El último viaje
Cada noche el último tren del metro recorría la ciudad como un susurro. Apenas unos pocos pasajeros se atrevían a abordar ese convoy solitario que parecía deslizarse entre sombras y recuerdos. Para Clara era su refugio. Se sentaba siempre en el tercer vagón, junto a la ventana, viendo el reflejo borroso de su rostro mezclarse con las luces de los túneles.
Aquella noche, sin embargo, algo era diferente. Al subir, notó que el vagón estaba vacío, excepto por un anciano de ojos cansados que sujetaba un sombrero desgastado en su regazo. La miró con una tristeza infinita, pero no dijo palabra. Clara sintió un escalofrío, como si un viento helado atravesara el subterráneo.
El tren avanzó con su habitual monotonía. Sin anuncios, sin paradas. La ciudad parecía haberse detenido afuera, congelada en el tiempo. Clara intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron. Fue entonces cuando el anciano habló, su voz era un eco lejano.
-Este tren solo viaja una vez. Es el último viaje.
Ella quiso preguntar a qué se refería, pero las palabras murieron en su garganta. El paisaje al otro lado del cristal había cambiado: ya no eran túneles, sino un vasto campo de neblina plateada que se extendía hasta el infinito. A lo lejos, sombras borrosas caminaban lentamente, como si buscaran algo perdido hace mucho tiempo.
-Hace años yo también subí sin saberlo -dijo el anciano, acariciando el sombrero-. Buscaba escapar… pero uno no puede huir de su destino.
El corazón de Clara latía con fuerza. Recordó la discusión de esa tarde, el llanto contenido, el impulso irracional de salir corriendo sin rumbo, sin pensar. El metro fue su refugio… su escape.
-¿Estoy… muerta? -susurró con voz quebrada.
El anciano no respondió. en cambio, el tren comenzó a disminuir la velocidad. La niebla se despejó, revelando una estación antigua, cubierta de enredaderas y relojes parados. La señal marcaba: Destino Final.
-Todos llegamos aquí tarde o temprano -dijo el anciano, levantándose con esfuerzo-. Pero tú aún tienes tiempo. No todos reciben una segunda oportunidad.
Antes de que Clara pudiera reaccionar, el tren volvió a moverse, esta vez en sentido contrario. El anciano se desvaneció como polvo llevado por el viento.
Despertó sobresaltada, sentada en el tercer vagón, justo cuando la voz automática anunciaba la próxima parada. La estación estaba iluminada, llena de gente que iba y venía con prisas. Se levantó temblando, salió del vagón y miró hacia atrás. El tren continuó su trayecto, llevándose consigo el reflejo de un anciano de ojos tristes que sostenía un sombrero en silencio.
Clara respiró profundamente, sintiendo el peso de sus decisiones. Salió de la estación decidida a enfrentar lo que había dejado atrás, sabiendo que algunos trenes solo pasan una vez en la vida.
Categoría de 13 i 17 años. Institució Igualada