Diario de Marte

Ágata

Hoy se cumple medio siglo del holocausto nuclear que nos obligó al éxodo masivo de la Tierra.


Apenas quedaron supervivientes de aquellos convulsos años de colonización del planeta rojo, la mayoría perecieron.


Los primeros tiempos fueron difíciles, llenos de adversidades, haciendo frente a muchos trabajos en condiciones muy desfavorables para el ser humano. Pero con el tiempo se consiguió crear una auténtica ciudad bajo tierra con toda clase de infraestructuras. Se construyó incluso un medio de transporte parecido al metropolitano terrícola. Los antiguos colonos, por añoranza, lo bautizaron como Metro e incluso le pusieron los nombres de muchas estaciones del suburbano de Barcelona, una ciudad al parecer muy hermosa a orillas del Mediterráneo, allí en la añorada Tierra.


De esta manera podíamos viajar en la línea verde desde Plaça Catalunya a Diagonal y hacer transbordo hacia la línea azul.


Era lo único que nos recordaba  nuestro pasado, si bien es cierto que los pocos supervivientes que quedábamos no conocíamos otra cosa que aquel mundo subterráneo de Marte.


Las pocas referencias que teníamos de nuestro anterior planeta azul, eran por los textos que nuestros antecesores habían dejado para la posteridad. Se recopilaron fotografías de países y ciudades de todo el mundo, intentando preservar aquella memoria para las nuevas generaciones.


Muchas veces recordaba como de niño, a mi maestro y tutor, le interrogaba sobre la vida en la Tierra y el posterior éxodo a Marte. Él siempre me repetía una frase:


- Algún día, cuando veas la luz lo entenderás.


Absorto en mis pensamientos, no me había percatado de que una alarma sonaba, hasta que la iluminación empezó a a parpadear y finalmente se apagó. En ese momento, en medio de una oscuridad absoluta, unas luces verdes se encendieron y se podía leer EXIT junto a unas flechas que señalaban el camino.


Me dirigí intrigado hacía el lugar que me indicaban y otras muchas personas se unieron a mí.


Después de recorrer varios pasadizos, llegamos a unas escaleras y a medida que ascendíamos, un resplandor cegador nos deslumbró. Pasaron varios minutos hasta que conseguimos percibir algo. Allí un cielo azul nos esperaba, mientras veíamos frente a nosotros La Pedrera de Gaudí.

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