Autor/a
Hécate
Categoria
Relat lliure
Línea cero
Cuán extraño es navegar a través de multitudes, viendo la vida con ojos vacíos y ardientes, Virginia Woolf
Estación tras estación, el vagón traquetea bajo mis pies, un ritmo hipnótico que induce a una leve ensoñación. Espacios sueltos, tiempo muerto; vacío de tareas. Simplemente son el medio, aquel que nadie recuerda llegado al fin. Nadie recuerda la gente con la que coincide, las sonrisas de complicidad al ceder un asiento o las páginas pasadas de lecturas entrecortadas... Aun así, siempre dejamos de lado el medio: el punto de unión entre individuos; este submundo subterráneo por el que todos navegamos; ajeno a la ciudad.
Por miedo a avanzar me paralizo, tampoco me siento. Simplemente estoy aquí, observando a la gente que no observa. Mi destino es el vagón final, al que debo llegar antes de que el metro alcance la última estación. Esto podría cambiarlo todo, o no significar nada. Es esta ambigüedad la que me aterra e impide que mis pies den un solo paso.
De un momento a otro, mis sentidos se empiezan a agudizar de tal manera que puedo apreciar el ensanchamiento de mis pulmones y el aire entrando por mi tráquea, como si el oxígeno se hubiera solidificado. Percibo cómo cada vez que elaboro un pensamiento, miles de corrientes eléctricas se originan. Como si las descargas que envían mis neuronas fueran relámpagos y mi cerebro una tormenta eléctrica; siento que cada segundo me alcanza un rayo y mi cuerpo rebosa de electricidad, sumiéndome en un estado de éxtasis.
Un ruido lejano me saca de este estado de desorientación, haciéndome ver que solo me queda la mitad de la línea para cumplir mi misión. Al ponerme en marcha algo me hace recular, como si llevase un peso encima que me imposibilita esta tarea con la que estoy tan familiarizada. Pero aun así, camino. Tengo que esquivar a la gente, abrirme paso con un simple “disculpe”, palabras que son actos, pues al pronunciarlas la muchedumbre se abre, dejando un camino claro para mi caminar.
En cada abertura de puertas, durante ese fugaz pitido, un trocito de mí se escurre en el último segundo y se queda huérfano, en cada andén.
Esta tarea me quita más tiempo de lo esperado, pero finalmente me encuentro delante del último coche. Con la vista nublada avanzo, pero pierdo el equilibrio en la zona donde se dobla el vagón, en el estómago de esta serpiente infernal.
El metro para en seco y las luces comienzan a parpadear. Me quedo expectante, esperando alguna señal que indique que he cumplido con mi propósito. Se escucha una voz a lo lejos, pero cada vez está más cerca.
Algo me toca el hombro y me sobresalto.
—Hemos llegado a la última parada, tiene que bajar del metro, le he avisado por megafonía pero parecía no escucharme.
Avergonzada, empiezo a ir hacia la puerta, pensando en cómo he podido imaginar tal fantasía. El cansancio acumulado me advierte de su corrosión, pues se ha extendido ya por todo mi cuerpo. Aún sin entender lo que acaba de ocurrir, salgo del metro, dejando en las puertas todo el peso que me había estado ralentizando. Desde el andén, observo como el metro parte hacia las cocheras. Los vagones pasan a toda velocidad y, por muy raro que parezca, cada una de las versiones de mí que han caminado por ellos me observan victoriosas.
Cuando el metro desaparece de mi visión y la ráfaga de aire que ha levantado aún me cala los huesos, me dirijo a la salida. Entonces me doy cuenta. Sigo al principio de la línea. Nunca he avanzado nada, nunca he salido de las entrañas de esta serpiente.
Estación tras estación, el vagón traquetea bajo mis pies, un ritmo hipnótico que induce a una leve ensoñación. Espacios sueltos, tiempo muerto; vacío de tareas. Simplemente son el medio, aquel que nadie recuerda llegado al fin. Nadie recuerda la gente con la que coincide, las sonrisas de complicidad al ceder un asiento o las páginas pasadas de lecturas entrecortadas... Aun así, siempre dejamos de lado el medio: el punto de unión entre individuos; este submundo subterráneo por el que todos navegamos; ajeno a la ciudad.
Por miedo a avanzar me paralizo, tampoco me siento. Simplemente estoy aquí, observando a la gente que no observa. Mi destino es el vagón final, al que debo llegar antes de que el metro alcance la última estación. Esto podría cambiarlo todo, o no significar nada. Es esta ambigüedad la que me aterra e impide que mis pies den un solo paso.
De un momento a otro, mis sentidos se empiezan a agudizar de tal manera que puedo apreciar el ensanchamiento de mis pulmones y el aire entrando por mi tráquea, como si el oxígeno se hubiera solidificado. Percibo cómo cada vez que elaboro un pensamiento, miles de corrientes eléctricas se originan. Como si las descargas que envían mis neuronas fueran relámpagos y mi cerebro una tormenta eléctrica; siento que cada segundo me alcanza un rayo y mi cuerpo rebosa de electricidad, sumiéndome en un estado de éxtasis.
Un ruido lejano me saca de este estado de desorientación, haciéndome ver que solo me queda la mitad de la línea para cumplir mi misión. Al ponerme en marcha algo me hace recular, como si llevase un peso encima que me imposibilita esta tarea con la que estoy tan familiarizada. Pero aun así, camino. Tengo que esquivar a la gente, abrirme paso con un simple “disculpe”, palabras que son actos, pues al pronunciarlas la muchedumbre se abre, dejando un camino claro para mi caminar.
En cada abertura de puertas, durante ese fugaz pitido, un trocito de mí se escurre en el último segundo y se queda huérfano, en cada andén.
Esta tarea me quita más tiempo de lo esperado, pero finalmente me encuentro delante del último coche. Con la vista nublada avanzo, pero pierdo el equilibrio en la zona donde se dobla el vagón, en el estómago de esta serpiente infernal.
El metro para en seco y las luces comienzan a parpadear. Me quedo expectante, esperando alguna señal que indique que he cumplido con mi propósito. Se escucha una voz a lo lejos, pero cada vez está más cerca.
Algo me toca el hombro y me sobresalto.
—Hemos llegado a la última parada, tiene que bajar del metro, le he avisado por megafonía pero parecía no escucharme.
Avergonzada, empiezo a ir hacia la puerta, pensando en cómo he podido imaginar tal fantasía. El cansancio acumulado me advierte de su corrosión, pues se ha extendido ya por todo mi cuerpo. Aún sin entender lo que acaba de ocurrir, salgo del metro, dejando en las puertas todo el peso que me había estado ralentizando. Desde el andén, observo como el metro parte hacia las cocheras. Los vagones pasan a toda velocidad y, por muy raro que parezca, cada una de las versiones de mí que han caminado por ellos me observan victoriosas.
Cuando el metro desaparece de mi visión y la ráfaga de aire que ha levantado aún me cala los huesos, me dirijo a la salida. Entonces me doy cuenta. Sigo al principio de la línea. Nunca he avanzado nada, nunca he salido de las entrañas de esta serpiente.