Autor/a
Finito Chacón
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La última ruta

La lluvia ha dejado Barcelona con ese brillo oblicuo de las ciudades insomnes, como si cada charco fuese un ojo vigilante. A las dos y cuarto de la madrugada, en la cochera de Horta, el silencio adquiere una textura audible. Sergi Rius observa cómo un autobús turístico empieza a moverse. A esa hora todo debería permanecer inmóvil. No obstante, lo reconoce sin esfuerzo: el 2159, de doble piso y pintura roja oscurecida por la noche. Lleva semanas retirado por una avería en la dirección. Sin embargo, ahí está, deslizándose entre las naves con una suavidad impropia de lo mecánico. Sin luces interiores y con el letrero delantero apagado, como una boca sellada.
Sergi apaga el cigarrillo con la suela de la bota. Siente cómo la sospecha le activa el pulso. Ha sido policía antes de vestir el uniforme de seguridad privada. Quince años en homicidios le enseñan que lo verdaderamente peligroso no irrumpe, se insinúa. Corre hasta la garita y revisa las cámaras. Dos hombres con monos de taller acceden por la puerta delantera. Uno es alto y lleva gorra; el otro arrastra una leve cojera. A las 2:07 suben. Tres minutos después, el 2159 abandona la cochera. Entonces Sergi percibe algo increíble: en la cubierta superior se divisan varias sombras sentadas. Un pasaje imposible.
El autobús toma la salida sin detenerse ante la barrera, como si esta no existiera. Sergi sube a su coche y lo sigue. Las calles mojadas reflejan el avance del vehículo como si duplicaran su trayecto. No hay tráfico. No hay peatones. Solo el rumor del motor y la respiración nocturna. El 2159 atraviesa la Ronda y se dirige hacia el centro de la ciudad. No reduce la velocidad ante los semáforos en rojo. Sergi mantiene la distancia, atrapado entre la lógica y algo más pretérito que no sabe definir. En cada cruce, cree ver en el piso superior las mismas figuras, inmóviles, mirando al frente. No se mueven con los baches ni con las curvas.
Finalmente, el bus se detiene en una parada inexistente. Un poste oxidado, sin cartel, frente a un viejo hospital abandonado. Las puertas se abren sin ruido. Los dos hombres descienden primero. No miran atrás. Luego, una a una, las sombras empiezan a levantarse. No caminan como los vivos. Descienden con la precisión de quien recuerda un gesto repetido muchas veces. Sus ropas pertenecen a otras épocas. Hay hombres con abrigos de lana desfasados, mujeres con ondas en el cabello, rizos tubo y sombreros cloche. Nadie se gira hacia Sergi, que observa desde el coche sin atreverse a salir.
El último en bajar es alguien que reconoce. La figura se detiene un instante en un peldaño, como si el tiempo se tensara. Es él mismo, o alguien que ha sido él. Lleva el uniforme antiguo, el de cuando era policía. El rostro está intacto, pero los ojos no contienen presente, solo arrepentimiento. Sergi siente entonces la grieta abrirse bajo su miedo. Recuerda la noche del accidente. Un autobús de línea; la curva mal tomada; los cuerpos sin nombre; el informe firmado; las omisiones; la prisa por cerrar el caso.
Su figura desciende y se pierde, con el resto, en la oscuridad de la noche. Las puertas del 2159 se cierran. El autobús permanece detenido unos segundos, a la espera de nada. Luego, arranca. Sergi deja de seguirlo. El vehículo se aleja por una calle que no figura en ningún plano actual. Sus luces, ahora encendidas, revelan por un instante la cubierta superior vacía. Cuando desaparece, la lluvia vuelve a caer sobre Barcelona, borrando todo rastro con cada gota.