Autor/a
Danilo
Categoria
Relat lliure
Love Underground
En el metro de Barcelona, línea L2, entre La Pau y Clot, pasa lo que pasa siempre: nada. Y precisamente por eso se nota cuando pasa algo.
Ella está sentada, erguida, con esa atención tranquila que nunca desaparece del todo. Madre soltera de tres hijos, con la casa, la ropa y la vida entera más o menos bajo control… o al menos eso se dice a sí misma. Su mirada recorre el vagón como si detectara ropa sucia invisible: siempre hay algo fuera de sitio, solo hay que saber dónde mirar.
Él sube dos estaciones después. Camiseta negra con un logo que parece una declaración de guerra klingon o un código de barras de mal humor. Vaqueros con un ‘used look’ tan exagerado que dirías que han sobrevivido a tres festivales, un apocalipsis zombi y una sesión intensiva de papel de lija. Tiene pinta de padre que ayuda con los deberes y luego pone música lo bastante alta como para hacer vibrar las ventanas.
El metro se sacude. Él pierde el equilibrio y se agarra, con una torpeza simpática, a la barra justo a su lado, evitando por poco acabar en su regazo.
-Por poco- dice, con una sonrisa ladeada.
Ella lo mira de reojo. -El metro solo pone a prueba a los dignos.
Él asiente. -Entonces he suspendido.
La pausa que sigue no resulta incómoda. Dura apenas un segundo más de lo necesario.
-¿Eso es… Metallica?- pregunta ella con cierta duda.
Él mira su camiseta. -Casi. Pero lo tomo como un cumplido.
-Mis hijos dirían que todo suena igual… solo más alto.
-La mía también -dice él-. Y luego escucha algo que suena como una tostadora a punto de morir.
Una sonrisa divertida cruza el rostro de ella. -Sí. Eso me suena.
El metro se detiene. Entra y sale gente. Una mochila golpea a alguien sin disculparse. Un niño corre, tropieza, se levanta como si nada y sigue adelante. La vida, comprimida.
Él la observa un momento y duda.
-¿Dos hijos?- se atreve al final.
Ella levanta una ceja. -¿Dos? Qué optimista.
Él sonríe. -¿Más?
-Tres.
-Eso ya es nivel profesional.
-Con certificado- añade ella.
Él ríe, esta vez sin contenerse.
-Con una ya tengo suficiente- dice. -Y aun así, a veces parece un circo mal organizado.
-El mío también- responde ella. -Solo que soy la única que conoce el plan.
Se anuncia la siguiente estación. La suya.
-Aquí me bajo- dice, dudando un instante. -Si algún día necesita a alguien que explique lo de la tostadora…-
Ella lo mira, con una leve sonrisa de lado. -Solo si aprende a organizar un circo.
-Trato hecho.
Las puertas se abren. Él baja, se gira una vez más y le dedica una sonrisa antes de dejarse llevar por la corriente.
Ella lo sigue con la mirada, un instante más de lo necesario.
Cuando las puertas se cierran, niega levemente con la cabeza, casi divertida.
-Un circo- murmura en voz baja.
El metro arranca.
Un instante después, ella se levanta.
Sin prisa. Sin llamar la atención.
Simplemente… una estación antes.
Ella está sentada, erguida, con esa atención tranquila que nunca desaparece del todo. Madre soltera de tres hijos, con la casa, la ropa y la vida entera más o menos bajo control… o al menos eso se dice a sí misma. Su mirada recorre el vagón como si detectara ropa sucia invisible: siempre hay algo fuera de sitio, solo hay que saber dónde mirar.
Él sube dos estaciones después. Camiseta negra con un logo que parece una declaración de guerra klingon o un código de barras de mal humor. Vaqueros con un ‘used look’ tan exagerado que dirías que han sobrevivido a tres festivales, un apocalipsis zombi y una sesión intensiva de papel de lija. Tiene pinta de padre que ayuda con los deberes y luego pone música lo bastante alta como para hacer vibrar las ventanas.
El metro se sacude. Él pierde el equilibrio y se agarra, con una torpeza simpática, a la barra justo a su lado, evitando por poco acabar en su regazo.
-Por poco- dice, con una sonrisa ladeada.
Ella lo mira de reojo. -El metro solo pone a prueba a los dignos.
Él asiente. -Entonces he suspendido.
La pausa que sigue no resulta incómoda. Dura apenas un segundo más de lo necesario.
-¿Eso es… Metallica?- pregunta ella con cierta duda.
Él mira su camiseta. -Casi. Pero lo tomo como un cumplido.
-Mis hijos dirían que todo suena igual… solo más alto.
-La mía también -dice él-. Y luego escucha algo que suena como una tostadora a punto de morir.
Una sonrisa divertida cruza el rostro de ella. -Sí. Eso me suena.
El metro se detiene. Entra y sale gente. Una mochila golpea a alguien sin disculparse. Un niño corre, tropieza, se levanta como si nada y sigue adelante. La vida, comprimida.
Él la observa un momento y duda.
-¿Dos hijos?- se atreve al final.
Ella levanta una ceja. -¿Dos? Qué optimista.
Él sonríe. -¿Más?
-Tres.
-Eso ya es nivel profesional.
-Con certificado- añade ella.
Él ríe, esta vez sin contenerse.
-Con una ya tengo suficiente- dice. -Y aun así, a veces parece un circo mal organizado.
-El mío también- responde ella. -Solo que soy la única que conoce el plan.
Se anuncia la siguiente estación. La suya.
-Aquí me bajo- dice, dudando un instante. -Si algún día necesita a alguien que explique lo de la tostadora…-
Ella lo mira, con una leve sonrisa de lado. -Solo si aprende a organizar un circo.
-Trato hecho.
Las puertas se abren. Él baja, se gira una vez más y le dedica una sonrisa antes de dejarse llevar por la corriente.
Ella lo sigue con la mirada, un instante más de lo necesario.
Cuando las puertas se cierran, niega levemente con la cabeza, casi divertida.
-Un circo- murmura en voz baja.
El metro arranca.
Un instante después, ella se levanta.
Sin prisa. Sin llamar la atención.
Simplemente… una estación antes.