Autor/a
Darlan
Categoria
Relat lliure
Futuro incierto
Nadie en su sano juicio podría imaginar lo que estaba a punto de suceder. Nadie… lo prometo.
Como cada mañana, me disponía a ir al trabajo. «Vida de pobre», me repetía esa frase cada miserable mañana mientras atravesaba las puertas automáticas del metro y me apretujaba entre aquella mezcla de personas desconocidas con las que compartía ese “precioso” momento.
He de decir que, casi a modo de mantra, repasaba en esos trayectos de qué forma podría no tener que entrar nunca más en uno de esos vagones… ¿La primitiva? ¿Hacerme criptobro?
En resumen, un día sí y al otro también, ninguna de esas ideas o soluciones se materializaba y volvíamos a lo mismo.
Abrir el móvil, activar la T-mobilitat, ese «pip» que me avisaba de que mi acceso al paraíso llamado metro había sido validado; cuerpo junto a cuerpo. Los días de suerte, con alguna compañía más agraciada que otra; los días de perros, con algún “amigo” que no entendía que la higiene personal es maravillosa no solo para el bienestar de uno mismo, sino también para el del resto de compañeros de trayecto.
La misma curva de siempre entre Sant Andreu y Fabra i Puig, el mismo caos de cruce de pasajeros en Sagrera, los mismos carteles de publicidad en Navas… pero, al llegar a Clot, algo extraño se entremezcló con mis “sueños de grandeza”. Al desviar la mirada del móvil hacia los andenes, percibí que algo no era como cada día.
Decenas de personas, con expresiones de pánico, estaban al otro lado de los cristales del vagón. Dentro del mismo empezaron a escucharse gritos; gente desconcertada por lo que veía. Y, de repente, la voz del conductor en los altavoces:
«Por su seguridad, no se abrirán las puertas en la estación de Clot. Hemos recibido la orden desde la central de TMB de seguir el trayecto sin más paradas hasta entender qué está sucediendo».
El metro reanudó el viaje y, al llegar a Glòries, la escena empeoró, si cabe. En los andenes no solo había gente con la misma cara de horror que en la estación anterior, sino que se respiraba en el ambiente un grado de violencia que, en la siguiente estación —Marina—, se acabó de confirmar…
Al llegar a esta, lo que pudimos presenciar nos hizo entrar a todos en pánico: las caras de miedo se habían transformado en violencia. Los viajeros en los andenes estaban atacándose unos a otros.
—¿Qué cojones está sucediendo ahí fuera? —exclamó algún pasajero con desesperación.
La gente se movía inquieta dentro del vagón al presenciar lo que fuera estaba sucediendo.
El metro volvió a arrancar y lo que presenciamos en la siguiente estación nos dejó a todos helados… En los andenes contemplamos el final de “la obra”, en su cuarto acto: decenas de cadáveres cubrían los andenes y no había señal de vida por ningún lado.
De nuevo, la voz del conductor resonó por los altavoces:
«Estamos en la última estación transitable. Las comunicaciones con la central se han cortado y ahora mismo estamos esperando recuperarlas para saber qué está pasando».
Sabía que era cuestión de segundos que el caos dentro del vagón explotase y… así fue.
Un fuerte golpe en una de las ventanas del vagón nos despertó a todos de nuestra pesadilla anterior. Alguno de los pasajeros decidió utilizar uno de los martillos y romper la única barrera que existía entre los dos mundos que ahora convivían…
Que pena no recordar lo que sucedió a partir de ese momento, amanecí en un sótano con otras 50 personas aproximadamente y ahora nos encontramos encerrados sin noticias del exterior.
Como cada mañana, me disponía a ir al trabajo. «Vida de pobre», me repetía esa frase cada miserable mañana mientras atravesaba las puertas automáticas del metro y me apretujaba entre aquella mezcla de personas desconocidas con las que compartía ese “precioso” momento.
He de decir que, casi a modo de mantra, repasaba en esos trayectos de qué forma podría no tener que entrar nunca más en uno de esos vagones… ¿La primitiva? ¿Hacerme criptobro?
En resumen, un día sí y al otro también, ninguna de esas ideas o soluciones se materializaba y volvíamos a lo mismo.
Abrir el móvil, activar la T-mobilitat, ese «pip» que me avisaba de que mi acceso al paraíso llamado metro había sido validado; cuerpo junto a cuerpo. Los días de suerte, con alguna compañía más agraciada que otra; los días de perros, con algún “amigo” que no entendía que la higiene personal es maravillosa no solo para el bienestar de uno mismo, sino también para el del resto de compañeros de trayecto.
La misma curva de siempre entre Sant Andreu y Fabra i Puig, el mismo caos de cruce de pasajeros en Sagrera, los mismos carteles de publicidad en Navas… pero, al llegar a Clot, algo extraño se entremezcló con mis “sueños de grandeza”. Al desviar la mirada del móvil hacia los andenes, percibí que algo no era como cada día.
Decenas de personas, con expresiones de pánico, estaban al otro lado de los cristales del vagón. Dentro del mismo empezaron a escucharse gritos; gente desconcertada por lo que veía. Y, de repente, la voz del conductor en los altavoces:
«Por su seguridad, no se abrirán las puertas en la estación de Clot. Hemos recibido la orden desde la central de TMB de seguir el trayecto sin más paradas hasta entender qué está sucediendo».
El metro reanudó el viaje y, al llegar a Glòries, la escena empeoró, si cabe. En los andenes no solo había gente con la misma cara de horror que en la estación anterior, sino que se respiraba en el ambiente un grado de violencia que, en la siguiente estación —Marina—, se acabó de confirmar…
Al llegar a esta, lo que pudimos presenciar nos hizo entrar a todos en pánico: las caras de miedo se habían transformado en violencia. Los viajeros en los andenes estaban atacándose unos a otros.
—¿Qué cojones está sucediendo ahí fuera? —exclamó algún pasajero con desesperación.
La gente se movía inquieta dentro del vagón al presenciar lo que fuera estaba sucediendo.
El metro volvió a arrancar y lo que presenciamos en la siguiente estación nos dejó a todos helados… En los andenes contemplamos el final de “la obra”, en su cuarto acto: decenas de cadáveres cubrían los andenes y no había señal de vida por ningún lado.
De nuevo, la voz del conductor resonó por los altavoces:
«Estamos en la última estación transitable. Las comunicaciones con la central se han cortado y ahora mismo estamos esperando recuperarlas para saber qué está pasando».
Sabía que era cuestión de segundos que el caos dentro del vagón explotase y… así fue.
Un fuerte golpe en una de las ventanas del vagón nos despertó a todos de nuestra pesadilla anterior. Alguno de los pasajeros decidió utilizar uno de los martillos y romper la única barrera que existía entre los dos mundos que ahora convivían…
Que pena no recordar lo que sucedió a partir de ese momento, amanecí en un sótano con otras 50 personas aproximadamente y ahora nos encontramos encerrados sin noticias del exterior.