Sin rumbo

Caléndula

Los charcos inundaban las calles y la humedad impregnaba mis huesos. Aunque el sol salía tímidamente de su refugio entre las nubes, aquella barrera invisible seguía allí, imperturbable.


¿Qué dirección debía tomar? A la derecha tenía la boca del metro y a la izquierda la parada del autobús. ¿Bajaba a las profundidades invadidas por el líquido viscoso de zapatos mojados o me mantenía en la superficie? Mi decisión estaba clara, pero ponerme en marcha me supuso un trabajo sobrehumano, casi tanto como levantarme por las mañanas. Respiré hondo y fui saltando lo más rápido que pude hasta la parada del H16.


No tardó mucho. Pasé la tarjeta y me senté en el asiento del fondo. Conecté los auriculares al móvil y protegida por mi metro cuadrado observé la ciudad desde mi ventana.


Mis recuerdos decidieron yuxtaponerse en un plano atemporal. Mi reflejo, bajo un paraguas celeste, corría por la Rambla en dirección al Triangle. Luego bailó con un fular rosado por la plaza Urquinaona mientras una sombra sonreía a su lado. Una nube negra apareció cuando el semáforo se puso en rojo en la plaza Lluís Companys. Estaba muy cerca de la parada del V19, que cogía antes tan a menudo, y tuve la visión de unas cajas cargadas de libros y de ropa.


Primero cayeron unas gotas, pero poco después empezó a granizar en pleno abril y todo se volvió borroso. Mi imagen se manifestó en el cristal. Tenía los ojos rojos y la sonrisa rota. Intenté ocultar la cara con mi pelo, pero era muy difícil sin mascarilla. Como no quería que nadie se diera cuenta y mucho menos me preguntara algo, centré mi vista en el infinito y el paisaje se transformó. Los transeúntes se aglomeraban en los portales esperando a que parase el embiste de la meteorología. Paraguas rotos de todos los colores estaban en las papeleras y en el suelo. Diversas prendas de algún tendedero cayeron en la acera y las pisoteaban sin ningún tipo de escrúpulo. Estaban tan sucias por las huellas negras y marrones de los zapatos que no se apreciaban sus tonalidades. Por último, al lado de los contenedores había cartones abandonados revestidos con cúmulos de granizo.


La intensidad de la tormenta menguó hasta detenerse y la gente prosiguió su camino para volver a sus hogares. Pero, ¿qué es un hogar? ¿Un lugar, una persona, tú misma? Para mí es algo acogedor e intangible, por eso, si el tuyo te desahucia sin previo aviso habiendo cumplido con todas las partes del contrato, ¿a dónde se supone que debes regresar? 


Cuando llegué a mi parada, mi cuerpo no se movió. Se cerraron las puertas y el bus continuó con su ruta sin esperar a que estuviera preparada. Finalmente, acabó su recorrido frente al hotel Zero. Reuní todas las fuerzas que pude para levantarme y al salir me encontré con un charco gigante. Di un paso por la zona menos profunda, pero no calculé bien y me mojé hasta el tobillo. Entonces, como si el tiempo lo hiciera a propósito, comenzó a lloviznar otra vez. Degusté la mezcla de sabores dulces y salados. Algo vibró en mi interior, se elevó por mi garganta y salió despedido por mi boca en forma de carcajada, derribando aquella barrera imaginaria con una onda expansiva. Me puse la capucha de mi abrigo y metí el otro pie. No era fácil caminar por el peso del agua, pero ya no me importaba la lluvia, ni la suciedad, ni empaparme entera, ni tan siquiera el mañana, solo avanzar sin preocuparme del rumbo a tomar.

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