Tras la pantalla

unoido

Tumbado bajo la noria del Tibidabo, te acaricio con la mirada y no deja de asombrarme tu piel, tatuada por los edificios que te hacen única. Contornos modernistas y barrocos saturan mi vista, obligándome a cerrar los ojos. Contengo el aliento. En mi oscuridad, te respiro profundamente y, tras el humo que te contamina, puedo oler tu verdadero perfume. Hueles a mar, a misterio, a lucha y a la grandeza del que resiste y se hace eterno. Vestido con tu esencia, abro los ojos lentamente al tiempo que sonrío. Me hipnotizan tus rectas líneas que descienden hasta el mar, donde tus pies juegan con las olas que dibujan la frontera inquebrantable que te limita. Mar y montaña te contienen, impidiendo que crezcas más de lo que necesitas, pero nada pueden hacer contra la enfermedad a la que te enfrentas: la soledad.


 


Recuerdo cuando sentí por primera vez tu enfermedad. Caminaba por tus arterias, atrapado como tantos otros en las redes que la sociedad ha construido para evadirnos de la realidad. Inmerso en las vidas fugaces que mi dedo deslizaba, hambriento de dopamina, me reconocí en uno de los videos. Estaba recitando un poema.


 


Deslízame el alma, pero escucha mis palabras.


Cambia mi imagen, pero conserva mi fragancia.


No dejes que el algoritmo,


dueño de los vicios que esclavizan tu cuerpo,


te aleje de esta, mi ventana.


Miremos juntos a través de ella,


al infinito de cada historia,


al mundo que no vivimos por culpa de las redes,


que nos atrapan.


Sintamos sin miedo el calor del cuerpo que, a nuestro lado,


también duda ante el poder de estas palabras:


La vida real es la que se esconde tras la pantalla.


 


Ver mi reflejo recitando palabras que no cumplía me hizo sonreír: una mueca amarga. Era un creador de contenido más en la inmensidad de historias olvidadas. Resignado, apagué el móvil y continué caminando por el interminable pasillo que conectaba la línea roja y la azul. Mis ojos, liberados, se movieron curiosos entre la gente. Nadie me miró. Estaba solo entre centenares de almas cautivas.


 


Llegué a la parada. Entré en el último vagón a toda prisa, acompasando mi respiración con la señal sonora que indicaba el cierre de las puertas. Me senté. Rodeado de miradas atrapadas en pantallas, me di cuenta una vez más de lo evidente: seguía solo.


 


A mi lado, algo cayó al suelo, y fue entonces cuando sentí que no todo estaba perdido, que la terrible enfermedad que consumía la ciudad podía ser erradicada. Lo recuerdo como si fuera hoy. Nos agachamos a la vez; sus dedos tocaron los míos; sus ojos color caramelo endulzaron mi sonrisa; sentí el calor de su piel junto a la mía. Me sonrió. Permanecimos en silencio. Yo, pensando en cómo retener su compañía; ella, tal vez, en cómo huir de la mía… A la siguiente parada se levantó y se fue.


 


Eso fue hace ya unos días. Ahora, mientras observo Barcelona desde la verde atalaya que la rodea, puedo decir que toda enfermedad tiene su cura.


 


—¿Estás bien? —Me acaricia la mano. La miro. Los mismos ojos color caramelo, la misma sonrisa. Me vuelve a sanar su compañía. Su cabeza se acerca a la mía y doy gracias por haber corrido tras ella aquel día en el metro. Sus labios se acercan a los míos, y siento que sus besos son mi mayor recompensa.


Nos hacemos una foto. Nos vemos tras la pantalla. Reímos. Miramos al horizonte. Barcelona sigue enferma, pero ahora sabemos que, incluso la soledad, tiene cura.


 

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