Autor/a
S.H. Curwen
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Tango

El aire en el vagón de cola de la Línea 1 está viciado. Llevamos parados en Marina más de quince minutos. El traqueteo habitual ha sido sustituido por una parálisis colectiva que nos mantiene en pie. Nadie protesta. En la Barcelona de 2035 hemos aprendido a no protestar.
​En medio de este silencio de tumba se levanta él. Es un músico ambulante, un acordeonista que saca su instrumento de la funda. Su fuelle es un pulmón negro que respira un aire antiguo. Se detiene en el rellano y comienza la Suite Punta del Este. La melodía es una espiral de tensión, como de monos por docenas, desafinada con una intención inhumana. La música nos envuelve como un sudor frío.
​Cuando la última nota de la Suite muere en un quejido seco del fuelle, el silencio resultante es más violento que la propia música. El hombre se cuelga el instrumento de un solo hombro y comienza a recorrer el pasillo extendiendo un sombrero desgastado. La mayoría de los pasajeros esquivamos la mirada, refugiados en el brillo azulado de las pantallas.
​Solo una mujer le presta atención.
Es una figura de unos cuarenta años, de mirada cansada pero serena. Cuando el músico le acerca el sombrero, ella busca en su bolso y deposita un par de monedas que brillan con luz propia bajo los fluorescentes. Al recogerlas, el acordeonista alarga su mano libre y, con un movimiento ágil y rápido, roza el dorso de la mano de ella.
​Ella no se inmuta, pero yo lo veo. Veo cómo el color huye de su piel en ese punto exacto, como si le hubiera inyectado una gota de noche pura. Él le dedica una leve reverencia y se aleja hacia la cabeza del convoy, perdiéndose en la oscuridad del siguiente vagón.
​Pocos segundos después, las puertas ceden con un suspiro hidráulico. No es el personal de TMB el que entra. Son dos vigilantes de la Agencia, con equipo táctico y sensores que emiten un pitido ultrasónico, una aguja de sonido perforando el aire. Van directos hacia ella.
​Él saca un cordón translúcido, una fibra de luz sólida, y le asegura las manos por delante. No hay sorpresa en su rostro, solo una resignación infinita.
​―El rastro es puro ―susurra la vigilante a través del modulador de su máscara―. Extracción confirmada.
​Se la llevan. Los vigilantes la obligan a levantarse y la sacan al andén vacío de Marina. Mientras cruza el umbral, ella me mira. Es una mirada breve, cargada de una compasión terrible. Me hace un leve gesto de adiós con la mano invisiblemente atada antes de que las puertas se cierren con un chasquido definitivo.
​Entonces, un estrépito metálico nos sacude: el sonido seco y definitivo del desacople. Segundos después, el resto del convoy arranca, alejándose con un rugido que se desvanece en la distancia.
​Nosotros nos quedamos atrás. Pero no estamos quietos.
​Siento el cambio de agujas. El vagón se desvía, hundiéndose en una vía muerta que no figura en los mapas oficiales. Al otro lado de los cristales, la oscuridad del túnel comienza a latir, a curvarse hacia abajo. Emergemos en un andén abandonado, una arquitectura de pesadilla excavada en la roca antigua, bajo una luz mortecina que parece emanar de la piedra misma.
​Allí, bajo la bóveda de la estación olvidada, aguardan ellos. Seres imposibles, figuras cuya anatomía desafía la razón, con dedos demasiado largos que ya acarician el fuelle de sus instrumentos.
​Las puertas del vagón se abren. Comienza la interpretación al unísono de un Libertango enloquecido.