Autor/a
Ivanhoe
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Otro mundo.

Mi última noche en esta ciudad. Hoy el cielo estaba estrellado, con las vistas de Barcelona al fondo, como una bonita y extraña decoración de luces y sombras, con el imponente Tibidabo como protagonista y la Torre Agbar como secundario principal. En este lugar empezó mi aprendizaje y en este mismo lugar acabará.

Miro el reloj una vez más, mientras mi mente vuelve a la primera vez que estuve aquí.

Había aterrizado, literalmente, hace diez años en esta ciudad. No me costó demasiado encontrar una habitación de alquiler en un barrio de la Barceloneta, mientras buscaba trabajo y aprendía catalán, un idioma que me resultaba fascinante. Gracias a mi capacidad de adaptación, llegué a entenderlo y hablarlo a la perfección en menos de un mes.

Un día encontré una oferta de trabajo en un periódico que leía a diario. Buscaban agentes de atención al cliente para el metro de Barcelona. No me lo pensé. Preparé un currículum sin muchas expectativas de que me llamaran, pero, por suerte, me equivoqué. A la semana ya estaba haciendo las pruebas de acceso y, dos semanas después, me comunicaron que había aprobado. Tras la revisión médica, conseguí el trabajo: conduciendo trenes y también en estaciones, atendiendo dudas y ayudando a los usuarios a comprar sus billetes.

Unos pasos torpes apartaron mis pensamientos. Era un jabalí, seguramente buscando comida. Tras un breve cruce de miradas, el animal siguió su camino soltando un gruñido.

Entonces me vinieron los recuerdos del día anterior. Mi despedida. Mis compañeros, con los que tantos años había trabajado codo con codo, me organizaron una despedida con regalos y algo de picoteo antes de empezar la jornada laboral. Siempre me he sentido muy querido y valorado en el trabajo, sobre todo después de aquel incidente en el andén de La Sagrera, donde salvé, gracias al desfibrilador, la vida de un hombre que estaba sufriendo un infarto.
Recibí aplausos de los pasajeros allí presentes, cuando muchos ya lo daban por muerto. Aquel hecho me dio cierta notoriedad, hasta el punto de que me hicieron una entrevista para un portal digital llamado Gent TMB, muy conocido entre empleados y usuarios del transporte público.

Cuando pedí la excedencia, hace aproximadamente un mes, sorprendí a todos. El trabajador “modelo” se iba de la empresa para emprender otros caminos, metas que nada tenían que ver con los trenes.

—Si ellos supieran… —murmuré, soltando una ligera carcajada.

Un ruido procedente del cielo me sobresaltó. Volví a mirar el reloj. Eran ellos.

Una nave gigantesca, de forma ovalada, pasó por encima de mi cabeza y aterrizó a unos metros de donde me encontraba, tumbando un pino y arrastrando varios matojos de hierba húmeda a su paso.

Me levanté y caminé hacia ella.

La nave se elevó unos metros del suelo y un haz de luz vertical descendió. Era el sistema de teletransporte. Dentro, todos me esperaban.

Para ser mi primera misión en la Tierra, no se me había dado nada mal.

Todo lo aprendido durante estos diez años serviría para salvar la crisis de mi planeta. La información recopilada sobre la Tierra, un mundo mucho más avanzado que el nuestro, podría ser la clave para sobrevivir. Aún había esperanza.

Antes de cruzar el haz de luz, eché una última mirada a Barcelona. Tan viva, tan luminosa… tan humana.

La iba a echar de menos.

Mientras ascendía lentamente hacia la nave, un último pensamiento cruzó mi mente:

El metro es otro mundo.

FIN