Autor/a
Opti misma
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Trayecto en paz

Sentada en la primera fila, paralela al conductor, observaba nostálgica el camino que se me presentaba por delante. El autobús, cada vez más abarrotado, avanzaba lento entre las paradas y semáforos que orquestaban la bulliciosa capital catalana. Esa mañana, de un lunes otoñal, el test de embarazo me había regalado célebres noticias. En mí circulaba la alegría de la dicha y, en dirección opuesta, la tristeza de la maternidad sin guía. De golpe, una piedra irrumpió la monotonía del trayecto e impactó en el vidrio, dejando una grieta gruesa y amenazante frente a mis ojos. Un fugaz escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo.

Por aquel entonces, y tras una agónica convivencia con el cáncer de mis padres, yo estaba inmersa en pleno proceso de duelo. Pese a ello, fue en ese preciso instante, que tomé conciencia que no solo había perdido a mis progenitores, sino el amparo protector ante mi propia muerte. El vidrio tullido reflejaba, abiertamente, mi fragilidad subyacente. Absorta en su fractura, pensé en lo que a mí también me resquebrajaba por dentro: mientras las personas tenemos a nuestros padres vivos, fantaseamos que morirán longevos, pero no hay ninguna ley de vida que valide esta teoría. Creer en ello solo es nuestra falsa ilusión humana para protegernos del miedo que tenemos a la muerte. La pedrada espejaba, sin tapujos, la que yo había recibido en carne propia: cuando los perdemos a los dos -como me había sucedido a mí a los 25 años- la muerte nos sobrevuela, y empezamos a pensar en ella, pues hemos quedado energéticamente al descubierto. Esa certeza me avisaba de que yo podría ser la siguiente en cualquier momento.

Tras ese inquietante pensamiento, en el bus ya no cabían más personas, pero yo me sentía tremendamente sola. Sin pretenderlo, acababa de empezar la relación temprana con mi mortalidad, que se fue gestando y desarrollando paralelamente a la creación de vida en mi vientre. Ante esta inexorable dualidad existencial, como madre -primero de una y luego de dos vidas- durante mucho tiempo sobreviví con temor a mi muerte. Me creí indispensable. La única capaz de cuidarles. Su razón de ser o que sin mí les faltaría el aire.

Han pasado años de esas ideas que me intranquilizaban el vivir. En la actualidad ya no me desplazo a mi trabajo en bus, sino en bici, pero sigo teniendo miedo a morir antes de que mis hijos se hagan adultos y puedan cuidar de sí. No obstante, en el transcurso de mi adultez he encontrado un sentido a la pérdida y al morir. Ahora sé que mis hijos son en realidad hijos de un plan divino y que yo sólo he sido el canal para su nacimiento en esta biografía; que tanto su padre como yo formamos parte inherente de ellos (estemos vivos o trascendidos); que si algún día les falto será parte del plan que un día pactamos antes de reencarnar; que llegado el momento les haré un bien mayor traspasando directamente a la luz que atascándome en un plano cercano al terrenal; que con ellos se quedarían tanto su Yo Superior como los seres espirituales (ancestros, guías y guardianes) que les darían protección; que si muero nos volveremos a comunicar y que desde ahí dónde esté velaré por su bienestar; que las muertes significativas en una familia son un portal a la resiliencia y a la espiritualidad. Ahora descanso al saber que si me llega el momento, merezco morir con confianza, sin apego ni culpabilidad.

Ahora viajo por la vida, ya sea en transporte público o no, con mucha más paz.