Lo que el reflejo calla
Aunque pasara el tiempo, seguía sin entender por qué continuaba. Cada mañana, al empezar la jornada, sentía el corazón desbocado en el pecho. Al principio me preocupaba; al final ya ni lo notaba. Las voces siempre estaban ahí, como llamas en el aire, aferrándose a mí sin descanso. Me decían que escuchar era parte del trabajo, que atender a quienes llegaban servía para algo, aunque yo nunca supiera exactamente para qué. Solo cumplía con mi turno. Pero cada vez que el reflejo en el cristal del metro me devolvía mi propia imagen, el traje de rayas me golpeaba con frialdad. Entonces, las voces dejaban de sonar como historias y volvían a ser lo que eran, desgarradoras súplicas por unos alientos más. Y yo, yo ya no era el trabajador que creía ser, sino uno más. Uno de ellos. Solo que, para no terminar apilado entre los cuerpos inertes, muertos (si no por el gas que se colaba bajo las puertas, por las balas rápidas de los uniformes que vigilaban desde lejos), me tocaba sostenerlos. Apilarlos. Despedirlos. Mientras mis manos estuvieran ocupadas, no me llamarían por mi nombre. Pero el día que no quedara ningún otro cuerpo que cargar, sabía que los soldados no dudarían en atravesar el mío. Sería otro judío más, muerto delante de la fría estación de Barcelona.
Categoría de 13 i 17 años. Institució Igualada