Autor/a
ICTOR
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 anys
Centre escolar
Escola Parc del Guinardó
Mateo y los autobuses
Había una vez un niño llamado Mateo que vivía en una ciudad llena de ruido, movimiento y calles largas por donde pasaban muchos autobuses cada día. Desde que era muy pequeño, Mateo sentía una fascinación especial por ellos. Mientras otros niños se emocionaban con bicicletas o videojuegos, él se quedaba mirando por la ventana cada vez que escuchaba el sonido de un motor acercándose.
Su casa estaba cerca de una parada de autobús. Cada mañana, antes de ir a la escuela, Mateo se sentaba en el banco de la parada con su mochila y observaba cómo llegaban los distintos autobuses. Había uno rojo, uno azul y otro verde que siempre parecía llegar un poco tarde. Mateo conocía sus números, sus rutas y hasta los conductores que los manejaban.
El conductor del autobús número 12 se llamaba Don Luis. Siempre saludaba a Mateo con una sonrisa.
—¡Buenos días, pequeño inspector de autobuses! —le decía.
Mateo se reía y levantaba la mano como si fuera un guardia de tráfico.
Un día, Don Luis le preguntó:
—¿Por qué te gustan tanto los autobuses?
Mateo lo pensó un momento y respondió:
—Porque llevan historias.
Don Luis se sorprendió.
—¿Historias?
—Sí —dijo Mateo—. Cada persona que sube al autobús va a algún lugar importante. Algunos van al trabajo, otros a visitar a su familia, otros a empezar algo nuevo. Los autobuses ayudan a que todo eso pase.
Desde ese día, Don Luis empezó a fijarse más en lo que Mateo decía. Cada vez que abría las puertas del autobús, pensaba en todas esas historias invisibles que viajaban con él.
Mateo empezó también a dibujar autobuses en un cuaderno. Dibujaba autobuses grandes, pequeños, de dos pisos, eléctricos, y hasta autobuses voladores que imaginaba para el futuro. En cada dibujo escribía una pequeña historia sobre los pasajeros que viajaban dentro.
Un día, su maestra vio el cuaderno.
—Mateo, tienes mucha imaginación —le dijo—. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?
Mateo respondió sin dudar:
—Quiero construir autobuses que puedan ir a cualquier lugar.
Los años pasaron y Mateo siguió aprendiendo, dibujando y observando. Nunca dejó de sentarse en aquella parada cuando tenía tiempo. Para muchos era solo una parada de autobús, pero para él era una ventana al mundo.
Mucho tiempo después, cuando Mateo ya era adulto, diseñó un nuevo tipo de autobús para la ciudad: silencioso, ecológico y con grandes ventanas para que los pasajeros pudieran ver la ciudad mientras viajaban.
El día que el primer autobús salió a la calle, Mateo fue a la misma parada donde se sentaba de niño. Se sentó en el banco y esperó.
Cuando el autobús llegó y abrió sus puertas, el conductor lo miró y sonrió.
—Buenos días —dijo—. ¿Va a subir?
Mateo sonrió también.
Su casa estaba cerca de una parada de autobús. Cada mañana, antes de ir a la escuela, Mateo se sentaba en el banco de la parada con su mochila y observaba cómo llegaban los distintos autobuses. Había uno rojo, uno azul y otro verde que siempre parecía llegar un poco tarde. Mateo conocía sus números, sus rutas y hasta los conductores que los manejaban.
El conductor del autobús número 12 se llamaba Don Luis. Siempre saludaba a Mateo con una sonrisa.
—¡Buenos días, pequeño inspector de autobuses! —le decía.
Mateo se reía y levantaba la mano como si fuera un guardia de tráfico.
Un día, Don Luis le preguntó:
—¿Por qué te gustan tanto los autobuses?
Mateo lo pensó un momento y respondió:
—Porque llevan historias.
Don Luis se sorprendió.
—¿Historias?
—Sí —dijo Mateo—. Cada persona que sube al autobús va a algún lugar importante. Algunos van al trabajo, otros a visitar a su familia, otros a empezar algo nuevo. Los autobuses ayudan a que todo eso pase.
Desde ese día, Don Luis empezó a fijarse más en lo que Mateo decía. Cada vez que abría las puertas del autobús, pensaba en todas esas historias invisibles que viajaban con él.
Mateo empezó también a dibujar autobuses en un cuaderno. Dibujaba autobuses grandes, pequeños, de dos pisos, eléctricos, y hasta autobuses voladores que imaginaba para el futuro. En cada dibujo escribía una pequeña historia sobre los pasajeros que viajaban dentro.
Un día, su maestra vio el cuaderno.
—Mateo, tienes mucha imaginación —le dijo—. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?
Mateo respondió sin dudar:
—Quiero construir autobuses que puedan ir a cualquier lugar.
Los años pasaron y Mateo siguió aprendiendo, dibujando y observando. Nunca dejó de sentarse en aquella parada cuando tenía tiempo. Para muchos era solo una parada de autobús, pero para él era una ventana al mundo.
Mucho tiempo después, cuando Mateo ya era adulto, diseñó un nuevo tipo de autobús para la ciudad: silencioso, ecológico y con grandes ventanas para que los pasajeros pudieran ver la ciudad mientras viajaban.
El día que el primer autobús salió a la calle, Mateo fue a la misma parada donde se sentaba de niño. Se sentó en el banco y esperó.
Cuando el autobús llegó y abrió sus puertas, el conductor lo miró y sonrió.
—Buenos días —dijo—. ¿Va a subir?
Mateo sonrió también.