Autor/a
Irene Alventosa
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
La Salle Girona
Relat escolar

Fuera de época

La oscuridad y el frío de aquella noche durante la tormenta en el medio del mar eran
capaces de estremecer a cualquiera. Se sentía una atmósfera inusual en el fuerte aire,
y todos los tripulantes del barco sospechaban que algo extraño iba a suceder.

El capitán del barco, el famoso pirata Barbarroja, era una eminencia en navegación, lo
que reducía las terribles expectativas que sus subordinados tenían acerca del destino
tan pesimista que se imaginaban. Los truenos y relámpagos hacían retumbar las olas,
creando formas titánicas que prácticamente inundaban la inmensidad del barco. El
capitán estaba desbordado por la situación, ya no sabía qué hacer. En medio de esa
densa desesperación, un gran estruendo sonó e hizo que el barco brillara por un
momento: era un rayo.

Cuando el capitán Barbarroja abrió sus ojos de nuevo, se sintió completamente
desubicado. El paisaje que podía contemplar hacía apenas unos segundos se había
desvanecido por completo. Ahora, se encontraba en un metro, cosa que desconocía
completamente. No entendía por qué estaba en un sitio tan diferente: lleno de gente,
con voces de fondo que parecían indicar diferentes destinos y, sobre todo, sintiendo la
mirada fija de todos los pasajeros.

Un niño con aspecto inocente, acompañado de una mujer, se acercó poco a poco al
capitán, cuando aún estaba desconcertado. Sus ojos denotaban admiración, brillando
con entusiasmo mientras observaba el hombre desde abajo.

-¿Podría tomarme una foto con usted? —dijo el niño, aparentemente emocionado.
-Perdone, señor... Es la primera vez que estamos en Barcelona y al crío le encantan los
piratas —aclaró la mujer con parsimonia. — No sabíamos que la gente aún se
disfrazaba de pirata...

Barbarroja se quedó con una expresión confundida, frunciendo el ceño de manera muy
notoria. La mujer se quedó observando el pirata, extrañada por su reacción tan
repentina.

-Señora, no llevo ningún disfraz —respondió el capitán Barbarroja, claramente
indignado por la declaración de la señora.

El niño miró aún más entusiasmado el hombre, dando pequeños saltitos de emoción al
escuchar que ese hombre era un verdadero pirata. Poco después, el niño se fue con la
que parecía ser su madre y, posteriormente, una voz robótica anunció la próxima
parada del metro, resonando por todo el vagón:

-¡¿Quién anda ahí?! —exclamó el pirata, exaltado por la voz desconocida que parecía
provenir de cada rincón del lugar. Confundido, giró la cabeza hacia todas las
direcciones posibles.

El metro se paró gradualmente y las puertas del vagón se abrieron. Barbaroja, aún
desconcertado, avanzó con cautela hacia la salida, observando cada detalle como si
se tratara de una trampa. Apenas dio un par de pasos fuera del vagón, un hombre
vestido con un uniforme se acercó a él, serio.

-Señor, el billete —dijo con voz firme.
-No sé de qué me habláis... Exijo saber en qué clase de puerto me encuentro.

El revisor suspiró profundamente, como si ya hubiera tenido aquella conversación.

-Otra vez… —murmuró—. Mire, señor, esto ya cansa. ¿Cuántas veces tengo que decirle que no puede venir del siglo XVIII sin validar el transporte?
-¿Siglo XVIII? —repitió Barbaroja, casi en un susurro.

El revisor asintió, extendiendo la mano.

-El billete, por favor. O tendré que ponerle una multa.

Por primera vez, el temido pirata Barbarroja sintió un escalofrío que no tenía nada que
ver con la tormenta. Y así, comprendió que, en aquel extraño mundo, su mayor
enemigo no era el mar… sino el transporte público.