Autor/a
SF.Elias
Categoria
Relat lliure
El andén sin sol
He salido temprano porque mamá siempre dice que el sol aprieta al mediodía y que a esas horas no hay quien aguante en el campo. He cogido la cesta de mimbre, aunque no tenía claro si iba a por higos, a por habas o solo a oler a tomillo y a tierra húmeda mientras reluce la acequia en la primera luz de la mañana.
Hoy no. El cielo está oscuro, casi negro, y, aun así, seco: no cae una sola gota de lluvia. Bajo por unas escaleras larguísimas; una brisa cálida y pesada me roza la cara y levanta el vestido en un vuelo. Me detengo. No es como las calles de tierra del pueblo: el suelo es frío y duro bajo las alpargatas. Mi hermano Jesús siempre me cuenta, cuando vuelve de la ciudad, que las calles están labradas en piedra y que vuelves con los zapatos limpios a casa. Acelero un poco el paso; mis primos Julián, Pepín e Isabelita deben de estar esperándome ya.
Las escaleras se acaban al fin, pero no hay ni rastro de mis primos. De pronto, un trueno retumba en cielo y suelo como si fueran uno. Primero un temblor fino; luego, un rugido rítmico y metálico que se me mete en el pecho. Me siento en un banco hasta que pase la tormenta.
Una chica con una bufanda azul y un pendiente en una sola oreja se acerca. Es la primera vez que la veo en el pueblo. Me habla despacio, sin alzar la voz pese al ruido de la tormenta, que ya empieza a apagarse.
—¿Se encuentra usted bien?
Le digo que sí, que solo estoy esperando a que pase la tormenta. La chica parece no entenderme, así que se lo repito. Asiente y me coge del brazo. Esa delicadeza me tranquiliza más que cualquier respuesta.
—¿Sabe adónde se dirige? ¿Está segura de que se encuentra en la dirección correcta de la línea de metro?
Abro la boca, pero las palabras no salen en el orden correcto. Pienso en la calle donde nací, en mi madre, en la cocina de mi casa con las cortinas amarillas estampadas de mazorcas de maíz. Todo eso está en mí, pero no responde a su pregunta.
—No lo sé.
La muchacha deja su mochila en el banco y se sienta a mi lado. Sus dos brazos me rodean y, por primera vez en el día, siento calor. Tiene la piel oscura y va vestida con unos pantalones vaqueros anchos y un jersey de deporte también ancho. Bajo la vista. Me miro las manos. Tienen manchas oscuras, venas levantadas, la piel fina como papel. No son manos de niña.
Hay un segundo de silencio dentro de mí. Parpadeo una vez, dos veces, tres veces. Y entonces veo: el suelo brillante, unas vías resguardadas en un foso oscuro, una voz femenina de fondo que no deja de repetir: “tren amb destinació Cornellà Centre”. ¿Estoy en una estación de tren? ¿Qué lugar es este? Sólo venía a buscar higos.
—No pasa nada —dice la muchacha—. Ya hemos llamado a su hija.
Hija.
La palabra se queda suspendida dentro de mí como una campana que llama a misa de doce. No recuerdo su cara. Si intento verla, se me deshace. Y, aun así, lo sé: cuando llegue, la voy a reconocer. Siempre la reconozco.
La muchacha me pregunta si tengo frío. Niego con la cabeza. Al fondo se oye el metro entrar en la estación. Unas puertas automáticas se abren, entra y sale gente, mucha gente, y se vuelven a cerrar. Ya sé dónde estoy. La certeza me durará poco, pero ahora me atraviesa entera.
Se levanta y me ofrece el brazo. Dice que arriba estaremos mejor, que ya falta poco.
Le tomo el brazo y me levanto yo también, más animada. Arriba tiene que hacer sol.
Y oler a tomillo y a tierra húmeda.
Hoy no. El cielo está oscuro, casi negro, y, aun así, seco: no cae una sola gota de lluvia. Bajo por unas escaleras larguísimas; una brisa cálida y pesada me roza la cara y levanta el vestido en un vuelo. Me detengo. No es como las calles de tierra del pueblo: el suelo es frío y duro bajo las alpargatas. Mi hermano Jesús siempre me cuenta, cuando vuelve de la ciudad, que las calles están labradas en piedra y que vuelves con los zapatos limpios a casa. Acelero un poco el paso; mis primos Julián, Pepín e Isabelita deben de estar esperándome ya.
Las escaleras se acaban al fin, pero no hay ni rastro de mis primos. De pronto, un trueno retumba en cielo y suelo como si fueran uno. Primero un temblor fino; luego, un rugido rítmico y metálico que se me mete en el pecho. Me siento en un banco hasta que pase la tormenta.
Una chica con una bufanda azul y un pendiente en una sola oreja se acerca. Es la primera vez que la veo en el pueblo. Me habla despacio, sin alzar la voz pese al ruido de la tormenta, que ya empieza a apagarse.
—¿Se encuentra usted bien?
Le digo que sí, que solo estoy esperando a que pase la tormenta. La chica parece no entenderme, así que se lo repito. Asiente y me coge del brazo. Esa delicadeza me tranquiliza más que cualquier respuesta.
—¿Sabe adónde se dirige? ¿Está segura de que se encuentra en la dirección correcta de la línea de metro?
Abro la boca, pero las palabras no salen en el orden correcto. Pienso en la calle donde nací, en mi madre, en la cocina de mi casa con las cortinas amarillas estampadas de mazorcas de maíz. Todo eso está en mí, pero no responde a su pregunta.
—No lo sé.
La muchacha deja su mochila en el banco y se sienta a mi lado. Sus dos brazos me rodean y, por primera vez en el día, siento calor. Tiene la piel oscura y va vestida con unos pantalones vaqueros anchos y un jersey de deporte también ancho. Bajo la vista. Me miro las manos. Tienen manchas oscuras, venas levantadas, la piel fina como papel. No son manos de niña.
Hay un segundo de silencio dentro de mí. Parpadeo una vez, dos veces, tres veces. Y entonces veo: el suelo brillante, unas vías resguardadas en un foso oscuro, una voz femenina de fondo que no deja de repetir: “tren amb destinació Cornellà Centre”. ¿Estoy en una estación de tren? ¿Qué lugar es este? Sólo venía a buscar higos.
—No pasa nada —dice la muchacha—. Ya hemos llamado a su hija.
Hija.
La palabra se queda suspendida dentro de mí como una campana que llama a misa de doce. No recuerdo su cara. Si intento verla, se me deshace. Y, aun así, lo sé: cuando llegue, la voy a reconocer. Siempre la reconozco.
La muchacha me pregunta si tengo frío. Niego con la cabeza. Al fondo se oye el metro entrar en la estación. Unas puertas automáticas se abren, entra y sale gente, mucha gente, y se vuelven a cerrar. Ya sé dónde estoy. La certeza me durará poco, pero ahora me atraviesa entera.
Se levanta y me ofrece el brazo. Dice que arriba estaremos mejor, que ya falta poco.
Le tomo el brazo y me levanto yo también, más animada. Arriba tiene que hacer sol.
Y oler a tomillo y a tierra húmeda.