Autor/a
LC
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Relat lliure
Relat lliure

Marina fue testigo

Amalia acababa de perder su móvil en el metro de Barcelona de la manera más romántica que escuché jamás. Por suerte elegimos la misma línea, la L1, que al ser la más larga nos dio el tiempo suficiente para terminar la historia.

Durante los 45 minutos de charla, pasamos por decenas de estados: risas, suspenso, angustia, ansiedad, sorpresa, se nos cayeron varias lágrimas y en algunas oportunidades nos pidieron por favor que bajemos el volumen de la voz. Era tanta mi atención puesta en la anécdota, el brillo de sus ojos no me podía soltar. Sus gestos, su pasión contándome el suceso creaban miles de imágenes en mi cabeza. Tan pronto intentamos pasarnos nuestros contactos, me contó que había perdido su móvil hacía unas horas. Y por supuesto que cualquier alma intrigada y fanática de los relatos, habría preguntado cómo pasó.

Su amor por la poesía la había hecho conectar por redes sociales con Clara. Se comenzaron a escribir, a llamar, se intentaron ver pero el miedo canceló los planes en repetidas ocasiones.

Amalia me introdujo contándome que es aventurera, le fascina la poesía como hobby, no ha estudiado literatura ni letras ni filosofía. Simplemente se excita leyendo novelas eróticas, se angustia leyendo poemas con los que empatiza, deja volar su imaginación con cada párrafo que congela cualquier parpadeo. Una joven privilegiada viviendo en la Ciudad Condal.

Se refería a Clara como alguien un ‘’poco más universitaria’’ que ella. Vive, trabaja y estudia Literatura en Madrid. Ha encontrado la forma de liberar su mente y su alma arrancando desde su punto más interno, cientos de versos al día. Los comparte por Instagram, desde una cuenta anónima. Toda una intelectual misteriosa.

Cuando estábamos a mitad de camino tuve que apurarla para que me cuente, sin vueltas, acerca del esperado encuentro. Clara le había propuesto verse en Barcelona seis meses después del primer contacto. ¡Una espera tan larga! Medio año de conversaciones virtuales, llamadas telefónicas, parloteo eterno y madrugadas que se esfumaban entre charla y charla.

Locura, excitación, alivio, ansiedad, una mezcla de emociones se juntaron cuando finalmente se encontraron en la estación de Marina. Se besaron como si sus labios se conocieran de toda la vida y ni más ni menos que la Sagrada Familia fue testigo de esa pasión. Se emborracharon, caminaron de la mano a los gritos, hicieron el amor también a los gritos y finalmente amanecieron, preguntándose cuál era el sentido de haber esperado tanto tiempo.

Pasaron la mañana juntas, antes de que Carla volviera a Madrid, y tratando de recomponerse de la resaca de alcohol y de amor. Y mientras repasaban involuntariamente los hechos, descubrieron un dato no menor del que no se habían percatado: a Amalia le faltaba su teléfono móvil. Sí, finalmente entendí cómo sucedió: había quedado olvidado en aquel andén de la línea roja, durante el tornado de emociones que las invadió al verse. Y por supuesto que yo estaba dispuesta a ayudarle a recuperarlo, para que continúen su historia de amor.