Autor/a
Carmela
Categoria
Relat lliure
10 pesetas
Aún recuerdo la primera vez que vi el mar. Acababa de cumplir 17 años y venia de un pequeño pueblo situado en la cara norte de Sierra Nevada. La quinta hija de una familia numerosa, como era habitual en los años 50 en Andalucía, crecí protegida por un entorno, donde familia y vecinos se entrelazaban formando parte de un todo con nuestros congéneres. Recuerdo una infancia vivida, alborotada, con carreras alrededor de la fuente de la plaza, donde, si ciertamente, había las carencias típicas de la época, no faltan los recuerdos alegres, y pese a tener que ayudar a mi madre en los quehaceres de una casa llena de gente y juegos, o heredar la ropa de mis hermanos, incluso con algún remiendo que otro, un pellizco se instaló en mi estomago el día que con las piernas temblorosas, me puse delante de mi padre para decirle que quería irme a trabajar a Barcelona como mis hermanos.
Esa desazón duró varias semanas. Parecía que nada podía apaciguar la intranquilidad que se instauro en mi desde esa tarde. Ni la respuesta afirmativa que me dio, ni cuando hacía la maleta, ni cuando llegué a Barcelona o encontré trabajo. Nada podía calmar la inquietud que me abrumaba.
Cuando llegué el primer día a la oficina, gratamente me sentí algo más reconfortada. Uno de mis hermanos, Manuel, el mayor, me buscó faena respondiendo las cartas que escribían los clientes. Estaba rodeada de chicas, que, como yo, victimas del éxodo rural, se sentían desubicadas y algo abrumadas por la situación. Allí conocí a la que a día de hoy sigue siendo mi mejor amiga, Carmela, venida de un pueblo de Valencia, y quien me presentó a su hermano, y el que acabo siendo mi marido, Antonio. Mi Antonio.
Todo parecía estar asentándose. Vivía en una casa alquilada con mis 3 hermanos, tenía un trabajo que me gustaba, había creado mi pequeño circulo social, y tenía a mi Antonio. Pero algo me seguía angustiando. Muy levemente, pero ahí seguía.
Llevaba un par de meses, o quizá ya eran tres, cuando Carmela y un par de chicas más de la oficina me dijeron que se iban a la playa. Carmela insistió en que las acompañara. Se notaba que llevaba más tiempo que yo en la ciudad. Se desenvolvía mejor. Y como no podía ser de otra manera, traía un bañador y toalla para mí. Siempre me sentí muy afortunada por haberla encontrado en mi camino.
Como mi casa estaba cerca del trabajo, hasta ese día, me había desplazado a pie. Pero ese día, que siempre recordare, no sé por qué, que era jueves, me monte por primera vez en metro.
El billete sencillo para ir a la Barceloneta, me costó aquella tarde de 1978 10 pesetas, sin saber que ese era el precio de, finalmente, encontrarme a mí misma. Porque fue cuando vi el mar, con el sol en la cara y oler su aroma a sal, cuando supe que ese era mi sitio. Fue como si todo se acomodara. Estaba en el lugar correcto. Aquí debía quedarme.
Y así lo hice. Me casé con mi Antonio. Nos compramos nuestra pequeña casita. Tuvimos 2 hijos maravillosos, que nos hicieron disfrutar de cada una de las etapas de la vida. Ciertamente, tuvimos algunos apuros, como cuando mi marido perdió el trabajo, o fallecieron nuestros padres. Golpes duros, qué gracias al apoyo del otro, pudimos superar. Pero es ahora, jubilada, viuda y con algún que otro achaque, cuando miro hacia atrás, que veo la gran vida que he tenido, y por qué no, lo mucho que me queda por disfrutar.
Sin ir más lejos, hoy me encuentro sentada en el andén de la línea 4, con mis 2 nietas, esperando el metro para llevarlas a la Barceloneta...
Esa desazón duró varias semanas. Parecía que nada podía apaciguar la intranquilidad que se instauro en mi desde esa tarde. Ni la respuesta afirmativa que me dio, ni cuando hacía la maleta, ni cuando llegué a Barcelona o encontré trabajo. Nada podía calmar la inquietud que me abrumaba.
Cuando llegué el primer día a la oficina, gratamente me sentí algo más reconfortada. Uno de mis hermanos, Manuel, el mayor, me buscó faena respondiendo las cartas que escribían los clientes. Estaba rodeada de chicas, que, como yo, victimas del éxodo rural, se sentían desubicadas y algo abrumadas por la situación. Allí conocí a la que a día de hoy sigue siendo mi mejor amiga, Carmela, venida de un pueblo de Valencia, y quien me presentó a su hermano, y el que acabo siendo mi marido, Antonio. Mi Antonio.
Todo parecía estar asentándose. Vivía en una casa alquilada con mis 3 hermanos, tenía un trabajo que me gustaba, había creado mi pequeño circulo social, y tenía a mi Antonio. Pero algo me seguía angustiando. Muy levemente, pero ahí seguía.
Llevaba un par de meses, o quizá ya eran tres, cuando Carmela y un par de chicas más de la oficina me dijeron que se iban a la playa. Carmela insistió en que las acompañara. Se notaba que llevaba más tiempo que yo en la ciudad. Se desenvolvía mejor. Y como no podía ser de otra manera, traía un bañador y toalla para mí. Siempre me sentí muy afortunada por haberla encontrado en mi camino.
Como mi casa estaba cerca del trabajo, hasta ese día, me había desplazado a pie. Pero ese día, que siempre recordare, no sé por qué, que era jueves, me monte por primera vez en metro.
El billete sencillo para ir a la Barceloneta, me costó aquella tarde de 1978 10 pesetas, sin saber que ese era el precio de, finalmente, encontrarme a mí misma. Porque fue cuando vi el mar, con el sol en la cara y oler su aroma a sal, cuando supe que ese era mi sitio. Fue como si todo se acomodara. Estaba en el lugar correcto. Aquí debía quedarme.
Y así lo hice. Me casé con mi Antonio. Nos compramos nuestra pequeña casita. Tuvimos 2 hijos maravillosos, que nos hicieron disfrutar de cada una de las etapas de la vida. Ciertamente, tuvimos algunos apuros, como cuando mi marido perdió el trabajo, o fallecieron nuestros padres. Golpes duros, qué gracias al apoyo del otro, pudimos superar. Pero es ahora, jubilada, viuda y con algún que otro achaque, cuando miro hacia atrás, que veo la gran vida que he tenido, y por qué no, lo mucho que me queda por disfrutar.
Sin ir más lejos, hoy me encuentro sentada en el andén de la línea 4, con mis 2 nietas, esperando el metro para llevarlas a la Barceloneta...