Un giro inesperado
Era un día soleado, un día como cualquier otro. Alice y Moe se encontraban en Gran Vía. Era un clima propio de la ciudad, la humedad protagonizaba la escena. Moe y Alice, ambas norteamericanas, no se les veía muy alegres a juzgar por las condiciones climáticas. Moe, cuyo familiar se alojaba temporalmente en Barcelona por asuntos laborales, se dirigía junto con Alice, su mejor amiga desde la infancia, dirección al metro.
Al entrar en la estación, un hombre alto, fuerte, y con rostro de pocos amigos, les tapaba la entrada y, con una voz densa dijo:
--Documentación, por favor…
--Por supuesto, dijo Alice -disimulando su ignorancia.
--Usted… -dijo el gorila.
Moe, sin ni siquiera alzar la vista, le acercó el pasaporte.
--¿Llevan encima la cartera? -preguntó el guardia.
Moe tenía un sentimiento agridulce y, acercándose a su amiga le susurró:
--Esto no me huele bien.
--Hagámosle caso -dijo Alice, -al fin y al cabo son medidas de seguridad.
--¿Estás segura? -reprochó Moe.
Alice afirmó, inclinando la cabeza.
Ambas le prestaron la cartera al vigilante.
Lucas, que así estaba identificado en su chapa, al sentir el mínimo contacto de sus carteras, echó a correr por las escaleras, esquivando a las personas, dirección al metro.
Moe, procesando lo sucedido, miró a su amiga con total desesperación y enfado, y fue corriendo tras él.
Alice, al ver lo que había causado, y dejando lágrimas por el pasillo, siguió a su amiga diciéndose entre voces:
--¿Qué he hecho?
Lucas, habiendo calculado a la perfección la salida del siguiente metro, se metió sigilosamente y sin dejar rastro dentro del metro. Rápidamente, y sin pensarlo, se metió dentro del lavabo, sacó su mochila, y se cambió de ropa, satisfecho de su éxito como carterista.
Mientras, Moe y Alice, habiendo perdido de vista a su objetivo, daban vueltas, como pollo sin cabeza, y, frustradas por la desesperación, avisaron a seguridad.
Estos llamaron a la policía y empezaron la búsqueda.
Moe y Alice tenían un compromiso de por medio, cogieron el metro y se dirigieron a casa de su tía Rose.
Al llegar a casa, Rose las recibió con unas pastas, alzó la voz y les dijo:
--¡Animad esas caras!
Alice rompió a llorar y ambas les explicaron lo sucedido.
Rose, sorprendida de lo sucedido, consoló a su sobrina y a Alice.
Más tarde, cenaron juntas y Rose les advirtió que llegaría su primo que había llegado recientemente a Barcelona.
Cayeron las once de la noche y alguien llamó al timbre.
Rose, que en ese momento se estaba dando una ducha, chilló:
--¡Id vosotras, es mi primo Ramón!
Mientras, Alice caía en sueño y Moe, medio deambulando, fue a abrir la puerta. Al abrir, sintió un olor raro, algo familiar…
Moe alzó las cejas y, sin poder contener la rabia, exclamó:
--¡Tú!
Categoría de 13 i 17 años. Institució Igualada