Autor/a
Ares68
Categoria
Relat lliure
Rojo sangre, rojo pasión!
Como esquirlas de hierro atraídas por un imán, su mirada queda atrapada en los asientos delanteros del autobús. Incapaz de apartar la vista, una imagen de otro tiempo surge de la nada. La ve, de repente, entre el gentío, moviéndose con gracia, con su vestido de lunares; rojo sangre, rojo pasión!
El autobús frena suavemente, y en un segundo, el bullicio de un grupo de adolescentes que sube al H4, rompe la calma reinante. Alegres e impulsivos, cargados con sus mochilas, van pasando sus tarjetitas de plástico por las máquinas validadoras. Algunos acercan sus teléfonos móviles y no entiende el porqué…aunque últimamente, hay tantas cosas que no comprende!
Sus conversaciones en voz alta, ruidosos y ajenos a lo que les rodea, despierta miradas de desaprobación en algunos de los usuarios que viajaban tranquilamente. Él sin embargo, sonríe…Y de nuevo vuelve al pasado. La ve bailando, escucha su risa despreocupada y contagiosa, envuelta en el aire húmedo y cálido, perfumado de pescaíto frito y ortiguillas. Su única inquietud es cómo aprovechar al máximo los pocos duros que tiene en el bolsillo; pero esa angustia desaparece en cuanto la rodea con su brazo.
Se siente fuerte y poderoso, invencible, capaz de cualquier cosa…con la energía y el sentimiento de invulnerabilidad que te dan los 20 años.
Disfruta de una felicidad plena en ese preciso instante.
Pero el sol, obstinado e implacable, se empeña en torcer ese momento perfecto, y se abre paso entre las nubes, que en el exterior, cubren los imponentes edificios del barrio de Canyelles. Un rayo se filtra a través de la ventana del autobús devolviéndole su imagen reflejada en el vidrio. Y lo que ve le sorprende. Un rostro arrugado, que casi no reconoce, unos ojos acuosos, en los que apenas queda la chispa que antaño tenían, lo devuelven al presente.
Él no es joven y ella ya no está.
Vuelve la mirada al rostro que tiene al lado, escudriñándolo, le acaricia la mejilla…se parece mucho, pero no es ella. Clava de nuevo la mirada en los asientos delanteros, absorto, perdido…
Su nieta, sentada a su lado lo mira fijamente y dice a su madre, que los observa detrás: “El abuelo está cada vez más raro”.
La hija se acerca y le pregunta suavemente: “¿Qué miras con tanta atención?”
Él responde, sin apartar la mirada: “ Alguna muchacha se ha olvidado su vestido de faralaes en ese asiento, es como el de la abuela. ¿Lo veis? Tendríamos que recogerlo…”
Las dos mujeres, miran hacia el asiento delantero, desocupado y vacío, y enseguida reconocen en el típico tapizado, la trama del Eixample. No son círculos, no son lunares…son las características manzanas del Eixample de Barcelona.
“Sí se parece sí, pero no te preocupes ya se encargarán los empleados del autobús de devolvérselo a su dueña”, le responde la hija, intentando sonreír, disimulando la inquietud que le recorre el cuerpo y que en las últimas semanas planea sobre su familia.
Cuando empieza a vislumbrar la distintiva silueta del hospital Vall d’Hebron, le susurra al oído que casi han llegado.
Él desearía no bajar del autobús, quisiera continuar el recorrido a cualquier parte porque sabe, tiene la certeza absoluta, de que algo no va bien en su interior y que las noticias que va a recibir no son buenas, pero apoyándose en el brazo de su hija se intenta levantar con una seguridad que no siente, y cogiendo de la mano a su nieta, desciende lentamente del autobús, sonriendo, sin dejar de pensar en ese vestido de lunares, rojo sangre, rojo pasión…
El autobús frena suavemente, y en un segundo, el bullicio de un grupo de adolescentes que sube al H4, rompe la calma reinante. Alegres e impulsivos, cargados con sus mochilas, van pasando sus tarjetitas de plástico por las máquinas validadoras. Algunos acercan sus teléfonos móviles y no entiende el porqué…aunque últimamente, hay tantas cosas que no comprende!
Sus conversaciones en voz alta, ruidosos y ajenos a lo que les rodea, despierta miradas de desaprobación en algunos de los usuarios que viajaban tranquilamente. Él sin embargo, sonríe…Y de nuevo vuelve al pasado. La ve bailando, escucha su risa despreocupada y contagiosa, envuelta en el aire húmedo y cálido, perfumado de pescaíto frito y ortiguillas. Su única inquietud es cómo aprovechar al máximo los pocos duros que tiene en el bolsillo; pero esa angustia desaparece en cuanto la rodea con su brazo.
Se siente fuerte y poderoso, invencible, capaz de cualquier cosa…con la energía y el sentimiento de invulnerabilidad que te dan los 20 años.
Disfruta de una felicidad plena en ese preciso instante.
Pero el sol, obstinado e implacable, se empeña en torcer ese momento perfecto, y se abre paso entre las nubes, que en el exterior, cubren los imponentes edificios del barrio de Canyelles. Un rayo se filtra a través de la ventana del autobús devolviéndole su imagen reflejada en el vidrio. Y lo que ve le sorprende. Un rostro arrugado, que casi no reconoce, unos ojos acuosos, en los que apenas queda la chispa que antaño tenían, lo devuelven al presente.
Él no es joven y ella ya no está.
Vuelve la mirada al rostro que tiene al lado, escudriñándolo, le acaricia la mejilla…se parece mucho, pero no es ella. Clava de nuevo la mirada en los asientos delanteros, absorto, perdido…
Su nieta, sentada a su lado lo mira fijamente y dice a su madre, que los observa detrás: “El abuelo está cada vez más raro”.
La hija se acerca y le pregunta suavemente: “¿Qué miras con tanta atención?”
Él responde, sin apartar la mirada: “ Alguna muchacha se ha olvidado su vestido de faralaes en ese asiento, es como el de la abuela. ¿Lo veis? Tendríamos que recogerlo…”
Las dos mujeres, miran hacia el asiento delantero, desocupado y vacío, y enseguida reconocen en el típico tapizado, la trama del Eixample. No son círculos, no son lunares…son las características manzanas del Eixample de Barcelona.
“Sí se parece sí, pero no te preocupes ya se encargarán los empleados del autobús de devolvérselo a su dueña”, le responde la hija, intentando sonreír, disimulando la inquietud que le recorre el cuerpo y que en las últimas semanas planea sobre su familia.
Cuando empieza a vislumbrar la distintiva silueta del hospital Vall d’Hebron, le susurra al oído que casi han llegado.
Él desearía no bajar del autobús, quisiera continuar el recorrido a cualquier parte porque sabe, tiene la certeza absoluta, de que algo no va bien en su interior y que las noticias que va a recibir no son buenas, pero apoyándose en el brazo de su hija se intenta levantar con una seguridad que no siente, y cogiendo de la mano a su nieta, desciende lentamente del autobús, sonriendo, sin dejar de pensar en ese vestido de lunares, rojo sangre, rojo pasión…