Autor/a
Girondo
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Autobús al laberinto

El autobús derrapa. Por megafonía, una voz aguda, mal sintonizada, anuncia: «Señores pasajeros, ¡vamos a chocar!». Matilda se aferra a los reposabrazos. El conductor mira al frente con media sonrisa, ajeno a todo.
Vuelan levemente. Matilda echa la vista atrás: dos hileras más allá, un anciano con su bastón. Al fondo, una mujer con un vestido de flores pintadas con rotulador. Ninguno dice nada.

«Próxima parada: Glòries. ¡Aquí sube papá!». Algo no encaja. La megafonía proviene de afuera.
Frenazo. Los pasajeros se inclinan en perfecta sincronía. La puerta parece abrirse. Un hombre recorre el pasillo. Avanza encorvado. Es de otra escala.
De entre todos los asientos libres, el hombre va a sentarse a su lado. Matilda echa mano al bolso, por hacer algo. Remueve dentro, primero suavemente y después con urgencia.
—¿Pero dónde está? —dice sin querer.
—¿Todo bien? —pregunta el hombre.
—Sí, gracias —dice Matilda, pero el hombre no aparta la mirada—. El dinosaurio de mi hijo. Lo tenía aquí. Se me habrá caído en algún frenazo.
Matilda se agacha a mirar debajo del asiento. Una mano se posa en su hombro.
—No se preocupe —dice la mujer del vestido de flores—. Los juguetes nunca se pierden, solo juegan a esconderse. En mi clase tienen vida propia.
Buscan por todo el autobús. Intentan reclinar los asientos pero el plástico se resiste. Abren los portaequipajes. No ceden. Los empujan, tiran de ellos. Los golpean con el bastón. No hay manera. El hombre alto busca donde solo él puede alcanzar. Nada.

Matilda se sienta, derrotada, y se echa las manos a la cara.
—Tome —dice el anciano, alcanzándole un pañuelo—. Hágale un favor a este abuelo: si la veo llorando, yo también lloraré.
La voz del anciano la serena. Tras secarse las mejillas, encuentra de nuevo la mano esperándola. No tiene una sola arruga.
—Y tome esto también. Es para su hijo. Puede que haya perdido su dinosaurio, pero no hay tristeza que no arregle un caramelo.
El autobús da una sacudida. Los pasajeros vuelven de golpe a sus asientos. El hombre alto se vuelve hacia Matilda y sonríe.
«Próxima parada: El Laberinto. ¡Argos, es tu turno!», anuncia la megafonía, entrecortada.
Otro frenazo. Nadie entra. O eso cree Matilda, hasta que ve aparecer, correteando por el pasillo, un perro gris y peludo. Se le acerca jadeando. Matilda lo acaricia y nota algo en su boca. Allí está, lleno de babas, el dinosaurio de su hijo.
—¡El dinosaurio de Mateo! —grita.
—Buen chico, Argos —dice el hombre alto—. Hasta el próximo viaje, Matilda.
Matilda sigue mirando el dinosaurio. Lo aprieta contra el pecho. Cuando levanta la vista, el asiento está vacío. No queda nadie. Ni el abuelo, ni la maestra. Ni siquiera el conductor. El volante se mueve solo. Por las ventanas, el paisaje empieza a desdibujarse. Matilda apoya la nariz contra el cristal. Tras el parpadeo de luces y sombras: la silueta de un niño.

El autobús se detiene.

Suena la megafonía una última vez, con otra voz, más nítida que antes:
«Mateo, cariño, recoge el autobús, los muñecos y el resto de juguetes y ponte la mochila. Papá te está esperando abajo. No te olvides de Dino. Nos vemos el lunes, ¿vale? ¿Le das un beso a mamá?».