Autor/a
Smile
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Hola, soy yo

Tras el billete de solo ida había escrito un número de teléfono. Lo recogí del suelo y me quedé inmóvil en mitad del cruce de los pasillos subterráneos que unen las diferentes líneas. No sé el tiempo que tardé en decidirme en enviarle un mensaje de texto. Respondió al instante y estuvimos escribiéndonos durante un tiempo, explicándonos nuestra vida en apenas ciento sesenta caracteres y por fascículos. Hasta que un día ella insistió en tener una cita. Me entró el pánico… Quizás fuera la chica tímida que cada mañana se sienta junto a la salida del vagón, o la que llega corriendo con un café en la mano apurando el silbato de cierre de puertas. O quizás ninguna.

Un día dejó de escribir, probablemente cansada de mis excusas. La cuestión es que pasó el tiempo y olvidé el tema. Aunque he de reconocer que por un arrebato de orgullo cambié mi número de teléfono.

Yo seguía trabajando en la misma oficina. Cogía el mismo tren, el mismo metro y me quedaba parado mirando el suelo en el mismo cruce en busca del billete de vuelta, solo unos segundos, casi imperceptible para los demás. Pero nada. Incluso maldije mi orgullo. Hasta que Lucía se chocó conmigo y derramó todo su café sobre mi americana. Era la chica que siempre apuraba el silbato.

Enamorarme de ella fue tan fácil. Me explicó que la habían despedido por llegar siempre tarde. Que no podía remediarlo porque creía que era algo genético. Que de todas formas aquel no era el trabajo de su vida. Que incluso le habían quitado el móvil porque era de empresa. Que ella quería ser escritora, que se le había ocurrido una idea para una novela. Y que le parecía la historia de amor más bonita que podía imaginar y también la más triste.

Nos trasladamos a vivir a una ciudad entre la suya y la mía, para que ninguno se sintiera del todo extranjero. Ella decidió dejar de viajar a la capital y buscar trabajo en su nueva vida. Yo seguí con mis trayectos en tren y metro y, aunque en alguna ocasión recordaba el billete de ida, enseguida pensaba en Lucía y en la suerte que había tenido.

Lucía creó un espacio propio e íntimo en un rincón de nuestro piso donde escribía todas las horas que tenía de soledad, hasta que nació nuestro primer hijo. Pero aún y así, cuando él dormía ella seguía siendo la escritora que siempre había soñado. Nuestra hija llegó con su bloqueo creativo, o al revés, nunca lo supimos. La cuestión es que me decía que no sabía cómo terminar la historia, que tenía dos finales, uno feliz y el otro… según se mirara. Le pedí poder leer el borrador, para ayudarla, y cuando lo acabé le dije que yo tampoco me veía capaz de decidirme por uno. Mentí.

Por fin concluyó su obra y tras varios intentos llegó el ansiado contrato para su publicación. La crítica alabó su prosa para sacarnos de lo cotidiano con una historia tan sencilla pero a la vez extraordinaria. Que hacía soñar con el amor verdadero incluso cuando este no existe o se descubre como un impostor.

Un día de primavera, al despertarme, desayuné como cada mañana, me duché, me vestí y salí por la puerta en silencio. Todo igual, como siempre, si no fuera porque en una de mis manos llevaba una maleta y en la almohada había dejado un sobre para ella con el billete de solo ida.