Autor/a
Casual Breath
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Rocafort

Rocafort. De nuevo me volvía a pasar esa parada. No sé cuantas veces habían sido ya esa semana, ese mes. Cuantas otras intentaba darme otra oportunidad sin conseguirlo. Incluso los días en que sentía que por fin sería capaz, pero acaba viendo como el nombre de la estación se difuminaba delante de mí, rumbo a la siguiente estación.

Suspiré, mientras mis hombros se hundían un poco más. Aquel día tampoco había podido bajarme en aquella parada. Me bajaría en la siguiente, como llevaba haciendo desde hace cuatro meses, e iría andando a casa.

Apoyé la frente contra el cristal, resignada. Levanté la mirada y me reflejo me devolvió una versión de mí que no conseguía reconocer. Las ojeras demacraban mi rostro, con unos pómulos demasiado marcados por todo el peso que había perdido en ese tiempo, y una palidez que no se podía calificar como un tono de piel sano. A mi alrededor, el vagón seguía su propio ritmo indiferente: el traqueteo constante, conversaciones a medias, miradas perdidas en los teléfonos. Todo avanzaba. Menos yo.

El metro fue reduciendo su velocidad y, ahí estaba la siguiente, Urgell. En el momento en que las puertas se abrieron, por inercia, como si mi cuerpo supiera el camino mejor que yo, empecé a salir del vagón. Pero justo en ese momento, me detuve. Dudé. Un segundo. Dos. Y no salí.

Las puertas se cerraron.

El metro volvió a arrancar y me quedé dentro, con una sensación extraña. Me senté sin saber muy bien por qué, con la mirada perdida. Fue entonces cuando la vi. Una mujer mayor, con las manos entrelazadas sobre el bolso, me observaba con una calma extraña. Cuando nuestras miradas se cruzaron, me dedicó una leve sonrisa. No dijo nada, no hacía falta. En ese gesto había algo sencillo, casi cotidiano, y aun así, suficiente.

Aparté la vista, pero esa sensación se quedó conmigo. Como si, por un instante, alguien por fin me hubiese entendido.

El metro llegó a Universitat. Sin pensarlo, con una nueva determinación que no conocía, me bajé. No para salir a la calle, sino para cambiar de andén. El siguiente tren llegó casi vacío. Me quedé de pie delante de las puertas, casi sin pestañear, los nudillos estaban blancos de la intensidad con la que estaba agarrando la barra, un sudor frío empezó a descender por mi columna.

Llegamos a Urgell pero, esta vez, no me bajé. El metro siguió su trayecto. Rocafort se acercaba y, con ello, esa presión tan familiar en el pecho, como si algo tirara de mí hacía atrás impidiéndome avanzar. Pero, esta vez había algo distinto, más ligero, como si ese peso no hubiera desaparecido, pero ya no mandara sobre mí.

Las puertas se abrieron. Esta vez, no dudé. Y por primera vez en meses, salí.

A mi espalda, el metro continuó su camino, perdiéndose en la distancia. Todo seguía igual: el andén casi vacío apenas vibraba con el eco de los pasos, la luz fluorescente caía en franjas sobre el suelo, y el murmullo lejano de las voces se mezclaba con el traqueteo metálico que aún resonaba en el aire. Nada había cambiado… excepto que esta vez yo no estaba huyendo.

Respiré hondo, dejando que cada sonido, cada reflejo se filtrara dentro de mí. En ese momento, entendí que no hacía falta estar preparada, solo hacía falta dejar de pasar de largo.