Autor/a
Pingüino en la ciudad
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La única pasajera

La puerta del metro se cerró justo detrás de ella en Sagrada Familia. Hora punta.

Lo típico: cuerpos pegados, mochilas rozándose, el murmullo constante de vidas que avanzaban sin mirarse. El aire era denso, cargado de prisas y de pensamientos ajenos.

Avanzó como pudo hasta el fondo del vagón, esquivando estratégicamente los cuerpos que la rodeaban. Y entonces lo vio: un asiento libre. Dudó un segundo. En aquel caos, aquello no tenía sentido. Qué suerte, pensó para sí. Se dejó caer.

El traqueteo del metro la envolvió poco a poco, como una nana mecánica. Apoyó la cabeza y cerró los ojos. Pensó en lo de siempre: en el trabajo, en los mensajes sin responder, en esa sensación persistente de estar siempre llegando tarde a su propia vida, como si todos avanzaran y ella solo cambiara de vagón.
Se percató de que se estaba quedando dormida. Solo un momento, se dijo.

Negro total.

Cuando despertó, el silencio la golpeó. No era un silencio normal. Era un silencio absoluto, como si el mundo hubiese contenido la respiración. El vagón estaba vacío. Ni un solo pasajero. Ni ruido. Ni movimiento.

Se incorporó de golpe. Me he pasado mi estación, pensó con rabia. El corazón empezó a latirle más rápido.

El metro no se movía. Miró por la ventana. Andén. Se levantó y caminó hacia las puertas. Estas se abrieron con un susurro, como si hubieran detectado su presencia.

Sagrada Familia.

—No puede ser… —murmuró, sin reconocerse la voz.

El metro cerró puertas y se marchó.

Caminó por el andén. Sus pasos resonaban demasiado alto. No había nadie. Solo ella. Y un zumbido lejano, constante, que parecía venir de todas partes y de ninguna.

—Mi móvil… —dijo mientras lo buscaba, intentando aferrarse a algo real.

Entonces, escuchó un pitido.

Giró la cabeza.

Otro tren entraba en la estación.

El viento le movió ligeramente el cabello. Se quedó quieta mientras el vagón se detenía frente a ella. Recorrió el interior con la mirada: parecía vacío. O eso creía.

Las puertas se abrieron casi sin hacer ruido.

Una persona estaba justo frente a ella, en el umbral del vagón.

El tiempo pareció plegarse sobre sí mismo.

Su mirada recorrió a esa persona de pies a cabeza. Su corazón se congeló al verle la cara.

Era ella.

Misma cara.
Mismo abrigo.

Pero había algo distinto.

En sus ojos no había prisa.

No había esa urgencia constante que la acompañaba siempre. Había calma. Una calma profunda, casi desconocida.

Se miraron en silencio. No hizo falta decir nada. Era como mirarse en un reflejo que, por primera vez, no imitaba, sino que entendía.

Ella sonrió levemente. Una sonrisa serena. Suficiente.

Y entonces lo entendió.

No era el metro.
No era el silencio, ni el ruido.
No era el vacío ni el tumulto.

A veces hay que perderse entre multitudes para poder encontrarse a uno mismo.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Subió al tren.

Sintió, por primera vez en mucho tiempo, que no llegaba tarde. Que no tenía que correr. Que no tenía que seguir avanzando sin saber hacia dónde iba.

Y las puertas se cerraron a su espalda.