Autor/a
Basil
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
La Rata
La rutina me devoraba. En aquella época bebía tres latas de Red Bull por noche. Estaba asignado a la estación de Congrés como brigada antigrafiti. Lo de brigada era un decir. Era solo yo, con mi linterna, mi walkie y mis chocolatinas.
Una noche mi vida cambió. Fui a la cabina a cargar mi teléfono. Al volver al andén, mi mochila estaba abierta. Los plásticos mordisqueados de mis chocolatinas marcaban un rastro hacia el túnel.
—Agente 10.67 a centro de control. Cambio.
—Centro de control a la escucha. Cambio.
—Posible intruso en túnel. Cambio.
—Autorizado a bajar a vías e inspeccionar la zona. Cambio y corto.
Bajé las escaleras y resoplé. Mi estado de forma era lamentable. Linterna en mano, avancé sobre el balastro y, a medida que me adentraba en el túnel, distinguí una luz tenue.
Provenía del burladero, que no era tal. En su lugar, había una puerta. La claridad al otro lado se filtraba por las rendijas. La abrí.
Entonces la vi. Una criatura enorme. Y peluda. Tanto que tenía los ojos hundidos en el vello. La cola, grasienta, parecía una sucesión de neumáticos apilados, del más grande al más pequeño. Se acercó, envolviéndome en su sombra.
—¿Qué pasa, compi? —me dijo.
—¿C, co, compi? —balbuceé.
La criatura se apartó. Aquello no era una cueva. Era… una oficina. Di un paso atrás. Estaba construida con desechos: cáscaras como asientos, una señal ferroviaria por mesa, un panel de vigilancia con pantallas agrietadas de teléfonos móviles.
En una pared, un mapa del metro dibujado sobre billetes caducados y trozos de pegatinas. En otra, luces parpadeantes alimentadas por baterías viejas y cables roídos.
Y allí estaban.
Ratas.
No como uno se las imagina.
Perfectamente uniformadas. Sentadas observando, coordinando un mundo paralelo.
—Bienvenido al centro de control —dijo la jefa.
No supe qué decir.
Una de ellas giró levemente sobre su cáscara y la miró.
—Supervisora: víveres de Congrés asegurados —dijo, apartándose unos auriculares raídos.
—¡CÓDIGO ROJO! Brigada del agua inminente en Camp de l'Arpa —gritó otra.
Todas empezaron a murmurar y a moverse con nerviosismo.
La rata gigante tomó el mando. Se colocó los auriculares y dijo:
—Ponme la imagen y amplíala. Equipo: se acerca una plaga de bípedos. Regresen a la base. No hay tiempo que perder. Repito: abandonen su posición.
Yo no podía apartar la mirada. Mi linterna, aún encendida, parpadeaba contra el suelo.
La jefa se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo. Luego otra vez de abajo arriba. Tomó nota en un bloc hecho de recibos de los pasajeros. Señalando el mapa de la pared, dijo:
—Cada línea, cada estación… de todo hay dos versiones. La vuestra y la nuestra. Y créeme: la nuestra funciona mejor. La pregunta es: ¿qué haces tú aquí?
—¿Yo…? Yo tengo que volver.
La rata negó con la cabeza mientras sonreía.
—¿Y no has pensado en cambiar de trabajo?
Una noche mi vida cambió. Fui a la cabina a cargar mi teléfono. Al volver al andén, mi mochila estaba abierta. Los plásticos mordisqueados de mis chocolatinas marcaban un rastro hacia el túnel.
—Agente 10.67 a centro de control. Cambio.
—Centro de control a la escucha. Cambio.
—Posible intruso en túnel. Cambio.
—Autorizado a bajar a vías e inspeccionar la zona. Cambio y corto.
Bajé las escaleras y resoplé. Mi estado de forma era lamentable. Linterna en mano, avancé sobre el balastro y, a medida que me adentraba en el túnel, distinguí una luz tenue.
Provenía del burladero, que no era tal. En su lugar, había una puerta. La claridad al otro lado se filtraba por las rendijas. La abrí.
Entonces la vi. Una criatura enorme. Y peluda. Tanto que tenía los ojos hundidos en el vello. La cola, grasienta, parecía una sucesión de neumáticos apilados, del más grande al más pequeño. Se acercó, envolviéndome en su sombra.
—¿Qué pasa, compi? —me dijo.
—¿C, co, compi? —balbuceé.
La criatura se apartó. Aquello no era una cueva. Era… una oficina. Di un paso atrás. Estaba construida con desechos: cáscaras como asientos, una señal ferroviaria por mesa, un panel de vigilancia con pantallas agrietadas de teléfonos móviles.
En una pared, un mapa del metro dibujado sobre billetes caducados y trozos de pegatinas. En otra, luces parpadeantes alimentadas por baterías viejas y cables roídos.
Y allí estaban.
Ratas.
No como uno se las imagina.
Perfectamente uniformadas. Sentadas observando, coordinando un mundo paralelo.
—Bienvenido al centro de control —dijo la jefa.
No supe qué decir.
Una de ellas giró levemente sobre su cáscara y la miró.
—Supervisora: víveres de Congrés asegurados —dijo, apartándose unos auriculares raídos.
—¡CÓDIGO ROJO! Brigada del agua inminente en Camp de l'Arpa —gritó otra.
Todas empezaron a murmurar y a moverse con nerviosismo.
La rata gigante tomó el mando. Se colocó los auriculares y dijo:
—Ponme la imagen y amplíala. Equipo: se acerca una plaga de bípedos. Regresen a la base. No hay tiempo que perder. Repito: abandonen su posición.
Yo no podía apartar la mirada. Mi linterna, aún encendida, parpadeaba contra el suelo.
La jefa se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo. Luego otra vez de abajo arriba. Tomó nota en un bloc hecho de recibos de los pasajeros. Señalando el mapa de la pared, dijo:
—Cada línea, cada estación… de todo hay dos versiones. La vuestra y la nuestra. Y créeme: la nuestra funciona mejor. La pregunta es: ¿qué haces tú aquí?
—¿Yo…? Yo tengo que volver.
La rata negó con la cabeza mientras sonreía.
—¿Y no has pensado en cambiar de trabajo?