Autor/a
Lavrinenko
Categoria
Relat lliure
El último tren
Al final de esta historia él se muere. No es una historia divertida, es una historia de amor.
La primera vez, él corría detrás de ella y ella corría delante de él porque perdía el último metro y porque pensaba que el chaval que la perseguía le quería robar.
Ella subió en el último metro. Él solo tuvo tiempo de lanzarle el monedero que se le había caído a la chica antes de que se cerraran las puertas. El monedero se quedó dentro y él se quedó fuera.
Ella se quedó con cara de idiota porque pensaba que le querían robar la cartera… y lo que le robó aquel chico de ojos verdes fue el alma. Él se quedó solo, con su perfume en el aire. No se olvidaron el uno del otro, nunca.
Aquel año coincidieron todos los días en el mismo metro. No se vieron ni una sola vez: ella, sin despertar del todo, de camino a su trabajo en el hospital, y él pegado a sus apuntes de Derecho, cada uno en un vagón.
Un año después, él encontró trabajo en la misma universidad. Mismo tren, misma hora, de lunes a viernes. No se vieron ni un día.
Él se casó, se separó y no volvió a verla hasta unos años después. Él subía con su hijo en el teleférico de Montjuïc. Ella bajaba en otra cabina con su prometido, que en plena bajada al mundo real se arrodilló y le presentó un anillo. Él no la reconoció, pero al cruzarse con tan empalagosa escena sintió una punzada en el corazón.
Por azares del destino, coincidían siempre en el metro. Él subía por una puerta, ella bajaba por otro vagón. Ella levantaba la vista del libro; él se perdía haciendo scroll en el móvil. Él sentía su perfume en el ambiente… y, cuando se giraba, ella se acababa de bajar. Se intuían, se sentían, se percibían… y nunca se encontraban…
Cuando ella cambió de hospital y empezó en una clínica de adicciones, él salía por otra puerta después de haber vencido a las drogas por segunda vez…
Cuando él fichó como abogado especializado en divorcios, ella firmaba el suyo en el despacho de al lado.
¿Estadística? ¿Destino? Ya entrando en los cincuenta, se encontraron en el mismo vagón.
A ella se le cayó el monedero. Él lo recogió.
Él sonrió y la miró a los ojos. Ella olía muy bien, pero no era el mismo aroma. No iban a pensar ustedes que iba a utilizar el mismo perfume durante treinta años. Ella no llevaba las gafas. Él intentó decirle que tenía la sensación de conocerla de algo. Ella, sin ganas de relacionarse más que con la pantalla de su móvil, le sonrió, le dio las gracias, se puso los auriculares y le ignoró.
Él se sintió idiota, se dio la vuelta y salió del vagón en el último momento.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que todavía tenía el monedero en la mano. Se giró y se lo lanzó antes de que se cerraran las puertas.
Y lo recordaron todo. Todas las veces que se habían cruzado en el metro. Su perfume. Su mirada.
Y se dieron cuenta de que él era él y ella era ella.
Él puso la mano en el cristal de la puerta. Ella puso la mano al otro lado. Se miraron como idiotas, con las bocas temblorosas. No dio tiempo para más.
Él perdió el tren. Ella también.
Ella decidió volver cada día a esa estación.
Él murió aquella noche. Le tocó, dijo el doctor. Un infarto… con el corazón roto. No digan que no les avisé.
Ella se pasó meses buscándolo… hasta que volvió a perderse en la pantalla de su móvil, dando likes a frases motivadoras sobre aprovechar el tiempo y vivir la vida, esperando a que su oportunidad volviera a entrar por la puerta del vagón de metro.
¿Y usted?
¿También ha perdido su tren?
No se preocupe.
En tres minutos viene otro.
La primera vez, él corría detrás de ella y ella corría delante de él porque perdía el último metro y porque pensaba que el chaval que la perseguía le quería robar.
Ella subió en el último metro. Él solo tuvo tiempo de lanzarle el monedero que se le había caído a la chica antes de que se cerraran las puertas. El monedero se quedó dentro y él se quedó fuera.
Ella se quedó con cara de idiota porque pensaba que le querían robar la cartera… y lo que le robó aquel chico de ojos verdes fue el alma. Él se quedó solo, con su perfume en el aire. No se olvidaron el uno del otro, nunca.
Aquel año coincidieron todos los días en el mismo metro. No se vieron ni una sola vez: ella, sin despertar del todo, de camino a su trabajo en el hospital, y él pegado a sus apuntes de Derecho, cada uno en un vagón.
Un año después, él encontró trabajo en la misma universidad. Mismo tren, misma hora, de lunes a viernes. No se vieron ni un día.
Él se casó, se separó y no volvió a verla hasta unos años después. Él subía con su hijo en el teleférico de Montjuïc. Ella bajaba en otra cabina con su prometido, que en plena bajada al mundo real se arrodilló y le presentó un anillo. Él no la reconoció, pero al cruzarse con tan empalagosa escena sintió una punzada en el corazón.
Por azares del destino, coincidían siempre en el metro. Él subía por una puerta, ella bajaba por otro vagón. Ella levantaba la vista del libro; él se perdía haciendo scroll en el móvil. Él sentía su perfume en el ambiente… y, cuando se giraba, ella se acababa de bajar. Se intuían, se sentían, se percibían… y nunca se encontraban…
Cuando ella cambió de hospital y empezó en una clínica de adicciones, él salía por otra puerta después de haber vencido a las drogas por segunda vez…
Cuando él fichó como abogado especializado en divorcios, ella firmaba el suyo en el despacho de al lado.
¿Estadística? ¿Destino? Ya entrando en los cincuenta, se encontraron en el mismo vagón.
A ella se le cayó el monedero. Él lo recogió.
Él sonrió y la miró a los ojos. Ella olía muy bien, pero no era el mismo aroma. No iban a pensar ustedes que iba a utilizar el mismo perfume durante treinta años. Ella no llevaba las gafas. Él intentó decirle que tenía la sensación de conocerla de algo. Ella, sin ganas de relacionarse más que con la pantalla de su móvil, le sonrió, le dio las gracias, se puso los auriculares y le ignoró.
Él se sintió idiota, se dio la vuelta y salió del vagón en el último momento.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que todavía tenía el monedero en la mano. Se giró y se lo lanzó antes de que se cerraran las puertas.
Y lo recordaron todo. Todas las veces que se habían cruzado en el metro. Su perfume. Su mirada.
Y se dieron cuenta de que él era él y ella era ella.
Él puso la mano en el cristal de la puerta. Ella puso la mano al otro lado. Se miraron como idiotas, con las bocas temblorosas. No dio tiempo para más.
Él perdió el tren. Ella también.
Ella decidió volver cada día a esa estación.
Él murió aquella noche. Le tocó, dijo el doctor. Un infarto… con el corazón roto. No digan que no les avisé.
Ella se pasó meses buscándolo… hasta que volvió a perderse en la pantalla de su móvil, dando likes a frases motivadoras sobre aprovechar el tiempo y vivir la vida, esperando a que su oportunidad volviera a entrar por la puerta del vagón de metro.
¿Y usted?
¿También ha perdido su tren?
No se preocupe.
En tres minutos viene otro.