Autor/a
María Rodríguez Escribe
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El asiento vacío

Para quienes toman el mismo autobús a la misma hora, existe una serie de reglas no escritas: una jerarquía y orden de entrada, así como una silenciosa asignación de los asientos. Seguirlas te convierte en parte de la tribu.

Cada madrugada, antes de que la ciudad tome su pulso, cuando las persianas metálicas de las cafeterías apenas comienzan a levantarse, me encontraba con mi tribu. Un saludo de cabeza bastaba. Respetábamos el orden de llegada para ocupar nuestros lugares. Si un recién llegado, por ignorancia, alteraba el ritual, nadie le recriminaba. Intercambiábamos miradas gélidas, empañadas como las ventanas.

La ciudad se desperezaba a nuestro paso: escolares con mochilas cedían su lugar a los turistas frente a la Sagrada Família; los adornos navideños se mecían por el frío de enero. Carteles de teatro, exposiciones y festivales flotando en un cielo entrecortado por las ramas. Avanzábamos al ritmo de semáforos y paradas solicitadas, como un latido mecánico, un engranaje que marcaba el paso de los días.

Mi sitio preferido, junto al pasillo. Desde allí, el vaivén de los viajeros de pie rara vez me molestaba. Al principio, lo elegí por comodidad, con esa satisfacción de pertenecer a un lugar. Allí podía sumergirme en las páginas de un libro, como una burbuja que me protegía del mundo exterior.

Pero estabas tú.
Con la cabeza ladeada contra el cristal, los brazos cruzados sobre el pecho, en esa rendición que solo permite la somnolencia de las seis de la mañana. En tu parada, despertabas —como si una alarma interna te avisara— y me pedías, con un «gracias» susurrado, que despejara el paso. Yo sostenía mi carpeta universitaria; te cedía el espacio, ocupaba tu lugar en la ventana y seguía con mi ávida lectura.

La rutina se instaló sin pedir permiso. Subir. Validar. Avistar el asiento. Sentarme a tu lado. Leía menos y te observaba más. Un secreto que crecía. Mi cuerpo se tensaba antes de que despertaras, antes de tu «gracias» y aquel cruce de miradas. Después apoyaba la cabeza donde la tuya había estado y te seguía con la mirada, preguntándome: ¿en qué trabajas?
La inquietud echaba raíces. Me enfadaba si perdía el autobús. Me impacientaba tu ausencia. Si alguien se sentaba en mi lugar, me enfurecía. Subir. Validar. Sentarme. Mi corazón, traidor, latía tan fuerte que temía que lo escucharas. El roce sutil de tu abrigo de paño. El libro que nunca pasaba de la misma página. Un día, dejarías de fingir el sueño. Yo seguiría soñando, mientras las calles desfilaban: Padilla, Nápoles, Paseo Verdaguer…

Hoy coincidimos. Sin rutina. La tuya. La mía. El autobús, casi vacío a media mañana. Entré, validé, me senté a tu lado. El sol de junio entraba a raudales y el aire, cálido, casi sofocante, nos atrapaba. El rumor de las calles desaparecía. Las voces de los pasajeros. La radio del conductor. Quedábamos nosotros: tú, junto a la ventana; yo, al pasillo.

Tu pierna abandonó su peso, rozando la mía. No abrí el libro. Tus delgados dedos se entrecruzaron. Un pulgar acarició al otro.

¿Fingías dormir para espiarme?
¿Detestabas, como yo, los días festivos en que no nos veíamos?

Sin medir palabra, nuestras piernas dejaron de rozarse. Yo me bajé antes. Mi última clase. Caminé por la calle sin mirar atrás.
Se quedó el asiento vacío.