Pescaditos
Un miércoles cualquiera, yo iba a entreno de tenis como cada semana a las 16:00h de la tarde. Yo entreno en un club en la zona universitaria. Al llegar a la pista, mi compañera, más bien mi amiga del alma Olivia, me preguntó si me importaría acompañarla al puerto de Barcelona a buscar el pescado que quería para cenar aquel mismo día; yo encantada le dije que sí, ya que aquel día tenía la tarde libre.
Después de aquel largo entreno de una hora y media, nos dirigimos al vestuario a dejar las raquetas y a emprender nuestro largo trayecto, ya que nos esperaban unos cuarenta minutos de camino. Con la guía del metro de Barcelona, dimos con que teníamos que coger la línea tres, también conocida como la "línea verde".
Yo no solía utilizar el mejor como transporte, en cambio mi amiga si, ya que hacía piano en una escuela de música lejos de su casa. Yo confié en ella y a dónde me llevaba.
Después de unos 25 minutos que, ya cansada, me parecieron horas, llegamos al puerto. Nos bajamos en Drassanes y nos dirigimos al puesto de pescadería. El puesto resultaba ser del primo de su abuela, así que hacia allí nos dirigimos.
Una vez recogido el lenguado emprendimos nuestro camino de vuelta a casa. Algo que yo no sabía de esto, era que en sitios así se compra el pescado recién cogido de el mar, sin limpiar. Llevábamos diez pescados en una bolsa que mantenía el frío. Una vez llegamos al metro de vuelta, ya llevábamos unas cuantas paradas y nos quedaban solo diez minutos.
Sentadas, hablando de la vida, dejamos la bolsa en el asiento de al lado, y de pronto nos dimos cuenta. ¡La bolsa se movía! ¡Los pescados estaban vivos! Los pescados cobraron vida y se esparcieron por todo el vagón. Olivia y yo como locas intentábamos coger los pescaditos que huían de nosotras. Todo el vagón estaba alterado e histérico, diez peces rondando por ahí eran un auténtico escándalo. Desgraciadamente no pudimos recuperar ninguno; Olivia y su familia se habían quedado sin cena aquella noche.
Perdimos de vista a todos los peces, pero lo que no sabíamos es que a la señora de al lado se le había colado uno de ellos en el bolo, y no solo eso, ¡era alérgica al pescado! Nos dimos cuenta al salir en la zona universitaria, la mujer de unos 60 años estaba roja y ahogándose. Rápidamente llamamos a la ambulancia, y la recogieron en seguida.
Después de aquella larga tarde, yo estaba cansada, Olivia y su familia se quedaron sin pescado para la hora de cenar, y de aquella humilde señora, nunca supimos nada más.
Categoría de 13 i 17 años. Fert Batxillerat