Autor/a
El Pintor Calleja
Categoria
Relat lliure
Propera estació: Rieliris.
Se abre el telón rojo hacia ambos costados y, como cada día, comienza puntual nuestra realidad compartida. Un tambor de latidos marca la función: viajeros conocidos y anónimos de iris reflejados en la vía, que ahora es un renglón en movimiento. Ese primer trazo nació cuando imaginarse juntos, de pie o sentados, rumbo a destinos distintos, era ficción. Hoy es cortina viva: no rutina, sino ritmo de unión.
Veo —vemos— a la joven que antes leía tensa el mismo libro; su portada, ya memoria común, era el color de la estación. Hoy descansa los brazos y, aun así, cede el asiento a una señora con bastón. Sin palabras, muchos nos graduamos en ese gesto: respetar la distancia y, a la vez, acercarnos en cuidado. Tantas mañanas en que las miradas se cruzan como neones en túneles, hilando una costura punteada entre los iris del vagón. Sea carro o latido de urbe, se hace comunión.
Somos caras conocidas: quienes al alba llevan lonchera y al atardecer regresan con el casco sucio, bautizados de trabajo. También el paisaje móvil que asciende al monte donde Don Juan y Montserrat recuerdan el lugar que los unió, una noche de San Juan hecha día. Entonces los rieles crecieron como venas de un árbol de colores, numerado, extendiéndose a cada rincón.
“Buenos días”, y ahí está Úrsula con su niña, que ya no viaja en carriola y saluda al mundo con un ¡Hola! Las siluetas se vuelven acuarelas cuando entra el sol; las ventanas, postales que avanzan. Una voz familiar nos nombra: “Propera estació: Comunidad”. Todos cabemos en el pistilo de esta flor mecánica y orgánica del panot.
La visión se vuelve colectiva cuando compartimos escena sin saberlo. Hacemos narravidas con historias que imaginamos de quienes ya saludamos porque vamos en la misma dirección, y regresamos juntos cuando cae el telón. Reconocemos entradas y salidas: el señor del sombrero dijo una vez que, como estas líneas, la vida es multicolor; haber vivido el otoño y ser primavera, y ver cómo el verano ilumina el mar.
Las miradas son caminos que se cruzan en alternativas, combinaciones. En cada pupila aprendí que esta ventana donde mi reflejo se diluye con otros anuncia la próxima estación: Unión, combinación con Otredad, líneas de acercamiento —ponerse en la piel del otro, no en su lugar.
Ya casi desciendo. Si tuviera que escribir el renglón donde caben todos los viajeros que dan pulso a este collage urbano, diría: aquí van juntas las vidas; iguales en dignidad, distintas en sus rutas, como vías de una paleta multicolor. “Estació RIELIRIS”. Hasta mañana, cuando tracemos un nuevo renglón.
Veo —vemos— a la joven que antes leía tensa el mismo libro; su portada, ya memoria común, era el color de la estación. Hoy descansa los brazos y, aun así, cede el asiento a una señora con bastón. Sin palabras, muchos nos graduamos en ese gesto: respetar la distancia y, a la vez, acercarnos en cuidado. Tantas mañanas en que las miradas se cruzan como neones en túneles, hilando una costura punteada entre los iris del vagón. Sea carro o latido de urbe, se hace comunión.
Somos caras conocidas: quienes al alba llevan lonchera y al atardecer regresan con el casco sucio, bautizados de trabajo. También el paisaje móvil que asciende al monte donde Don Juan y Montserrat recuerdan el lugar que los unió, una noche de San Juan hecha día. Entonces los rieles crecieron como venas de un árbol de colores, numerado, extendiéndose a cada rincón.
“Buenos días”, y ahí está Úrsula con su niña, que ya no viaja en carriola y saluda al mundo con un ¡Hola! Las siluetas se vuelven acuarelas cuando entra el sol; las ventanas, postales que avanzan. Una voz familiar nos nombra: “Propera estació: Comunidad”. Todos cabemos en el pistilo de esta flor mecánica y orgánica del panot.
La visión se vuelve colectiva cuando compartimos escena sin saberlo. Hacemos narravidas con historias que imaginamos de quienes ya saludamos porque vamos en la misma dirección, y regresamos juntos cuando cae el telón. Reconocemos entradas y salidas: el señor del sombrero dijo una vez que, como estas líneas, la vida es multicolor; haber vivido el otoño y ser primavera, y ver cómo el verano ilumina el mar.
Las miradas son caminos que se cruzan en alternativas, combinaciones. En cada pupila aprendí que esta ventana donde mi reflejo se diluye con otros anuncia la próxima estación: Unión, combinación con Otredad, líneas de acercamiento —ponerse en la piel del otro, no en su lugar.
Ya casi desciendo. Si tuviera que escribir el renglón donde caben todos los viajeros que dan pulso a este collage urbano, diría: aquí van juntas las vidas; iguales en dignidad, distintas en sus rutas, como vías de una paleta multicolor. “Estació RIELIRIS”. Hasta mañana, cuando tracemos un nuevo renglón.