Autor/a
Lua Romaní
Categoria
Relat lliure
No me gusta salir de fiesta
¿No te gusta salir de fiesta?
¿O no te gusta ver cómo, aunque te arregles, sigues siendo invisible?
Que siempre todas llamarán más la atención que tú.
Que siempre priorizarán a un hombre antes que a ti.
Que el final siempre es el mismo.
Tú.
Sola.
¿Es el cuerpo?
¿Enseñas mucho?
¿Enseñas poco?
¿La cara?
¿Eres fea?
¿La actitud?
¿Qué te gusta?
¿Gustar?
¿Que te gusten?
Beber para atreverte.
¿Atreverte a qué?
¿A dejarte querer?
¿En una fiesta?
Nah, imposible.
Por eso no me gusta salir de fiesta.
Por eso estoy en la estación a las tres de la mañana.
Nudo en la garganta.
Inmensas ganas de llorar.
Soledad.
Bonito nombre, pero tan complicada para algunos.
Es curioso pensar que el único lugar donde me siento libre es en el metro.
Cuando siento que no encajo, me gusta ir al metro.
Sentarme y observar cómo sube y baja gente.
Me encanta imaginar qué esconden esas cientos de miradas perdidas, esos pasos acelerados.
Cuando me siento sola, me gusta subirme al metro más lleno de la estación.
Allí, presa en un rinconcito del vagón, siento que pertenezco.
Siento que soy una más.
Y que, por unos minutos, dejo de ser el bicho raro para ser, simplemente, una más.
¿O no te gusta ver cómo, aunque te arregles, sigues siendo invisible?
Que siempre todas llamarán más la atención que tú.
Que siempre priorizarán a un hombre antes que a ti.
Que el final siempre es el mismo.
Tú.
Sola.
¿Es el cuerpo?
¿Enseñas mucho?
¿Enseñas poco?
¿La cara?
¿Eres fea?
¿La actitud?
¿Qué te gusta?
¿Gustar?
¿Que te gusten?
Beber para atreverte.
¿Atreverte a qué?
¿A dejarte querer?
¿En una fiesta?
Nah, imposible.
Por eso no me gusta salir de fiesta.
Por eso estoy en la estación a las tres de la mañana.
Nudo en la garganta.
Inmensas ganas de llorar.
Soledad.
Bonito nombre, pero tan complicada para algunos.
Es curioso pensar que el único lugar donde me siento libre es en el metro.
Cuando siento que no encajo, me gusta ir al metro.
Sentarme y observar cómo sube y baja gente.
Me encanta imaginar qué esconden esas cientos de miradas perdidas, esos pasos acelerados.
Cuando me siento sola, me gusta subirme al metro más lleno de la estación.
Allí, presa en un rinconcito del vagón, siento que pertenezco.
Siento que soy una más.
Y que, por unos minutos, dejo de ser el bicho raro para ser, simplemente, una más.