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Sonder
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Última parada: nosotras

Hay trayectos que no se hacen para llegar a ningún sitio. Se hacen para reunir el valor que falta.

Bajo las escaleras de Hospital de Bellvitge despacio, rozando la barandilla fría. Han pasado años y, aun así, hay cosas que no cambian. Como este nudo en el pecho.

La L1 entra en la estación con su estruendo familiar. Las puertas se abren y subo sin pensarlo demasiado. Si lo pienso, no lo hago.

Me siento frente al cristal. Frente a mí misma. Durante un segundo, mi reflejo se superpone con la oscuridad del túnel. No sé muy bien cuál de las dos soy.

El tren arranca.

Recuerdo la primera vez que te vi. No fue aquí, pero sí en un vagón como este. Yo miraba el móvil sin mirar nada y tú estabas apoyada en la puerta, con esa forma tuya de ocupar el espacio sin pedir permiso. No hablamos. Pero, de algún modo, empezó todo.

En algún punto dejamos de ser dos desconocidas. Fue lento, torpe, lleno de silencios largos. Nos quedamos hasta el final de la línea solo para no despedirnos, fingiendo que no pasaba nada cuando en realidad todo estaba pasando.

Y luego vino lo inevitable: ponerle nombre. Y con el nombre, el peso.

Lo nuestro dejó de ser solo nuestro. Y empezó a doler.

El tren se llena y se vacía. Nadie se queda.

Pienso en todas las veces que nosotras sí lo hicimos. Cuando era más fácil irse. Cuando nos dijeron, sin decirlo del todo, que quizá sería mejor si… Y ese “si” que nunca terminaban, pero que se quedaba flotando entre nosotras.

Nos cansamos. De explicar. De defender.

Hubo noches en las que pensé que no podríamos. Que el amor, a veces, no basta.
Pero luego estabas tú. Esperándome en el mismo andén, sonriendo como si nada más importara. Y todo volvía a su sitio, aunque el mundo siguiera torcido.

El metro avanza. Ya no estoy recordando. Estoy despidiéndome de todo lo que hemos sido hasta ahora.

Mi reflejo vuelve a aparecer en el cristal. Esta vez no aparto la mirada. No estoy dudando.

Cuando el metro entra en Fondo, todo se vuelve más lento. Las puertas se abren. No se siente como un final. Se siente como un salto.

Salgo al andén. Y entonces te veo.

Te acercas. Sonríes. Y en esa sonrisa están todas las veces que dudamos, todas las veces que nos quedamos.

No digo nada al principio. Solo cuando estoy lo suficientemente cerca, dejo de pensar.

- ¿Y si dejamos de sobrevivir… y empezamos a quedarnos de verdad?

Esta vez no hay dudas. Solo un anillo temblando entre mis dedos.

No hace falta explicar más.

Porque hay trayectos que no se hacen para llegar a ningún sitio. Se hacen para elegir a quién quieres a tu lado cuando el tren se detiene.

Y esta vez, sé que no hay ninguna estación a la que quiera ir sin ti.