Autor/a
Reina
Categoria
Relat lliure
Mi prioridad
H10, 20:35.
Subo al bus sin ganas, no me apetece ir a esa cena, no me apetece el plan, pero lo que menos me apetece es la compañía.
Sí, no está bien hablar así de quienes se supone que son mis mejores amigas, pero nunca han ejercido como tal, para ellas he sido siempre el blanco de sus burlas y la cabeza de turco contra la que cargar sus frustraciones, a mí se me ha podido hacer de todo porque no tiene importancia, pero pobre de mí si lo hago yo, porque entonces es horrible.
No, no quiero ir a la cena, y más después del mensaje que me han mandado, ordenándome que las ponga las primeras en mi lista de prioridades y acompañándolo de un insulto y un par de humillaciones de regalo.
Releo el otro mensaje que he recibido, de Manuel, del gym, diciéndome que corte con las personas que me dañan e invitándome a cenar con ellos… ojalá fuera tan fácil, ojalá yo no fuera tan cobarde y fuera capaz de enfrentarme a ellas sin que reaccionen como siempre hacen cuando me quejo: con gritos, insultos, humillaciones y ataques de lo más cruel.
El bus sigue avanzando y yo aún estaría a tiempo de bajarme y subirme a otro, alejándome de ellas, por primera vez en 30 años me planteo si me merecen la pena, si ellas merecen la pena. Cuando se detiene en la parada se detiene también mi mente y decido que no, que quien no se lo merece soy yo.
Me levanto y pido parada, es mi última oportunidad para bajar, las puertas se abren y dudo por un momento, pero una fuerza desconocida, un coraje que ni yo misma sabía que podía ser capaz de tener, me empuja a moverme y a bajar del bus y bajo, dejando que el bus que me llevaba a mi cruz particular se aleje.
Me tiemblan las piernas mientras espero el D50, pero a la vez siento una satisfacción increíble y, por primera vez en muchísimo tiempo, me siento orgullosa de mí misma y dueña de mi destino.
El D50 llega y subo, sintiéndome cada vez más fuerte y segura, he hecho lo correcto, lo sé, me siento en el único asiento libre que queda y me noto la espalda relajada y la cabeza despejada dándome cuenta de lo mal que estaba y viendo lo bien que sienta soltar lastre.
Se va bien en el bus, estoy disfrutando el trayecto y esto me ayuda a cerrar el único ciclo que me quedaba. Cojo el móvil y mando un primer mensaje:
“Tenéis razón, no sois lo primero en mi lista de prioridades porque mi prioridad soy yo. Que tengáis mucha suerte” y lo envío al grupo, sabiendo todo lo que me dirán y sabiendo, también, que ahora ya no me afectará.
Veo que aún me faltan unas cuantas paradas y mando un segundo mensaje:
“Manuel, voy para allá” y la respuesta te hace sentir un calor de amistad desconocido:
“Sabía que vendrías. Aquí estamos”.
Apoyo la cabeza en el cristal y cierro los ojos sintiéndome libre, poderosa y feliz, me da igual lo que puedan decir de mí porque no será cierto.
Manuel me está esperando y este bus me está llevando a una nueva ruta, un nuevo comienzo y una nueva vida.
Subo al bus sin ganas, no me apetece ir a esa cena, no me apetece el plan, pero lo que menos me apetece es la compañía.
Sí, no está bien hablar así de quienes se supone que son mis mejores amigas, pero nunca han ejercido como tal, para ellas he sido siempre el blanco de sus burlas y la cabeza de turco contra la que cargar sus frustraciones, a mí se me ha podido hacer de todo porque no tiene importancia, pero pobre de mí si lo hago yo, porque entonces es horrible.
No, no quiero ir a la cena, y más después del mensaje que me han mandado, ordenándome que las ponga las primeras en mi lista de prioridades y acompañándolo de un insulto y un par de humillaciones de regalo.
Releo el otro mensaje que he recibido, de Manuel, del gym, diciéndome que corte con las personas que me dañan e invitándome a cenar con ellos… ojalá fuera tan fácil, ojalá yo no fuera tan cobarde y fuera capaz de enfrentarme a ellas sin que reaccionen como siempre hacen cuando me quejo: con gritos, insultos, humillaciones y ataques de lo más cruel.
El bus sigue avanzando y yo aún estaría a tiempo de bajarme y subirme a otro, alejándome de ellas, por primera vez en 30 años me planteo si me merecen la pena, si ellas merecen la pena. Cuando se detiene en la parada se detiene también mi mente y decido que no, que quien no se lo merece soy yo.
Me levanto y pido parada, es mi última oportunidad para bajar, las puertas se abren y dudo por un momento, pero una fuerza desconocida, un coraje que ni yo misma sabía que podía ser capaz de tener, me empuja a moverme y a bajar del bus y bajo, dejando que el bus que me llevaba a mi cruz particular se aleje.
Me tiemblan las piernas mientras espero el D50, pero a la vez siento una satisfacción increíble y, por primera vez en muchísimo tiempo, me siento orgullosa de mí misma y dueña de mi destino.
El D50 llega y subo, sintiéndome cada vez más fuerte y segura, he hecho lo correcto, lo sé, me siento en el único asiento libre que queda y me noto la espalda relajada y la cabeza despejada dándome cuenta de lo mal que estaba y viendo lo bien que sienta soltar lastre.
Se va bien en el bus, estoy disfrutando el trayecto y esto me ayuda a cerrar el único ciclo que me quedaba. Cojo el móvil y mando un primer mensaje:
“Tenéis razón, no sois lo primero en mi lista de prioridades porque mi prioridad soy yo. Que tengáis mucha suerte” y lo envío al grupo, sabiendo todo lo que me dirán y sabiendo, también, que ahora ya no me afectará.
Veo que aún me faltan unas cuantas paradas y mando un segundo mensaje:
“Manuel, voy para allá” y la respuesta te hace sentir un calor de amistad desconocido:
“Sabía que vendrías. Aquí estamos”.
Apoyo la cabeza en el cristal y cierro los ojos sintiéndome libre, poderosa y feliz, me da igual lo que puedan decir de mí porque no será cierto.
Manuel me está esperando y este bus me está llevando a una nueva ruta, un nuevo comienzo y una nueva vida.