Autor/a
Maçon
Categoria
Relat lliure
Julia
Estoy cansada, toda la noche en esa butaca de hospital me ha dejado la espalda molida.
Tengo ganas de llegar a casa y darme una ducha, no sé si llegaré tarde a clase, hoy tengo examen de mates y no me ha dado tiempo a estudiar lo que hubiese querido, los ánimos tampoco es que me hubiesen dejado.
Me dirijo a pie hasta plaza Cataluña donde cojo el metro hasta paseo de Gracia.
En el hospital hacía mucho calor y he olvidado que estamos en febrero y hace frio, suerte de la chaqueta porque la falda sin los pantis ni las braguitas no me abriga mis piernas. Un desastre que me haya venido el periodo justo en el peor momento, fuera de casa con mi madre en esa habitación de hospital y sin nadie a quien poder acudir para pedir un recambio interior. Una de las enfermeras que se dio cuenta que había manchado y que me estaba aseando en ese minúsculo baño me ayudo con unas esponjas con jabón, que con el contacto con el agua pude limpiarme.
No sé si mi madre saldrá de esta, esta vez, no sé cómo puede ser que ese hombre pueda saltarse las barreras y controles que la justicia le impone, me siento impotente.
Sigo caminando a paso ligero son las 06:15 de la mañana, la ciudad empieza a despertarse, mucha gente yendo a trabajar, es viernes y también hay mu ha gente que parece estar de fiesta aún o llegando de ella, caras blancas, con los musculo desencajados de los pómulos, ojos con los parpados bajados, rojos, muchos con las pupilas dilatadas.
Bajo las escaleras de la estación de plaza Cataluña, uno de los chicos del grupito que lleva rato detrás mío en la mi misma dirección empieza a hacer sonidos como un orangután al pasar por la rotonda donde confluyen las diferentes entradas, justo en medio hace un eco atroz, que me hace encogerme un poco de hombros. No quiero girarme para mirarlos, no quiero entrar en su juego.
Saco de mi bolso el monedero donde tengo mi T-usual, la paso por la máquina, pero da error, tengo que recargarla, en las maquinas está el grupo de chicos, me pongo a la cola esperando mi turno. Se hacen bromas entre ellos, empujones no muy fuertes palmadas en la espalda y riéndose unos de otros o más bien unos casi siempre del mismo, que parece que ya está acostumbrado a ser la muletilla de todos para que el resto pueda parecer que tiene conversación sin decirse nada, todo lo que dicen es vacío.
Cuando han acabado de sacar sus billetes, me coloco delante de la pantalla para recargar mi tarjeta , en ese momento un chico delgadito, con el pelo muy muy corto de los costados con el flequillo largo y peinado de lado, con un cigarro liado colgado de su oreja, con un bolso riñonera colocado entre cuello y de forma lateral por encima de su pecho, me dice si quieres ayuda con la maquina solo tienes que pedírmelo, lo haré con mucho gusto.
Miro fijamente a los chicos de seguridad que hay en las oficinas justo detrás de las maquinas, pero están con su conversación y no me ven, sigo con lo mío e ignoro al chico.
De desagradecidas está el mundo lleno, por lo menos podías haber contestado, sigo medio paralizada sin darle a ninguna opción de la pantalla.
Suerte que una chica me estaba mirando y se ha dirigido a mi para ayudarme con la recarga, estaba paralizada mirando fijamente la pantalla sin hacer nada, me ha dicho: No les hagas ni caso, están con su testosterona hasta arriba y no tienen ni dos dedos de frente. Ya, le respondo yo, pero nunca se sabe de qué pueden ser capaces y más cuando están bebidos o drogados y en manada.
Tengo ganas de llegar a casa y darme una ducha, no sé si llegaré tarde a clase, hoy tengo examen de mates y no me ha dado tiempo a estudiar lo que hubiese querido, los ánimos tampoco es que me hubiesen dejado.
Me dirijo a pie hasta plaza Cataluña donde cojo el metro hasta paseo de Gracia.
En el hospital hacía mucho calor y he olvidado que estamos en febrero y hace frio, suerte de la chaqueta porque la falda sin los pantis ni las braguitas no me abriga mis piernas. Un desastre que me haya venido el periodo justo en el peor momento, fuera de casa con mi madre en esa habitación de hospital y sin nadie a quien poder acudir para pedir un recambio interior. Una de las enfermeras que se dio cuenta que había manchado y que me estaba aseando en ese minúsculo baño me ayudo con unas esponjas con jabón, que con el contacto con el agua pude limpiarme.
No sé si mi madre saldrá de esta, esta vez, no sé cómo puede ser que ese hombre pueda saltarse las barreras y controles que la justicia le impone, me siento impotente.
Sigo caminando a paso ligero son las 06:15 de la mañana, la ciudad empieza a despertarse, mucha gente yendo a trabajar, es viernes y también hay mu ha gente que parece estar de fiesta aún o llegando de ella, caras blancas, con los musculo desencajados de los pómulos, ojos con los parpados bajados, rojos, muchos con las pupilas dilatadas.
Bajo las escaleras de la estación de plaza Cataluña, uno de los chicos del grupito que lleva rato detrás mío en la mi misma dirección empieza a hacer sonidos como un orangután al pasar por la rotonda donde confluyen las diferentes entradas, justo en medio hace un eco atroz, que me hace encogerme un poco de hombros. No quiero girarme para mirarlos, no quiero entrar en su juego.
Saco de mi bolso el monedero donde tengo mi T-usual, la paso por la máquina, pero da error, tengo que recargarla, en las maquinas está el grupo de chicos, me pongo a la cola esperando mi turno. Se hacen bromas entre ellos, empujones no muy fuertes palmadas en la espalda y riéndose unos de otros o más bien unos casi siempre del mismo, que parece que ya está acostumbrado a ser la muletilla de todos para que el resto pueda parecer que tiene conversación sin decirse nada, todo lo que dicen es vacío.
Cuando han acabado de sacar sus billetes, me coloco delante de la pantalla para recargar mi tarjeta , en ese momento un chico delgadito, con el pelo muy muy corto de los costados con el flequillo largo y peinado de lado, con un cigarro liado colgado de su oreja, con un bolso riñonera colocado entre cuello y de forma lateral por encima de su pecho, me dice si quieres ayuda con la maquina solo tienes que pedírmelo, lo haré con mucho gusto.
Miro fijamente a los chicos de seguridad que hay en las oficinas justo detrás de las maquinas, pero están con su conversación y no me ven, sigo con lo mío e ignoro al chico.
De desagradecidas está el mundo lleno, por lo menos podías haber contestado, sigo medio paralizada sin darle a ninguna opción de la pantalla.
Suerte que una chica me estaba mirando y se ha dirigido a mi para ayudarme con la recarga, estaba paralizada mirando fijamente la pantalla sin hacer nada, me ha dicho: No les hagas ni caso, están con su testosterona hasta arriba y no tienen ni dos dedos de frente. Ya, le respondo yo, pero nunca se sabe de qué pueden ser capaces y más cuando están bebidos o drogados y en manada.