Autor/a
Osp
Categoria
Relat lliure
Buenas noches / Buenos días
Todavía estábamos empapados de sudor pero eran las cinco y media de la mañana y Razzmatazz empezaba a cerrar. Salíamos del recinto muriéndonos de la risa y cantando la última canción que la DJ pinchaba y recordábamos el último espectáculo del grupo de bailarines que, dedicados a la performance bailada al ritmo de Azaelia Banks, se estiraban de las pelucas y las lanzaban al público.
La noche, como nosotros, era jóven pero la luna ya estaba cansada y, mientras ella bajaba a platea, el sol entraba en escena recibiendo los últimos aplausos de su compañera. Y así como la luna marchaba nosotros también aunque, cómo dicen Las Ketchup, con ella en las pupilas. Nos dirigimos a Marina, la parada de metro por excelencia de los que se cruzan para ir a trabajar y los zombies que volvemos de fiesta. No pude evitar entonces, entre conversación y conversación, abstraerme un poco y observar a la gente que ocupábamos el mismo espacio con objetivos tan distintos. Para mi sorpresa, mis pupilas acabaron alineadas a las de un chico, sentado justo enfrente de mí, que sostenía entre los brazos una mochila y el peso del sueño provocado por madrugar tantísimo. Se notaba que el sol todavía no le había acariciado la cara, aunque sus ojos pardos tenían un brillo especial. Quizá de fascinación. Nunca había visto a alguien sonreír de manera tan sincera una mañana a las seis mirando a un grupo de maricas y bolleras no binarias, mientras se partían la caja en el metro, probablemente perturbando la poca paciencia mañanera que el resto de gente podía tener. Él nos miraba y sonreía. En más de una ocasión lo pillé observándome: -Cuidado, que cobro por mirar.- Le acabé diciendo con un tono juguetón, a lo que él respondió con tranquilidad: -Disculpa, es que no he podido evitarlo. Hace tanto tiempo que no salgo de fiesta…- y así las paradas fueron pasando y la conversación fluyendo.
La vuelta a casa es, a veces, absurdamente mejor que la fiesta, pensaba mientras hablábamos. Siempre acabas conociendo a alguien interesante con quien compartir una buena conversación, haciendo de terapéuta al grito de “¡que le jodan!” o, tal vez, repasando los mejores momentos de la noche ,apoyado en el hombro de tu amigo, mientras os mece el traqueteo del metro.
La embriaguez por la falta de sueño y la que te provoca el alcohol son bastante parecidas: te hacen estar más suelto, como con una falsa sensación de control. Mi parada llegaba y decidí entonces darle mi contacto, invitándole a seguir la conversación cuando quisiera, a lo que accedió con gran entusiasmo.
Bajamos en Urgell y me despedí de aquel chico al que le parecía brillar la mirada, por mucho que quisiera ver el sol naciendo en sus ojos. Mis amigos, entre abrazos y besos, me dejaron en el portal de casa y yo pensé en la suerte que tenía de tenerlos en mi vida. “Amor y fiesta; una vida holgada en horizontal” pensé mientras Morfeo me envolvía en su abrazo.
La noche, como nosotros, era jóven pero la luna ya estaba cansada y, mientras ella bajaba a platea, el sol entraba en escena recibiendo los últimos aplausos de su compañera. Y así como la luna marchaba nosotros también aunque, cómo dicen Las Ketchup, con ella en las pupilas. Nos dirigimos a Marina, la parada de metro por excelencia de los que se cruzan para ir a trabajar y los zombies que volvemos de fiesta. No pude evitar entonces, entre conversación y conversación, abstraerme un poco y observar a la gente que ocupábamos el mismo espacio con objetivos tan distintos. Para mi sorpresa, mis pupilas acabaron alineadas a las de un chico, sentado justo enfrente de mí, que sostenía entre los brazos una mochila y el peso del sueño provocado por madrugar tantísimo. Se notaba que el sol todavía no le había acariciado la cara, aunque sus ojos pardos tenían un brillo especial. Quizá de fascinación. Nunca había visto a alguien sonreír de manera tan sincera una mañana a las seis mirando a un grupo de maricas y bolleras no binarias, mientras se partían la caja en el metro, probablemente perturbando la poca paciencia mañanera que el resto de gente podía tener. Él nos miraba y sonreía. En más de una ocasión lo pillé observándome: -Cuidado, que cobro por mirar.- Le acabé diciendo con un tono juguetón, a lo que él respondió con tranquilidad: -Disculpa, es que no he podido evitarlo. Hace tanto tiempo que no salgo de fiesta…- y así las paradas fueron pasando y la conversación fluyendo.
La vuelta a casa es, a veces, absurdamente mejor que la fiesta, pensaba mientras hablábamos. Siempre acabas conociendo a alguien interesante con quien compartir una buena conversación, haciendo de terapéuta al grito de “¡que le jodan!” o, tal vez, repasando los mejores momentos de la noche ,apoyado en el hombro de tu amigo, mientras os mece el traqueteo del metro.
La embriaguez por la falta de sueño y la que te provoca el alcohol son bastante parecidas: te hacen estar más suelto, como con una falsa sensación de control. Mi parada llegaba y decidí entonces darle mi contacto, invitándole a seguir la conversación cuando quisiera, a lo que accedió con gran entusiasmo.
Bajamos en Urgell y me despedí de aquel chico al que le parecía brillar la mirada, por mucho que quisiera ver el sol naciendo en sus ojos. Mis amigos, entre abrazos y besos, me dejaron en el portal de casa y yo pensé en la suerte que tenía de tenerlos en mi vida. “Amor y fiesta; una vida holgada en horizontal” pensé mientras Morfeo me envolvía en su abrazo.