Autor/a
Mauro Vargas
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
La Salle Girona
La sesión del psicólogo
Tenía cita a las doce con el psicólogo. Era su tercera sesión. Vivía en la otra punta de
Barcelona. Le recomendaron desplazarse a través del metro, y así lo haría. El reloj de
pared marcaba las once y cuarto y aún seguía en el piso. Apresuradamente, cogió las
llaves, el monedero y su característica gabardina, y salió por el portal rumbo a la estación. El sol radiaba y las nubes eran más blancas que nunca. Era una mañana digna de verano. Atravesó la calle, apretando el paso, y giró dos veces a la derecha hasta llegar a la estación de Florida.
Una vez allí, antes de entrar, hurgó en su monedero en busca de un poco de efectivo para el billete. Encontró dos monedas: una de un euro y otra de veinte céntimos. Necesitaba dos euros y medio para pagar su viaje. Recorrió el vestíbulo de la estación varias veces con la esperanza de encontrar alguna moneda olvidada entre los restos de basura del suelo. No encontró nada. Alzó la mirada, observando más allá de las barras de acceso. El reloj de andén estaba a punto de marcar las 11.30h. Observó y analizó su entorno. Había poca gente, y todos estaban distraídos mirando el móvil. El corazón le empezó a latir más rápido. Un pensamiento intrusivo de saltar las barras de acceso y burlar la seguridad se apoderó de su mente. Sin reflexionarlo, saltó el acceso. Corrió, sin mirar atrás. Finalmente, llegó a los aseos. Entró y se encerró en uno de ellos.
Pasó dentro de los lavabos unos cinco minutos, intentándose relajar. Se arrepentía de
haber burlado la seguridad, pero era la única manera de conseguir llegar a tiempo al
psicólogo. Se limpió la cara con agua fría y salió de los baños. Se dirigió raudamente hacia el vagón que lo llevaba hasta su destino. Esperó unos cinco minutos y, al llegar el metro, subió discretamente. No había nadie en el vagón y la temperatura era fría. Las puertas se cerraron y el vehículo se puso en marcha. Caminó unos pasos y se sentó. Una voz de megafonía anunciaba la siguiente parada: Torrassa. Le quedaban dieciocho paradas antes de llegar a la suya: Sant Andreu. No creía poder llegar a tiempo y temía no poder realizar la sesión.
Pasó un cuarto de hora y el reloj digital mostraba las doce en punto, pero el metro aún no había parado. Se empezó a preocupar. Las manos le sudaban y cada minuto parecía transcurrir más lento. El vehículo ya debería haber pasado unas paradas. Dudó y decidió ir a la cabina del conductor para resolver sus pensamientos. Al llegar llamó a la puerta pero no recibió respuesta. La aporreó pero nada. No había señales de vida humana en aquel habitáculo. Después de intentar varias veces descerrajar la puerta volvió con miedo a su vagón. El traqueteo de las ruedas chocando con las vías rompía el silencio absoluto. Se percató de la presencia de un botón de parada de emergencia. Fue rápidamente a pulsarlo con la intención de detener por completo el metro, pero este no paró. Pocos minutos después sonó el móvil. Lo cogió y vio la hora: las 12.03h. El psicólogo la estaba llamando. Descolgó y escuchó la voz preguntando por su tardanza. Se quedó inmóvil; sentía escalofríos. Intentaba hablar, pero la voz le quedó atascada en la garganta. Nadie jamás la volvió a ver.
Dos meses más tarde, encontraron el metro hecho pedazos en unas vías fuera de servicio desde hacía años. La policía investigó el caso; por suerte no había registro de ningún pasajero. Inmediatamente, la red de metro de Barcelona anunció el cierre temporal de la Línea 1. El mundo seguía en movimiento.
Barcelona. Le recomendaron desplazarse a través del metro, y así lo haría. El reloj de
pared marcaba las once y cuarto y aún seguía en el piso. Apresuradamente, cogió las
llaves, el monedero y su característica gabardina, y salió por el portal rumbo a la estación. El sol radiaba y las nubes eran más blancas que nunca. Era una mañana digna de verano. Atravesó la calle, apretando el paso, y giró dos veces a la derecha hasta llegar a la estación de Florida.
Una vez allí, antes de entrar, hurgó en su monedero en busca de un poco de efectivo para el billete. Encontró dos monedas: una de un euro y otra de veinte céntimos. Necesitaba dos euros y medio para pagar su viaje. Recorrió el vestíbulo de la estación varias veces con la esperanza de encontrar alguna moneda olvidada entre los restos de basura del suelo. No encontró nada. Alzó la mirada, observando más allá de las barras de acceso. El reloj de andén estaba a punto de marcar las 11.30h. Observó y analizó su entorno. Había poca gente, y todos estaban distraídos mirando el móvil. El corazón le empezó a latir más rápido. Un pensamiento intrusivo de saltar las barras de acceso y burlar la seguridad se apoderó de su mente. Sin reflexionarlo, saltó el acceso. Corrió, sin mirar atrás. Finalmente, llegó a los aseos. Entró y se encerró en uno de ellos.
Pasó dentro de los lavabos unos cinco minutos, intentándose relajar. Se arrepentía de
haber burlado la seguridad, pero era la única manera de conseguir llegar a tiempo al
psicólogo. Se limpió la cara con agua fría y salió de los baños. Se dirigió raudamente hacia el vagón que lo llevaba hasta su destino. Esperó unos cinco minutos y, al llegar el metro, subió discretamente. No había nadie en el vagón y la temperatura era fría. Las puertas se cerraron y el vehículo se puso en marcha. Caminó unos pasos y se sentó. Una voz de megafonía anunciaba la siguiente parada: Torrassa. Le quedaban dieciocho paradas antes de llegar a la suya: Sant Andreu. No creía poder llegar a tiempo y temía no poder realizar la sesión.
Pasó un cuarto de hora y el reloj digital mostraba las doce en punto, pero el metro aún no había parado. Se empezó a preocupar. Las manos le sudaban y cada minuto parecía transcurrir más lento. El vehículo ya debería haber pasado unas paradas. Dudó y decidió ir a la cabina del conductor para resolver sus pensamientos. Al llegar llamó a la puerta pero no recibió respuesta. La aporreó pero nada. No había señales de vida humana en aquel habitáculo. Después de intentar varias veces descerrajar la puerta volvió con miedo a su vagón. El traqueteo de las ruedas chocando con las vías rompía el silencio absoluto. Se percató de la presencia de un botón de parada de emergencia. Fue rápidamente a pulsarlo con la intención de detener por completo el metro, pero este no paró. Pocos minutos después sonó el móvil. Lo cogió y vio la hora: las 12.03h. El psicólogo la estaba llamando. Descolgó y escuchó la voz preguntando por su tardanza. Se quedó inmóvil; sentía escalofríos. Intentaba hablar, pero la voz le quedó atascada en la garganta. Nadie jamás la volvió a ver.
Dos meses más tarde, encontraron el metro hecho pedazos en unas vías fuera de servicio desde hacía años. La policía investigó el caso; por suerte no había registro de ningún pasajero. Inmediatamente, la red de metro de Barcelona anunció el cierre temporal de la Línea 1. El mundo seguía en movimiento.