Autor/a
La niña que soñaba azul
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
Relat lliure

La niña que soñaba en azul

Mi infancia transcurrió en Trinitat Nova, un barrio obrero y luchador, tejido de distintas historias de vida. Mi madre no tenía carnet de conducir, por lo que el transporte público formaba parte de nuestro día a día.
En aquel entonces, la línea 4, nuestra línea amarilla, terminaba en Via Júlia.
Esa estación, desde los ojos de una niña, era una experiencia mágica. Encendían las luces del túnel, dejando entrever sus misteriosas entrañas. Observaba cómo los trenes seguían más allá, custodiados por hombres vestidos de azul, que caminaban al son de infinitas llaves colgando de sus cinturones. Yo preguntaba dónde los llevaban y mi madre respondía que los trenes iban a dormir; —¿Y por qué no podemos ir con ellos? —insistía; —Porque solo pueden ir los hombres de azul —decía ella—; ¡Quiero ser una de ellos! exclamé; —Claro que sí. Podrás ser lo que quieras ser, estoy segura de ello.
Mi infancia estuvo muy ligada al metro. En la calle Aiguablava había unos respiraderos enormes. Nos encantaba ir. Una llevaba las pilas, otra el radiocasete, y bailábamos sobre ellos. Nuestras melenas se elevaban al compás de la música, como si por un instante fuéramos auténticas estrellas del pop.
A veces, uno de aquellos hombres de azul salía por una gran puerta que había más abajo y nos advertía que era peligroso. Nosotras no escuchábamos. Era nuestro momento de gloria en un entorno dificilísimo. Era nuestro refugio, el lugar donde aferrarse a un hilo de esperanza y donde imaginar un futuro incierto, pero lleno de posibilidades. Yo los veía marcharse y pensaba en cómo sería todo detrás de esa puerta.
Los años pasaron y la vida, como tantas veces, encontró un camino inesperado.
Una conocida me comentó que había una convocatoria abierta para trabajar en TMB y que era el último día para inscribirse; —¿Te animas y vamos juntas? —preguntó; —¿En qué consiste? —Conducir el metro. No lo dudé; decidí acompañarla.
Dicen que las mejores cosas suceden sin ser planeadas y eso fue lo que me pasó a mí. Superé las pruebas y empecé como agente de atención al cliente.
Periodos de formación, habilitaciones, adaptación a un nuevo mundo, pero lo relevante aquí fue el día que entré por primera vez a una cochera. Aquel día, me encontré cara a cara con aquellos hombres de azul y sentí que toda mi infancia pasaba por delante de mis ojos. Fue amor a primera vista y lo supe al instante: quería ser una de ellos.
Después de muchos años de esfuerzo, preparación y con el apoyo infinito de muy buenos compañeros, lo conseguí: ser, por fin, una mujer de azul. Fue uno de los días más felices de mi vida. Primero, mecánica en los talleres de Sagrera y, con el tiempo, puerta cocheras, llevándome este último al lugar donde todo había empezado. La línea 4, mi línea amarilla, mi infancia y, desde ese momento, también mi familia.
Y sí, ese día llegó. Vestida de azul, me encontré frente a aquella misma puerta donde había jugado de niña. No pude evitar mirar el respiradero que tantas veces, al ritmo de la música, me hizo soñar con un futuro mejor. Entonces comprendí que los trenes no solo me habían llevado de un lugar a otro, también me habían traído hasta aquí, cerrando un círculo que empezó con una niña mirando un misterioso túnel, preguntándose qué habría al final y sin saber que lo que estaba viendo era en realidad su propio futuro.