Autor/a
Los vientos de Fabra i Puig
Categoria
Relat lliure
Wilma456
Cuando llegué a la parada, la ciudad parecía estar en pausa. El sol caía entre los edificios, marcando el atardecer lentamente. Solo éramos yo y un viejo rumor que se colaba entre los carteles de publicidad, un murmullo que parecía repetirse con cada respiración del asfalto.
Me senté en el banco, sintiendo una incomodidad que recorría mi piel. La luz de la tarde caía minuto a minuto, sin pausa, y las sombras se estiraban sobre la acera como dedos que buscaban sujetarme. Algo me observaba; un picor en la nuca lo delataba. Giré la cabeza: nada. Solo la marquesina vacía y un viento áspero, frío, con olor a metal oxidado.
Mantenía los ojos fijos en la Meridiana, esperando ver el V29, el autobús que me llevaría a casa. No hubo sonido, ni rastro del vehículo que supuestamente llegaba inminente. Solo un movimiento extraño del aire, como si la ciudad se hubiera olvidado de su propia existencia. Entonces la vi: una figura de espaldas, rígida, envuelta en una capa negra que absorbía todo color. No tenía rasgos visibles, pero sentí su mirada penetrante.
Mis pies no respondían. Intenté levantarme, pero era como caer en arenas movedizas, consciente del final. La figura avanzaba lentamente, y cada paso parecía alargar los minutos, transformando el aire en algo denso, casi tóxico.
Un murmullo rozó mi nuca: palabras incomprensibles, susurros que repetían mi nombre. Y, en un instante, todo cambió: los edificios se curvaron, la luz desapareció, la gente se desvaneció como humo. Solo quedábamos ella y yo, en un espacio que ya no era la ciudad, sino un vacío silencioso.
Quise gritar, pero el sonido se perdió entre los ladrillos, entre el eco de un tiempo que no reconocía. La sombra levantó una mano, y sentí un frío que me atravesaba los huesos, un frío que decía que algunos lugares no son para los vivos, que algunas paradas existen solo para quienes se pierden.
Cuando desperté, el reloj marcaba la hora exacta en que llegué. La parada estaba llena otra vez: anuncios, risas, gente apresurada. Nadie parecía notar nada. Pero yo sabía que, detrás de la marquesina, la sombra seguía esperando. Y cada vez que paso por Fabra i Puig, no puedo evitar mirar un poco más, temiendo encontrarla.
Me senté en el banco, sintiendo una incomodidad que recorría mi piel. La luz de la tarde caía minuto a minuto, sin pausa, y las sombras se estiraban sobre la acera como dedos que buscaban sujetarme. Algo me observaba; un picor en la nuca lo delataba. Giré la cabeza: nada. Solo la marquesina vacía y un viento áspero, frío, con olor a metal oxidado.
Mantenía los ojos fijos en la Meridiana, esperando ver el V29, el autobús que me llevaría a casa. No hubo sonido, ni rastro del vehículo que supuestamente llegaba inminente. Solo un movimiento extraño del aire, como si la ciudad se hubiera olvidado de su propia existencia. Entonces la vi: una figura de espaldas, rígida, envuelta en una capa negra que absorbía todo color. No tenía rasgos visibles, pero sentí su mirada penetrante.
Mis pies no respondían. Intenté levantarme, pero era como caer en arenas movedizas, consciente del final. La figura avanzaba lentamente, y cada paso parecía alargar los minutos, transformando el aire en algo denso, casi tóxico.
Un murmullo rozó mi nuca: palabras incomprensibles, susurros que repetían mi nombre. Y, en un instante, todo cambió: los edificios se curvaron, la luz desapareció, la gente se desvaneció como humo. Solo quedábamos ella y yo, en un espacio que ya no era la ciudad, sino un vacío silencioso.
Quise gritar, pero el sonido se perdió entre los ladrillos, entre el eco de un tiempo que no reconocía. La sombra levantó una mano, y sentí un frío que me atravesaba los huesos, un frío que decía que algunos lugares no son para los vivos, que algunas paradas existen solo para quienes se pierden.
Cuando desperté, el reloj marcaba la hora exacta en que llegué. La parada estaba llena otra vez: anuncios, risas, gente apresurada. Nadie parecía notar nada. Pero yo sabía que, detrás de la marquesina, la sombra seguía esperando. Y cada vez que paso por Fabra i Puig, no puedo evitar mirar un poco más, temiendo encontrarla.