Autor/a
Valeri
Categoria
Relat lliure
BASTA
Baja corriendo las escaleras del metro, pero cuidando sus pasos para no resbalar. Al pasar su ticket se percata que no tiene saldo. Suspira porque ya va tarde a su cita médica y no quiere dejar pasar más tiempo. Acelerada, se acerca a la máquina de recarga un poco impaciente por la fila que hay, gruñéndole a cuanto turista ve. Una vez que lo logra, pasa por el torniquete, pero algo la devuelve ya que su bolso se queda enganchado. Intenta respirar como recomiendan aquellas personas que meditan, pero se da cuenta que le funciona más gritar para sus adentros. Al notar que el tren no pasará hasta en 7 minutos más, arrastra su cuerpo al andén buscando algo de descanso y de tregua. Cualquiera que la mirara vería en su rostro una evidente falta de café, falta de tiempo y de sueño(s). Al entrar al vagón advierte que el abrigo que trae puesto por la lluvia ya no es necesario, pero no puede sacárselo, no quiere, por lo que no le queda otra opción más que hacer caso omiso a la sensación de humedad y la transpiración que recorren su cuerpo. Al poco tiempo siente como una gota se arrastra miserablemente desde detrás de su cuello y comienza a bajar lentamente. Sabe que al salir eso será un problema, se le hará difícil combatir el frío allí donde va. Apretada entre bolsas y un carrito que pisa sus tobillos, siente que pierde la paciencia. Se voltea para decir algo, para decir “basta”, pero al ver a ese pequeño, su corazón se estremece un poco y algo dentro de ella se enfría tanto que se congela. Queda paralizada, pero ese estado no dura mucho, ya que se ve interrumpida por alguien que le toca el hombro para ofrecerle el asiento. Confundida, se apanica un poco, no entiende a la primera, por lo que la persona insiste amablemente. No sabe si algo de su barriga se le asoma detrás de ese gran abrigo verde musgo que eligió tan cuidadosamente para ese día o si es simplemente civismo. Rechaza el asiento gentilmente y señala a una persona mayor, que, si bien no sabe que tan mayor es, decide hacer la apuesta debido a las arrugas que rodean sus ojos cansados. Vuelve a perderse entre la multitud. Sabía que esto no sería fácil, pero jamás pensó que esa oferta de un extraño le removería hasta lo más profundo de sus entrañas. Siente en la boca un sabor agridulce, una mezcla de seguridad y tristeza, de suavidad y firmeza. Mira a su alrededor, todos absortos en sus pantallas y los más intelectuales devorando libros, todos con una liviandad que se le vuelve insoportable. No sabe nada de ellos, pero está segura de que los fantasmas que la acompañan a ella hoy son un poco más fastidiosos que los que acompañan al resto de aquellos transeúntes. Suena el nombre de su parada lo que la distrae de sus pensamientos y vuelve así a la realidad. Pide permiso para bajar antes que la siguiente tanda de personas y fantasmas entren. Se sorprende al percatarse que aún hay espacio para la cordialidad en ese vagón que va demasiado lleno.