Autor/a
Akira Aoyama
Categoria
Relat lliure
Underground
No recuerdo a qué me acostumbré primero, si a las incesantes alarmas que retumbaban sobre la superficie o a la pesadez del aire que inundaba los improvisados refugios instalados en el metro de Barcelona.
Con los primeros ataques, algunos fueron los que decidieron cobijarse en el denso entramado ferroviario que se ocultaba bajo los cimientos de la ciudad condal. Muchos temían el desplome de los techos y, aunque hubiera algunos tramos que cedieron al constante bombardeo (como el tramo que circula bajo la Avenida de Roma, o algunas secciones que discurren bajo Las Ramblas) la mayoría de la red metropolitana demostró ser capaz de proporcionar el más escaso de los regalos, un hogar seguro. Muchos se exiliaron, otros se alistaron y a otros tantos se les perdió la pista. Al final, Barcelona se convirtió en una ciudad fantasma y los pocos que nos quedamos pedimos prestado el asilo que profería la red del metro.
A todas estas, yo me había quedado un poco solo. El ataque había coincidido con mi familia de visita al pueblo del abuelo, allá por las tierras de León, y tras el desplome de las telecomunicaciones se hacía casi imposible comunicarse con el exterior. Aun así, todavía recibía noticias cada dos o tres semanas, por suerte todas positivas.
Alternábamos entre la vida en la superficie y la vida bajo tierra. Arriba nos encargábamos de rapiñar los escasos suministros que algún aliado nos lanzaba vía aérea y de esquivar los proyectiles que algún enemigo nos lanzaba, también por vía aérea; no era muy difícil distinguir quien era quien, pero más de un susto nos llevamos. Abajo nos pasábamos el tiempo charlando, leyendo y durmiendo. Alguien tenía una radio, de cuyo sonido infernal a veces se descifraban palabras casi coherentes que nos informaban (o desinformaban) de lo que acontecía en el país. Las noches se hacían especialmente pesadas pero los unos con los otros nos dábamos ánimos con blancas mentiras que nos ayudaban a conciliar el sueño.
Con el tiempo, y aprovechando que no había trenes, montamos una serie de batidas para alcanzar las estaciones de la periferia. Nos desplazábamos a tientas de una estación a otra resiguiendo las más que abandonadas vías del metro para luego encontrarnos con familiares y amigos que habían conseguido un coche o algún otro vehículo y tenían la intención de exiliarse. Muchas veces se me ofreció salir con ellos, pero sentía que mi labor estaba allí, bajo los cimientos de la ciudad, ayudando a la gente a escapar. También temía el regreso de los míos y que no me encontraran.
Terminé por conocerme al dedillo el intrincado mapa de líneas que conformaban la telaraña de la red de metro. Los túneles que otrora me acortaban las distancias de casa al trabajo, al gimnasio, a la Filmoteca y a casa de mi primo eran ahora los senderos que permitían a propios y extraños alcanzar el brillante día de mañana. El cansancio se acumulaba como el aire sin ventilar del interior de los túneles, pero nunca desfallecimos en nuestra labor. Tropezamos con innombrables traviesas y nos equivocamos en cientos de cruces, confundimos paradas y andenes, y a pesar de ello siempre vimos claro nuestro objetivo.
Al final todo terminó. Como siempre, no quedó claro quien había ganado y parecía que todos habíamos perdido. La ciudad estaba patas arriba pero poco a poco la gente fue regresando para volverla a reconstruir, así somos los humanos, tenemos la necesidad impetuosa de volver al hogar. También regresó mi familia, algo más flaca y algo más triste.
Con los primeros ataques, algunos fueron los que decidieron cobijarse en el denso entramado ferroviario que se ocultaba bajo los cimientos de la ciudad condal. Muchos temían el desplome de los techos y, aunque hubiera algunos tramos que cedieron al constante bombardeo (como el tramo que circula bajo la Avenida de Roma, o algunas secciones que discurren bajo Las Ramblas) la mayoría de la red metropolitana demostró ser capaz de proporcionar el más escaso de los regalos, un hogar seguro. Muchos se exiliaron, otros se alistaron y a otros tantos se les perdió la pista. Al final, Barcelona se convirtió en una ciudad fantasma y los pocos que nos quedamos pedimos prestado el asilo que profería la red del metro.
A todas estas, yo me había quedado un poco solo. El ataque había coincidido con mi familia de visita al pueblo del abuelo, allá por las tierras de León, y tras el desplome de las telecomunicaciones se hacía casi imposible comunicarse con el exterior. Aun así, todavía recibía noticias cada dos o tres semanas, por suerte todas positivas.
Alternábamos entre la vida en la superficie y la vida bajo tierra. Arriba nos encargábamos de rapiñar los escasos suministros que algún aliado nos lanzaba vía aérea y de esquivar los proyectiles que algún enemigo nos lanzaba, también por vía aérea; no era muy difícil distinguir quien era quien, pero más de un susto nos llevamos. Abajo nos pasábamos el tiempo charlando, leyendo y durmiendo. Alguien tenía una radio, de cuyo sonido infernal a veces se descifraban palabras casi coherentes que nos informaban (o desinformaban) de lo que acontecía en el país. Las noches se hacían especialmente pesadas pero los unos con los otros nos dábamos ánimos con blancas mentiras que nos ayudaban a conciliar el sueño.
Con el tiempo, y aprovechando que no había trenes, montamos una serie de batidas para alcanzar las estaciones de la periferia. Nos desplazábamos a tientas de una estación a otra resiguiendo las más que abandonadas vías del metro para luego encontrarnos con familiares y amigos que habían conseguido un coche o algún otro vehículo y tenían la intención de exiliarse. Muchas veces se me ofreció salir con ellos, pero sentía que mi labor estaba allí, bajo los cimientos de la ciudad, ayudando a la gente a escapar. También temía el regreso de los míos y que no me encontraran.
Terminé por conocerme al dedillo el intrincado mapa de líneas que conformaban la telaraña de la red de metro. Los túneles que otrora me acortaban las distancias de casa al trabajo, al gimnasio, a la Filmoteca y a casa de mi primo eran ahora los senderos que permitían a propios y extraños alcanzar el brillante día de mañana. El cansancio se acumulaba como el aire sin ventilar del interior de los túneles, pero nunca desfallecimos en nuestra labor. Tropezamos con innombrables traviesas y nos equivocamos en cientos de cruces, confundimos paradas y andenes, y a pesar de ello siempre vimos claro nuestro objetivo.
Al final todo terminó. Como siempre, no quedó claro quien había ganado y parecía que todos habíamos perdido. La ciudad estaba patas arriba pero poco a poco la gente fue regresando para volverla a reconstruir, así somos los humanos, tenemos la necesidad impetuosa de volver al hogar. También regresó mi familia, algo más flaca y algo más triste.