Autor/a
Selene
Categoria
Relat lliure
Más allá de mirar
Cuando voy con tiempo a la universidad opto por subirme al autobús en vez de coger el metro, porque me permite ir sentada disfrutando del paisaje. De otro modo, iría apretujada jugando a ser una sardina enlatada en un vagón. Hace unos días, en mi lucha por no perder el equilibrio en una rotonda, me llamó la atención que todas las caras a mi alrededor me resultaban familiares. Entonces me detuve varios segundos a analizar a cada uno de mis compañeros de transporte y alguno me dedicó una sonrisa desapercibida, pero realmente ninguno de ellos parecía reconocerme. Eso me dejó pensando en cuántos trayectos habremos compartido con las mismas personas y cuántos corazones excepcionales nos habremos perdido por no dedicarnos una mirada de
atención.
Con esto, se acabó mi recorrido diario y avancé hacia la puerta, donde una chica morena y una señora muy elegante aguardaban delante de mí. La chica, seguramente de origen latinoamericano, llevaba una especie de bata blanca con el nombre de una empresa de limpieza bordado en la espalda. La señora, ensimismada, tuvo la delicadeza de mirarme fijamente antes de llegar a la parada. En ese momento viví una situación singular: nos observé a las tres desde arriba, como si una ventana sobre nuestras cabezas proyectara una imagen en mí y, a través de ella, comprendiera que en ese espacio cabían historias que jamás se cruzarían fuera de allí.
Ambas bajaron conmigo y compartimos un tramo del camino hasta que la
señora giró hacia la entrada del Hospital de Bellvitge. La otra chica siguió
conmigo hasta la universidad, donde se desvió por un pasillo que yo nunca había recorrido. A partir de ese día decidí mirar más a los pasajeros de mi bus y, curiosamente, cada día ellas ya estaban dentro. Me sorprendía no haberlas visto antes. Poco a poco fui detallándome de sus rasgos, sus expresiones, y me percaté de que la señora estaba algo más pálida, quizá más delgada también. Y así, cada trayecto fue perdiendo pelo, brillo en la mirada, fuerza para bajar del autobús…
La chica de la bata, en cambio, mantenía siempre el paso firme. Nunca la vi por la facultad, pero supe, por pequeños detalles — las manos agrietadas, la forma de la coleta en su pelo suelto, las manchitas en su bata— que su vida no era fácil. A veces subía con el uniforme aún húmedo y con profundas ojeras que desvelaban turnos dobles y quién sabe si largas llamadas con familiares que residían lejos, quizá demasiado lejos. Aun así, siempre pisaba firme, como
quien se promete no rendirse.
Pasó el tiempo y todo fue cambiando, hasta que la señora dejó de subir. La chica de la limpieza también desapareció y en ese silencio mental entendí algo: pensé en la fortuna que había tenido de formar parte de un corto tramo en la vida de esas mujeres y deseé que, allá donde estuvieran, fueran felices. Me llenó de gratificación y significado el recordarlas en cada viaje a mi universidad y, a su vez, de cierto humor, pues ellas nunca sabrían que una joven viajera las leyó en cada semáforo, en cada parada...
Desde entonces, cuando subo al autobús, miro de verdad. Saludo siempre al conductor, sonrío a mis compañeros y guardo en mi recuerdo cada trayecto. Quizá lo que nos falta para ser más humanos es brindarnos la oportunidad de descubrir un pedacito de quienes nos rodean, porque nunca sabemos cuándo volveremos a coincidir. Al fin y al cabo, a veces basta un recorrido compartido para comprender que no caminamos tan solos como creemos
atención.
Con esto, se acabó mi recorrido diario y avancé hacia la puerta, donde una chica morena y una señora muy elegante aguardaban delante de mí. La chica, seguramente de origen latinoamericano, llevaba una especie de bata blanca con el nombre de una empresa de limpieza bordado en la espalda. La señora, ensimismada, tuvo la delicadeza de mirarme fijamente antes de llegar a la parada. En ese momento viví una situación singular: nos observé a las tres desde arriba, como si una ventana sobre nuestras cabezas proyectara una imagen en mí y, a través de ella, comprendiera que en ese espacio cabían historias que jamás se cruzarían fuera de allí.
Ambas bajaron conmigo y compartimos un tramo del camino hasta que la
señora giró hacia la entrada del Hospital de Bellvitge. La otra chica siguió
conmigo hasta la universidad, donde se desvió por un pasillo que yo nunca había recorrido. A partir de ese día decidí mirar más a los pasajeros de mi bus y, curiosamente, cada día ellas ya estaban dentro. Me sorprendía no haberlas visto antes. Poco a poco fui detallándome de sus rasgos, sus expresiones, y me percaté de que la señora estaba algo más pálida, quizá más delgada también. Y así, cada trayecto fue perdiendo pelo, brillo en la mirada, fuerza para bajar del autobús…
La chica de la bata, en cambio, mantenía siempre el paso firme. Nunca la vi por la facultad, pero supe, por pequeños detalles — las manos agrietadas, la forma de la coleta en su pelo suelto, las manchitas en su bata— que su vida no era fácil. A veces subía con el uniforme aún húmedo y con profundas ojeras que desvelaban turnos dobles y quién sabe si largas llamadas con familiares que residían lejos, quizá demasiado lejos. Aun así, siempre pisaba firme, como
quien se promete no rendirse.
Pasó el tiempo y todo fue cambiando, hasta que la señora dejó de subir. La chica de la limpieza también desapareció y en ese silencio mental entendí algo: pensé en la fortuna que había tenido de formar parte de un corto tramo en la vida de esas mujeres y deseé que, allá donde estuvieran, fueran felices. Me llenó de gratificación y significado el recordarlas en cada viaje a mi universidad y, a su vez, de cierto humor, pues ellas nunca sabrían que una joven viajera las leyó en cada semáforo, en cada parada...
Desde entonces, cuando subo al autobús, miro de verdad. Saludo siempre al conductor, sonrío a mis compañeros y guardo en mi recuerdo cada trayecto. Quizá lo que nos falta para ser más humanos es brindarnos la oportunidad de descubrir un pedacito de quienes nos rodean, porque nunca sabemos cuándo volveremos a coincidir. Al fin y al cabo, a veces basta un recorrido compartido para comprender que no caminamos tan solos como creemos