Autor/a
Alamos
Categoria
Relat lliure
Transportando historias
10 AM. Una chica se dirigía a la boca del metro, ese lugar donde todo se mezcla y nadie conoce el sueño ajeno. Entró, al ritmo de sus auriculares, con la extraña sensación de que algo se le escapaba. ¿Qué día era? 17 de febrero. Okey. Siguió.
Fue pasando historias de Instagram ante la indiferencia que le provocaban, buscando algo sin saber qué era ni dónde lo encontraría, hasta que una imagen de su madre la frenó: una felicitación. El cumpleaños de su abuela. Era la primera vez, desde que se marchó, que al ver un 17 ni tan siquiera había pensado en ella. Frustrada, se quitó los cascos y le invadió una enorme sensación de culpabilidad y miedo: ¿y si estaba comenzando a olvidarla?
Sobre la melodía de un poeta oculto tras su guitarra, rompió a llorar. Quiso andar más rápido, aunque la multitud le impidiese avanzar. Quiso embestir a todos, como si el andén fuera el lugar de un reencuentro imposible. Pero al llegar, su abuela no estaba.
Una discusión cercana captó su atención: una joven reprochaba a su novio no ser detallista, no regalarle flores. La chica pensó entonces que no había dado limosna al guitarrista que había musicado sus lágrimas, mientras aquel joven parecía de los que se incomodan ante un sombrero paciente.
La tierra tembló y el metro llegó. La gente salió de él buscando su propio camino como si les fuera la vida en ello; a ella se le iba la vida esperando un poco de tacto entre tantos choques bruscos. En el vagón, sentado, yacía un octogenario vestido de negro con un ramo en la mano. La chica imaginó entonces una dualidad perfecta: el joven que no hace por amar más allá de las palabras y el hombre que lo intenta pese a que su mujer no lo verá nunca.
Se sintió una flor marchita, ahogada por el llanto de las nubes que parecían castigarla por su olvido. Intentaba esconderlas, aunque las dos fuentes de su rostro no dejaran de inundarlo, pese a que deseaba con toda el alma que alguien le preguntase qué añoraba o en qué pensaba cuando lloraba. Bajo el suelo de Barcelona, los túneles se convirtieron en un lugar íntimo, donde confluyen historias que el metro aguarda, acompaña y permite.
Porque hay gente que va al metro porque no sabe esperar, por partir en no más de 5 minutos sin valorar la inmediatez. Hay gente que va porque no quiere esperar, persiguiendo la eficacia sin atender a los detalles que ofrece cada vagón. Pero hay quienes no pueden esperar: a ese abrazo, a ese encuentro o a esconderse de los ojos extraños para llorar. Como yo. La chica que decidió observar su realidad, prescindiendo de pantallas y auriculares que rellenan el silencio, como si el silencio fuera algo que siempre hubiera que llenar, cuando a veces solo hay que dejar que nos hable.
Entonces me oí a mí misma. Entendí que las nubes no lloraban por querer ahogarme, sino que me regaban para no dejarme sola. Entendí que mi abuela sabe que no la olvidaré nunca, aunque algún día el tiempo se olvide de ella.
Llegué a mi parada, y la puerta me escupió entre historias que nunca conoceré. Porque tal vez aquellas flores tenían un destino que no supe ver, pero aun así, fueron regaladas a aquel joven que, al ver al hombre bajar, ya las echaba de menos.
Camino a la salida, se reprodujo un anuncio por megafonía de un concurso de escritura de la TMB. Emergí a la superficie aún llorando, pero más agradecida y con ganas de escribir este recordatorio: que nos miremos más, hablemos más y nos leamos más. Que hagamos del metro un lugar más humano, y no solo un medio de transporte.
Fue pasando historias de Instagram ante la indiferencia que le provocaban, buscando algo sin saber qué era ni dónde lo encontraría, hasta que una imagen de su madre la frenó: una felicitación. El cumpleaños de su abuela. Era la primera vez, desde que se marchó, que al ver un 17 ni tan siquiera había pensado en ella. Frustrada, se quitó los cascos y le invadió una enorme sensación de culpabilidad y miedo: ¿y si estaba comenzando a olvidarla?
Sobre la melodía de un poeta oculto tras su guitarra, rompió a llorar. Quiso andar más rápido, aunque la multitud le impidiese avanzar. Quiso embestir a todos, como si el andén fuera el lugar de un reencuentro imposible. Pero al llegar, su abuela no estaba.
Una discusión cercana captó su atención: una joven reprochaba a su novio no ser detallista, no regalarle flores. La chica pensó entonces que no había dado limosna al guitarrista que había musicado sus lágrimas, mientras aquel joven parecía de los que se incomodan ante un sombrero paciente.
La tierra tembló y el metro llegó. La gente salió de él buscando su propio camino como si les fuera la vida en ello; a ella se le iba la vida esperando un poco de tacto entre tantos choques bruscos. En el vagón, sentado, yacía un octogenario vestido de negro con un ramo en la mano. La chica imaginó entonces una dualidad perfecta: el joven que no hace por amar más allá de las palabras y el hombre que lo intenta pese a que su mujer no lo verá nunca.
Se sintió una flor marchita, ahogada por el llanto de las nubes que parecían castigarla por su olvido. Intentaba esconderlas, aunque las dos fuentes de su rostro no dejaran de inundarlo, pese a que deseaba con toda el alma que alguien le preguntase qué añoraba o en qué pensaba cuando lloraba. Bajo el suelo de Barcelona, los túneles se convirtieron en un lugar íntimo, donde confluyen historias que el metro aguarda, acompaña y permite.
Porque hay gente que va al metro porque no sabe esperar, por partir en no más de 5 minutos sin valorar la inmediatez. Hay gente que va porque no quiere esperar, persiguiendo la eficacia sin atender a los detalles que ofrece cada vagón. Pero hay quienes no pueden esperar: a ese abrazo, a ese encuentro o a esconderse de los ojos extraños para llorar. Como yo. La chica que decidió observar su realidad, prescindiendo de pantallas y auriculares que rellenan el silencio, como si el silencio fuera algo que siempre hubiera que llenar, cuando a veces solo hay que dejar que nos hable.
Entonces me oí a mí misma. Entendí que las nubes no lloraban por querer ahogarme, sino que me regaban para no dejarme sola. Entendí que mi abuela sabe que no la olvidaré nunca, aunque algún día el tiempo se olvide de ella.
Llegué a mi parada, y la puerta me escupió entre historias que nunca conoceré. Porque tal vez aquellas flores tenían un destino que no supe ver, pero aun así, fueron regaladas a aquel joven que, al ver al hombre bajar, ya las echaba de menos.
Camino a la salida, se reprodujo un anuncio por megafonía de un concurso de escritura de la TMB. Emergí a la superficie aún llorando, pero más agradecida y con ganas de escribir este recordatorio: que nos miremos más, hablemos más y nos leamos más. Que hagamos del metro un lugar más humano, y no solo un medio de transporte.