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Sonder
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Relat lliure
Relat lliure

La melodía del final

Mi abuelo, Joan, ha sido siempre un hombre de esos que parecen hechos de constancia: muy trabajador y familiar. Pero antes de todo eso, antes incluso de aprender a hablar, descubrió su pasión: la música. Le gusta mucho bailar, dice que aún se mueve igual que a los veinte, aunque nadie en la familia se atreva a confirmarlo, pero lo que de verdad lo cautivó fue el violín. Aquel sonido fino, casi invisible, encontró un lugar especial en el corazón de mi abuelo.

Pero la vida, como suele hacer, le pidió que eligiera. Y en una época en la que no había lugar para los sueños pequeños ni para los músicos sin apellido, mi abuelo escondió el violín en las profundidades de su corazón y aprendió a conducir un autobús.

Él nunca lo vivió como una renuncia. Durante más de cuarenta años recorrió la ciudad saludando a desconocidos como si fueran amigos cercanos. Se sabía quién subía en cada parada, quién se sentaba siempre detrás y quién fingía leer para no hablar. Mi abuelo acompañaba a esas personas a empezar y a terminar el día, siempre con una sonrisa.

Pero había un momento del recorrido que le pertenecía solo a él: la parada frente al Palau de la Música Catalana. Allí siempre reducía la velocidad un poco más de lo necesario. A veces decía que era por el tráfico, otras por precaución. Pero todos sabíamos que no. Abría las puertas para que entrara el aire y con él, si había suerte, alguna melodía suelta: un ensayo lejano, un músico callejero, un tarareo…

Por si os lo estáis preguntando, él nunca se bajó, el jamás abandonaría el volante. Pero durante unos segundos tengo claro que dudaba de si volver a arrancar el motor.

Ahora mi abuelo tiene 66 años y después de mucho insistirle ha aceptado que es momento de soltar el volante. En su último día de trabajo, condujo como siempre, saludó a todos con la misma sonrisa e incluso bromeó como si nada estuviera a punto de terminar. Pero cuando el autobús giró la esquina de siempre y el Palau apareció al fondo, algo cambió.

No tuvo que abrir las puertas. El sonido ya estaba allí. Un violín, suave y claro, empezó a llenar la calle. Luego otro. Y otro más. En la acera, frente a la parada, estábamos todos esperándole. La familia, algunos pasajeros de siempre, y un pequeño grupo de músicos sosteniendo aquello que él nunca había dejado del todo.

Mi abuelo no dijo nada, simplemente detuvo el autobús. Y por primera vez en más de cuarenta años, se levantó del asiento antes de que nadie se lo pidiera.