El hombre de sangre

Lara

En mi corta vida nunca había visto nada tan aterrador. Nunca había creído en los fantasmas, ni en lo paranormal, y seguramente no lo habría hecho de no ser por los misteriosos sucesos que tuvieron lugar aquellos días. Esta historia que aquí dejo es el testimonio de la tortura que me ha estado atormentando. 


 


Se dio la casualidad de que esa tarde acabé en la parada de metro Rocafort. No recuerdo muy bien cómo fue todo aquello, pero fui a parar a la red subterránea de metro. Pasaron las horas y más que salir me perdí en el complejo laberinto de andenes. No vi al sol irse esa noche, pero deduje que la luna ya estaba ocupando su lugar, cuando vi al tren escoba alejarse por la vía. Nadie había reparado en mí pero no me agobié ni lo más mínimo; la gente tendía a ignorarme. Me quedé en la pared, esperando, en silencio. Cuando decidí que ya no iba a pasar nada más, que la noche iba a proseguir sin el menor sobresalto, y que ya era hora de dormir, un extraño ruido llegó lejano a mí. Al principio era como un zumbido, pero tan suave que a otros les habría pasado desapercibido. Me acerqué a las vías, hasta situarme en el borde. Ahora el sonido era más intenso. El zumbido dejó de serlo para convertirse en el desconcertante murmullo de un cauce de agua. Entonces pude ver que aquello que fluía por las vías no era agua, sino sangre, según más tarde descubrí, la sangre de todos aquellos que habían muerto en las vías en los últimos cien años.


 


No pasó mucho tiempo hasta que la sangre empezó, inexplicablemente, a flotar. En pequeñas gotas se elevó para luego juntarse en una masa amorfa, justo delante de mí. Retrocedí lentamente. Poco a poco, muy poco a poco, se fue definiendo. Primero descubrí las piernas y luego vi aparecer los brazos y el tronco. Unos segundos después intuí una cabeza en lo alto. Continuó definiéndose durante un largo rato pero al final la sangre halló el arte en esa monstruosa escultura viviente. El pelo lo tenía corto y pelirrojo y sus ojos eran de colores diferentes. Sus mejillas no tenían color, al igual que el resto de él, que era pálido. Aquella extraña figura no me vio y avanzó hacia la oscuridad del túnel. Me quedé mirando la escena. No sé adonde fue, porque era más rápido que yo, y tampoco es que tuviera intención de seguirlo, por motivos obvios. En la estación se reinstauró el silencio que esta vez continuaría hasta la llegada de la mañana. 


 


Abrieron pronto el metro y la mañana transcurrió de forma normal. Por la tarde tuvo lugar un horripilante suceso. A las 16:04 un hombre cayó a la vía. Realmente, no pensé que se hubiera caído, porque no estaba demasiado cerca de las vías, pero su expresión tampoco parecía indicar un suicidio. Y fue entonces cuando lo vi, al hombre que había pasado cerca suyo cuando había caído: era él, el hombre de sangre.


 


El quinto día después de aquel, una nueva víctima cayó a las vías y de nuevo el culpable fue él. Tres días después se repitió el suceso y luego cesaron las muertes durante unas semanas, puede que para no llamar tanto la atención. Sus intenciones no eran dejarlo, porque volvió con una nueva víctima. El número de muertos aumentaba y también mi sufrimiento, por no poder contarlo. Nadie me veía, todos me ignoraban y no me podía comunicar con ellos, porque, ¿por qué iba una araña a tener algo que decir?

Categoría de 13 i 17 años. Instituto Viladomat

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