Autor/a
Andana 0
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Última parada: yo

El sol descendía paulatinamente entre las siluetas de la ciudad, dejando entrever una imagen que solo los ojos más sabios podían apreciar. La luz no caía, se deshacía en capas de ámbar y ceniza, como si el día se quitara el vestido sigilosamente. Las hojas se desvanecían con el viento, dejando así árboles que susurraban al son de la desnudez.

Bajo el trazado geométrico del Eixample, otra Barcelona se dibujaba.

En la penumbra del túnel, las luces parpadeantes señalaban la llegada del metro, un susurro de acero avanzaba como un río de sombras. Ella entró, con un cuaderno desgastado en la mano y un corazón que latía al ritmo de los rieles. Y mientras la multitud de individuos avanzaba por las puertas ya abiertas del vagón, ella se sentó. Fue entonces cuando abrió el cuaderno y empezó a escribir lo que sus verdes ojos capturaban.

A su derecha, una niña balanceaba las piernas sin que los pies tocaran el suelo. Sus ojos brillaban como estrellas cautivas, mientras un universo de historias emergía de su ser. La chica del cuaderno la observó un instante y dejó que la negra tinta se deslizara lentamente sobre el papel. La niña seguía balanceando las piernas. El movimiento era suave, casi hipnótico. Sus zapatos rozaban apenas el borde del asiento, y el leve vaivén parecía marcar un ritmo que solo ella escuchaba.

Delante suyo, un hombre de rostro cansado con la mirada perdida en el horizonte. Sus sienes se vestían de gris, y en la forma en que sostenía el maletín, se adivinaban las historias no contadas, las batallas ganadas y perdidas en ese juego incesante de supervivencia. A veces, parecía que sus pensamientos se trenzaban con las luces dinámicas del trayecto, transformándose en un reflejo de sueños marchitos.

El metro se detuvo en una estación, las puertas se abrieron como alas, y todos los cuerpos se desprendieron. Las historias fluían como un torrente, las vidas se entrelazaban, se cruzaban en un vaivén cotidiano, cada rostro un poema inacabado, cada mirada un verso suspendido en el aire.

Levantó la vista.

La niña ya no estaba. El hombre tampoco.

Solo quedaban otras caras, otros cuerpos, otras historias que empezaban y terminaban sin dejar rastro.

Miró a su alrededor. Por un segundo, tuvo la sensación de que, si desaparecía allí mismo, nadie lo notaría. Nadie la miraría.

Entonces lo entendió. No escribía para recordar a los demás. Escribía para asegurarse de que, al menos en esas páginas, alguien la veía. Para no disolverse en ese flujo interminable de vidas que se cruzaban sin tocarse. Para no olvidarse de sí misma.

El metro siguió avanzando.

Y, mientras sus dedos se aferraban al cuaderno cerrado, tuvo la certeza de que, mientras siguiera escribiendo, seguiría existiendo.