Autor/a
PIM PAM
Categoria
Relat lliure
Ver, oír y callar
Despierto antes que la ciudad, no hay luces, solo el olor a asfalto frío y aceite que se escapa de mis entrañas, mi motor suspira antes de rugir mientras el viento golpea mi carrocería, las puertas siguen cerradas y los asientos vacíos, pero sé que pronto vendrán, siempre vienen.
Los primeros en llegar son los que caminan rápido, sus pasos suenan cortos y nerviosos, como si el tiempo los empujara desde atrás, suben sin mirarme con la prisa pegada al cuerpo, y a veces me gustaría decirles: «Tranquilo, llegarás, no corras tanto, el mundo no se acaba en la siguiente parada», pero nosotros no hablamos, solo avanzamos.
Delante, el conductor guarda silencio, aprieta el volante más de la cuenta en algunos tramos, y yo noto esa tensión como si también me atravesara, sé cuándo quiere seguir y cuándo preferiría quedarse quieto, aunque nunca lo haga.
Después vienen los soñadores, se sientan junto a la ventana y miran afuera, aunque sé que no están viendo las calles, sino pensando en otras cosas, en amores, en problemas, en futuros que todavía no existen, son mis pasajeros favoritos, y cuando suspiran siento que mi motor late más despacio.
También están los cansados, los reconozco enseguida porque se hunden en mis asientos, como si dejaran en ellos todo el peso del día y yo fuera su refugio. Algunos se duermen y sus cabezas se mueven con cada curva, entonces avanzó con más cuidado, no quiero despertarlos.
A veces suben niños, y ellos sí me miran, recorren los pasillos , tocan mis barras, cuentan mis asientos, preguntan sin palabras, no soy aburrido, no soy costumbre sino descubrimiento, y durante un instante, gracias a ellos, yo tampoco lo soy.
Lo que más me sorprende es que creen que me controlan, que todo en mí es obediencia, un gesto mecánico de frenar, acelerar, girar, no saben que en cada trayecto recojo algo de ellos, que sus risas, sus discusiones y sus silencios no se pierden, se quedan adheridos a mí como el polvo al final del día.
Y por la noche cuando vuelvo al garaje y la ciudad se apaga, no estoy vacío, llevo la huella de cada instante, cada gesto inadvertido, cada lágrima que se creyó invisible, cada sonrisa que nadie notó. Para ellos no solo soy un vehículo más, ni una rutina que se repite, sino más bien un fiel compañero, siempre presente, que los acompaña en su destino.
Los primeros en llegar son los que caminan rápido, sus pasos suenan cortos y nerviosos, como si el tiempo los empujara desde atrás, suben sin mirarme con la prisa pegada al cuerpo, y a veces me gustaría decirles: «Tranquilo, llegarás, no corras tanto, el mundo no se acaba en la siguiente parada», pero nosotros no hablamos, solo avanzamos.
Delante, el conductor guarda silencio, aprieta el volante más de la cuenta en algunos tramos, y yo noto esa tensión como si también me atravesara, sé cuándo quiere seguir y cuándo preferiría quedarse quieto, aunque nunca lo haga.
Después vienen los soñadores, se sientan junto a la ventana y miran afuera, aunque sé que no están viendo las calles, sino pensando en otras cosas, en amores, en problemas, en futuros que todavía no existen, son mis pasajeros favoritos, y cuando suspiran siento que mi motor late más despacio.
También están los cansados, los reconozco enseguida porque se hunden en mis asientos, como si dejaran en ellos todo el peso del día y yo fuera su refugio. Algunos se duermen y sus cabezas se mueven con cada curva, entonces avanzó con más cuidado, no quiero despertarlos.
A veces suben niños, y ellos sí me miran, recorren los pasillos , tocan mis barras, cuentan mis asientos, preguntan sin palabras, no soy aburrido, no soy costumbre sino descubrimiento, y durante un instante, gracias a ellos, yo tampoco lo soy.
Lo que más me sorprende es que creen que me controlan, que todo en mí es obediencia, un gesto mecánico de frenar, acelerar, girar, no saben que en cada trayecto recojo algo de ellos, que sus risas, sus discusiones y sus silencios no se pierden, se quedan adheridos a mí como el polvo al final del día.
Y por la noche cuando vuelvo al garaje y la ciudad se apaga, no estoy vacío, llevo la huella de cada instante, cada gesto inadvertido, cada lágrima que se creyó invisible, cada sonrisa que nadie notó. Para ellos no solo soy un vehículo más, ni una rutina que se repite, sino más bien un fiel compañero, siempre presente, que los acompaña en su destino.