Autor/a
Nerea
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 años
Centre escolar
Deutsche Schule Colegio Alemán de Barcelona
Un perrito abandonado
Era el día 21 de mayo de 2025, cuando todavía era primavera y hacía muy buen tiempo, pasó algo muy emocionante que nunca olvidaré. Ese día mi madre dijo de ir a las Ramblas de Barcelona, para pasear por allí, ir al puerto y de tiendas. Estábamos esperando en la parada de autobús que está al lado de mi casa, mi madre, mi padre, mi hermano y yo. Llegó y nos subimos. Había mucha gente y no nos pudimos sentar, pero justo a mi lado, había una niña muy bonita que me sonrió y le dije:
¬—Hola, ¿Cómo te llamas? — Y no me contestó— Bueno, si te da vergüenza, no pasa nada.
—Me…me llamo Vicky—dijo la niña.
—Hola, pues yo Nerea—dije yo.
—Tengo 10 años, ¿y tú? —preguntó Vicky.
—¡Yo también! —dije — Sé que es una locura, pero ¿podemos ser amigas durante este rato en el bus?
—No sé, vale—respondió Vicky tímidamente.
De repente, apareció un perrito cachorro, muy pequeñito, de color blanco, con el pelo rizadito y muy mono. Estaba corriendo locamente por el bus. A Vicky y a mí nos daba miedo que lo pisaran y le hicieran daño. Decidimos perseguirlo e íbamos preguntando a la gente para saber de quien era. Primero preguntamos a una abuelita que estaba sentada:
—Perdona, ¿es su perrito el que está corriendo por el autobús? —preguntó Vicky.
—Lo siento, pero no tengo ningún perro —replicó la abuelita.
—Gracias—dije yo.
Fuimos preguntando a toda la gente que había en el autobús. Nadie dijo nada. Nosotras seguíamos persiguiéndolo porque no paraba de correr de un lado a otro. Mis padres y los suyos nos decían:
—Tened cuidado, no molestéis a la gente, si es de alguien el perro, ya lo cogerán cuando les toque bajarse en su parada.
Pero a nosotras nos daba pena, porque lo podía pisar alguien, era demasiado pequeño y con tanta gente, casi no se veía y decidimos seguir persiguiéndolo, pero no lo podíamos alcanzar, porque se metía entre las piernas de la gente. El perrito nos miraba y corría. Tenía ganas de jugar.
—¡Ven aquí, no te vamos a hacer daño! — le dije yo— me sacó la lengua y siguió corriendo.
Mi madre me volvió a decir:
—Déjalo, que será de alguien y no se habrá dado cuenta porque estará despistado viendo el paisaje de la ciudad que se ve desde la ventana.
—Pero…. —murmuré yo, hasta que Vicky me interrumpió.
—Hemos preguntado a toda la gente y no es de nadie, no tiene dueño—dijo Vicky.
—¿Quién es ella? ¿una amiga? —preguntó mi madre.
—Sí— le dije—, va a mi colegio, pero es la primera vez que nos hablamos, pero ya es mi amiga.
Nos quedamos un rato en silencio, en blanco, hasta que a Vicky se le ocurrió una idea:
—¿Hacemos piedra, papel o tijera y quien gane se queda con el perrito?
—Vale—afirmé—. Pero nuestras madres no querrán, aunque sería injusto dejarlo aquí solo, es un cachorro. No podrá sobrevivir sin un dueño.
—¡Venga… piedra, papel o tijera, un, dos, tres! —cantamos las dos.
—¡Ups, gané yo! —grité de alegría. Cogí al perrito que ya estaba a nuestro lado y le dije a Vicky:
—Como me lo quedo yo, te dejo que tú decidas el nombre.
—De acuerdo, me gustaría que se llamara Joy, porque se le ve muy alegre—dijo Vicky.
—Me gusta—le contesté—. Mi madre me ha dicho que solo me lo puedo quedar si al bajarnos en la última parada, nadie lo coge y que teníamos razón, que no lo podíamos dejar abandonado como lo había hecho alguien.
—Pero con una condición—dijo mi madre— tendrás que cuidarlo, darle de comer, sacarlo a pasear y jugar con él, ¿vale?
Cuando llegamos a la última parada, se bajó toda la gente. Lo cogí en mis brazos y lo achuché.
¬—Hola, ¿Cómo te llamas? — Y no me contestó— Bueno, si te da vergüenza, no pasa nada.
—Me…me llamo Vicky—dijo la niña.
—Hola, pues yo Nerea—dije yo.
—Tengo 10 años, ¿y tú? —preguntó Vicky.
—¡Yo también! —dije — Sé que es una locura, pero ¿podemos ser amigas durante este rato en el bus?
—No sé, vale—respondió Vicky tímidamente.
De repente, apareció un perrito cachorro, muy pequeñito, de color blanco, con el pelo rizadito y muy mono. Estaba corriendo locamente por el bus. A Vicky y a mí nos daba miedo que lo pisaran y le hicieran daño. Decidimos perseguirlo e íbamos preguntando a la gente para saber de quien era. Primero preguntamos a una abuelita que estaba sentada:
—Perdona, ¿es su perrito el que está corriendo por el autobús? —preguntó Vicky.
—Lo siento, pero no tengo ningún perro —replicó la abuelita.
—Gracias—dije yo.
Fuimos preguntando a toda la gente que había en el autobús. Nadie dijo nada. Nosotras seguíamos persiguiéndolo porque no paraba de correr de un lado a otro. Mis padres y los suyos nos decían:
—Tened cuidado, no molestéis a la gente, si es de alguien el perro, ya lo cogerán cuando les toque bajarse en su parada.
Pero a nosotras nos daba pena, porque lo podía pisar alguien, era demasiado pequeño y con tanta gente, casi no se veía y decidimos seguir persiguiéndolo, pero no lo podíamos alcanzar, porque se metía entre las piernas de la gente. El perrito nos miraba y corría. Tenía ganas de jugar.
—¡Ven aquí, no te vamos a hacer daño! — le dije yo— me sacó la lengua y siguió corriendo.
Mi madre me volvió a decir:
—Déjalo, que será de alguien y no se habrá dado cuenta porque estará despistado viendo el paisaje de la ciudad que se ve desde la ventana.
—Pero…. —murmuré yo, hasta que Vicky me interrumpió.
—Hemos preguntado a toda la gente y no es de nadie, no tiene dueño—dijo Vicky.
—¿Quién es ella? ¿una amiga? —preguntó mi madre.
—Sí— le dije—, va a mi colegio, pero es la primera vez que nos hablamos, pero ya es mi amiga.
Nos quedamos un rato en silencio, en blanco, hasta que a Vicky se le ocurrió una idea:
—¿Hacemos piedra, papel o tijera y quien gane se queda con el perrito?
—Vale—afirmé—. Pero nuestras madres no querrán, aunque sería injusto dejarlo aquí solo, es un cachorro. No podrá sobrevivir sin un dueño.
—¡Venga… piedra, papel o tijera, un, dos, tres! —cantamos las dos.
—¡Ups, gané yo! —grité de alegría. Cogí al perrito que ya estaba a nuestro lado y le dije a Vicky:
—Como me lo quedo yo, te dejo que tú decidas el nombre.
—De acuerdo, me gustaría que se llamara Joy, porque se le ve muy alegre—dijo Vicky.
—Me gusta—le contesté—. Mi madre me ha dicho que solo me lo puedo quedar si al bajarnos en la última parada, nadie lo coge y que teníamos razón, que no lo podíamos dejar abandonado como lo había hecho alguien.
—Pero con una condición—dijo mi madre— tendrás que cuidarlo, darle de comer, sacarlo a pasear y jugar con él, ¿vale?
Cuando llegamos a la última parada, se bajó toda la gente. Lo cogí en mis brazos y lo achuché.