbres. La mía no era ni mejor ni peor, sólo era distinta.
Cerré los ojos y el vagón se transformó en mi memoria: asientos de madera, luces cálidas, risas… y entonces la vi. Apoyada contra la pared. Llevaba el pelo recogido con unos mechones rebeldes cayéndole por la espalda. Sus ojos verdes intensos, hoy estaban tristes y perdidos, como trenes que desaparecen en túneles sin saber a qué estación llegarán.
No era la primera vez que la veía. Durante semanas coincidimos sin hablar… hasta aquella noche.
Un músico levantó su violín y la melodía flotó por el vagón. Me levanté y, sin apartar la mirada, caminé con decisión hacia ella. Su aroma a jazmín y canela se filtró por cada poro de mi piel.
Extendí la mano.
- Hola, soy Ismael. ¿Bailamos?
Sonrió, sorprendida, pero puso su mano sobre la mía. Al tocarme, una corriente recorrió todo mi cuerpo. En ese momento supe que estaba perdido.
- Hace tiempo que no bailo -dijo-. Igual te piso y huyes hacia el último vagón o hacia aquella anciana que te está mirando.
Miré a la señora un segundo y respondí:
- Créeme, no tengo ninguna intención de ir allí.
Los dos nos echamos a reír.
Dios…esa risa. Definitivamente, estaba perdido.
Después de eso, no pude evitar acercarla más a mí, y empezar a bailar. Una vuelta, miradas cómplices y dos cuerpos moviéndose al ritmo de la música mientras el metro avanzaba.
Cuando la voz anunció la parada, el metro frenó. Nos miramos en silencio, sabiendo que algo había cambiado. Las puertas se abrieron. La gente entró y salió sin prisa. Y justo entonces, un segundo antes de que el vagón volviera a llenarse, nuestras miradas se encontraron con un brillo que nadie más vio. En ese instante supe que ya no me separaría de ella.
El llanto de un niño me sacó del recuerdo. Esta vez viajo solo, en uno de esos vagones que nos vieron reír, discutir, reconciliarnos cuando parecía que todo se rompía, criar a nuestros hijos…al fin y al cabo: vivir.
Ahora la foto vibra entre mis manos; será la edad, o tal vez el peso de los recuerdos que se niegan a quedarse quietos.
Sé que el tiempo empieza a cerrarme sus puertas, pero si me regalara un solo trayecto más, elegiría aquel, porque entre tantos viajes, ese fue el que me dio una vida entera. Porque ahora lo sé: hay vagones que pasan una sola vez en la vida. Miradas que se convierten en hogar y estaciones que no solo te llevan a lugares… a veces te llevan una y otra vez a la misma persona, hasta que un día decides dejar de apartar la mirada.
Hoy el metro llega al final de la línea. No tengo miedo. Ella me espera en la siguiente estación.
A mis noventa y dos años, el tiempo pesa, pero aquella imagen del metro, despierta recuerdos que ningún calendario puede borrar.
Subí al metro y una chica me ofreció su asiento. Nadie miraba a nadie; cabezas inclinadas, dedos deslizando pantallas, ojos atrapados en luces sin rostro. Antes, cruzábamos miradas, tímidas sonrisas… incluso empezaban historias. No sé en qué momento dejamos que el mundo se encogiera hasta el tamaño de una pantalla. Pero bueno, ¿qué sabrá un viejo como yo? Supongo que ahora el mundo brilla de otra manera y que cada generación tiene sus costumbres. La mía no era ni mejor ni peor, sólo era distinta.
Cerré los ojos y el vagón se transformó en mi memoria: asientos de madera, luces cálidas, risas… y entonces la vi. Apoyada contra la pared. Llevaba el pelo recogido con unos mechones rebeldes cayéndole por la espalda. Sus ojos verdes intensos, hoy estaban tristes y perdidos, como trenes que desaparecen en túneles sin saber a qué estación llegarán.
No era la primera vez que la veía. Durante semanas coincidimos sin hablar… hasta aquella noche.
Un músico levantó su violín y la melodía flotó por el vagón. Me levanté y, sin apartar la mirada, caminé con decisión hacia ella. Su aroma a jazmín y canela se filtró por cada poro de mi piel.
Extendí la mano.
- Hola, soy Ismael. ¿Bailamos?
Sonrió, sorprendida, pero puso su mano sobre la mía. Al tocarme, una corriente recorrió todo mi cuerpo. En ese momento supe que estaba perdido.
- Hace tiempo que no bailo -dijo-. Igual te piso y huyes hacia el último vagón o hacia aquella anciana que te está mirando.
Miré a la señora un segundo y respondí:
- Créeme, no tengo ninguna intención de ir allí.
Los dos nos echamos a reír.
Dios…esa risa. Definitivamente, estaba perdido.
Después de eso, no pude evitar acercarla más a mí, y empezar a bailar. Una vuelta, miradas cómplices y dos cuerpos moviéndose al ritmo de la música mientras el metro avanzaba.
Cuando la voz anunció la parada, el metro frenó. Nos miramos en silencio, sabiendo que algo había cambiado. Las puertas se abrieron. La gente entró y salió sin prisa. Y justo entonces, un segundo antes de que el vagón volviera a llenarse, nuestras miradas se encontraron con un brillo que nadie más vio. En ese instante supe que ya no me separaría de ella.
El llanto de un niño me sacó del recuerdo. Esta vez viajo solo, en uno de esos vagones que nos vieron reír, discutir, reconciliarnos cuando parecía que todo se rompía, criar a nuestros hijos…al fin y al cabo: vivir.
Ahora la foto vibra entre mis manos; será la edad, o tal vez el peso de los recuerdos que se niegan a quedarse quietos.
Sé que el tiempo empieza a cerrarme sus puertas, pero si me regalara un solo trayecto más, elegiría aquel, porque entre tantos viajes, ese fue el que me dio una vida entera. Porque ahora lo sé: hay vagones que pasan una sola vez en la vida. Miradas que se convierten en hogar y estaciones que no solo te llevan a lugares… a veces te llevan una y otra vez a la misma persona, hasta que un día decides dejar de apartar la mirada.
Hoy el metro llega al final de la línea. No tengo miedo. Ella me espera en la siguiente estación.