Autor/a
Si_ra
Categoria
Relat lliure
Confluencias
El funicular asciende abriéndose paso lentamente por la cicatriz de la montaña. La ciudad se va desvelando, mostrándose capa a capa, paciente. A través del cristal, Barcelona se abre en la pendiente: tejados superpuestos y calles que se enredan entre el verde y el gris del asfalto y confluyen en la línea de mar celeste trazada al fondo. El paisaje trae una ilusión de quietud, a pesar de estar envuelta en una cadencia constante. Apenas nadie mira, o no del todo, como si el paisaje hubiera sido ya de alguna forma digerido por la costumbre y cierta sensación de inercia.
Un anciano sí mira, de pie junto a la ventana, apoyado en su bastón, siguiendo el ascenso con una atención lenta, como si cada metro recorrido adquiriera un peso con distinta densidad y textura. Mastica un “antes subía andando, ¡cómo ha cambiado todo!”. A su lado, un joven observa su reflejo y luego, casi sin darse cuenta de la cadena de microconexiones casi imperceptibles de la secuencia, su mirada viaja hacia la ciudad y de allí se posa en los ojos vivísimos y claros del anciano. El joven dibuja en su rostro una sonrisa leve pero sincera. El silencio que queda entre ambos no incomoda sino que acerca, sostiene y cobija.
Una voz recorre el vagón para anunciar algo en varias lenguas (algunas coinciden con las que articulan ciertos pasajeros) y el funicular reduce la velocidad sin llegar a detenerse. Ya en el tramo central, el vagón que desciende aparece en sentido contrario y se acerca lenta y prudentemente, con exquisito equilibrio de funambulista, hasta quedar ambas a la misma altura. Las cabinas permanecen un suspiro así, cual paralelos suspendidos guiñándose los ojos seductoramente en mitad de la montaña mágica. Algunas personas -ora de aquí, ora de allá- se miran distraídamente, sin verse del todo, compartiendo y entrecruzando ese efímero instante de conexión antes de que se esfume para siempre, jugando al baile fortuito y socarrón del espacio-tiempo.
Alguien al otro lado sostiene la mirada un segundo más, pero también ese cruce mínimo se desvanece. El funicular reanuda la marcha. Dentro, todo parece intacto. Sin embargo, algo de ese instante anuda y estira y alarga hasta el infinito el hilo invisible que de alguna forma ha unido ambos vagones irremediablemente.
El anciano sigue observando a su alrededor.
El joven también. Pero ahora ya no mira su propio reflejo. Ahora su mirada se ha quedado atrapada persiguiendo la estela de ese rostro que ahora está fijo en él, iluminado y radiante y desconcertado, casi tanto como él mismo, y desciende a través de la cabina, envuelto en un suave balanceo hacia las verde-gris-azuladas capas de la ciudad.
Un anciano sí mira, de pie junto a la ventana, apoyado en su bastón, siguiendo el ascenso con una atención lenta, como si cada metro recorrido adquiriera un peso con distinta densidad y textura. Mastica un “antes subía andando, ¡cómo ha cambiado todo!”. A su lado, un joven observa su reflejo y luego, casi sin darse cuenta de la cadena de microconexiones casi imperceptibles de la secuencia, su mirada viaja hacia la ciudad y de allí se posa en los ojos vivísimos y claros del anciano. El joven dibuja en su rostro una sonrisa leve pero sincera. El silencio que queda entre ambos no incomoda sino que acerca, sostiene y cobija.
Una voz recorre el vagón para anunciar algo en varias lenguas (algunas coinciden con las que articulan ciertos pasajeros) y el funicular reduce la velocidad sin llegar a detenerse. Ya en el tramo central, el vagón que desciende aparece en sentido contrario y se acerca lenta y prudentemente, con exquisito equilibrio de funambulista, hasta quedar ambas a la misma altura. Las cabinas permanecen un suspiro así, cual paralelos suspendidos guiñándose los ojos seductoramente en mitad de la montaña mágica. Algunas personas -ora de aquí, ora de allá- se miran distraídamente, sin verse del todo, compartiendo y entrecruzando ese efímero instante de conexión antes de que se esfume para siempre, jugando al baile fortuito y socarrón del espacio-tiempo.
Alguien al otro lado sostiene la mirada un segundo más, pero también ese cruce mínimo se desvanece. El funicular reanuda la marcha. Dentro, todo parece intacto. Sin embargo, algo de ese instante anuda y estira y alarga hasta el infinito el hilo invisible que de alguna forma ha unido ambos vagones irremediablemente.
El anciano sigue observando a su alrededor.
El joven también. Pero ahora ya no mira su propio reflejo. Ahora su mirada se ha quedado atrapada persiguiendo la estela de ese rostro que ahora está fijo en él, iluminado y radiante y desconcertado, casi tanto como él mismo, y desciende a través de la cabina, envuelto en un suave balanceo hacia las verde-gris-azuladas capas de la ciudad.