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Su
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Relat lliure
La mirada complacida
Mi madre era una amante de la vida. Una persona afable, extrovertida e independiente, a la que le gustaba estar con la gente, y sobre todo observar, aprender y disfrutar de las pequeñas cosas del día a día, siempre agradecida.
Le gustaba sentirse libre, pero su cuerpo ya no se lo permitía del todo. Se cansaba al dar unos pocos pasos y cuando lo hacía, tenía que parar, sentarse en cualquier sitio y descansar para intentar reducir el dolor que sentía.
Un día, le regalé una silla de ruedas. La compré con la ilusión que con ella pudiera llegar a cualquier lugar que quisiera, que se convirtiera en sus alas y desde la cual se sintiera libre. Y así fue, cuando se sentaba en aquella silla y nos íbamos a pasear, su mente se transformaba. Se centraba en observar con atención todo lo que iba encontrando por el camino y mientras tanto, su rostro se iluminaba y sus ojos me decían que se sentía bien.
Y queríamos más. Así que muchas veces cogíamos el autobús, a veces sin saber el destino. Para subir por la rampa se agarraba con fuerza a los asideros de la silla y al entrar, mi madre, se iba agarrando a todas las barras de sujeción que encontraba mientras yo conseguía llegar a la parte segura, y así, empezábamos nuestra aventura, una y otra vez. Durante el trayecto, a través de los cristales de la ventana, ella iba observándolo todo: las casas, los parques, las luces, las tiendas, las terrazas, las flores, etc., y le surgían montones de preguntas de esas observaciones, y me daba cuenta de que así veía la vida en movimiento, y yo, al observarla, sentía una felicidad que me llenaba el corazón.
Ahora ya no está a mi lado. Hace meses que marchó, con otras alas, hacia otro lugar. Sin embargo, cada vez que subo al autobús, soy capaz de imaginarla conmigo, rescatando del tiempo aquellos momentos que pasábamos juntas; aquella mirada curiosa y la sonrisa complacida, tesoros que se quedaron grabados en mí y que hoy viajan conmigo a todas partes.
Le gustaba sentirse libre, pero su cuerpo ya no se lo permitía del todo. Se cansaba al dar unos pocos pasos y cuando lo hacía, tenía que parar, sentarse en cualquier sitio y descansar para intentar reducir el dolor que sentía.
Un día, le regalé una silla de ruedas. La compré con la ilusión que con ella pudiera llegar a cualquier lugar que quisiera, que se convirtiera en sus alas y desde la cual se sintiera libre. Y así fue, cuando se sentaba en aquella silla y nos íbamos a pasear, su mente se transformaba. Se centraba en observar con atención todo lo que iba encontrando por el camino y mientras tanto, su rostro se iluminaba y sus ojos me decían que se sentía bien.
Y queríamos más. Así que muchas veces cogíamos el autobús, a veces sin saber el destino. Para subir por la rampa se agarraba con fuerza a los asideros de la silla y al entrar, mi madre, se iba agarrando a todas las barras de sujeción que encontraba mientras yo conseguía llegar a la parte segura, y así, empezábamos nuestra aventura, una y otra vez. Durante el trayecto, a través de los cristales de la ventana, ella iba observándolo todo: las casas, los parques, las luces, las tiendas, las terrazas, las flores, etc., y le surgían montones de preguntas de esas observaciones, y me daba cuenta de que así veía la vida en movimiento, y yo, al observarla, sentía una felicidad que me llenaba el corazón.
Ahora ya no está a mi lado. Hace meses que marchó, con otras alas, hacia otro lugar. Sin embargo, cada vez que subo al autobús, soy capaz de imaginarla conmigo, rescatando del tiempo aquellos momentos que pasábamos juntas; aquella mirada curiosa y la sonrisa complacida, tesoros que se quedaron grabados en mí y que hoy viajan conmigo a todas partes.