Paralelo
Como cada día, mi travesía hacia el instituto empezaba en el metro. El Adén de la línea 9 me esperaba con su color naranja divertido y también su pasillo de puertas, pues sus metros iban sin conductor.
Siempre había bastante gente, pero hoy, como algo inusual, nadie se montó en Singuerlín.
Las puertas se abrieron como siempre y entré. La verdad es que estaba extrañada, el vagón vacío parecía casi una utopía. Como cosa inusual, podría sentarme sin dificultad.
Parada tras parada se abrían las puertas, pero nadie subía. En estas 3 primeras me repetía en mi mente que era casualidad, pero a la cuarta empecé a sentir una opresión en el pecho que era como si alguien estuviera estrujando mi corazón para que fuera más rápido.
Me levanté agitada y comencé a subir convoy arriba, convoy abajo, pero nadie se encontraba allí. El miedo me arrastraba a una sensación de ansiedad. Aparte, para dificultar mi paz, el tren cada vez iba más y más rápido, haciendo un ruido tan estridente que parecía que descarrilaría. Este ya no paraba en las estaciones y por la ventana solo se veían luces desdibujadas.
De repente, todas las luces se apagaron y unas cuantas rojas que recorrían todo el lugar parpadeaban a una velocidad nociva. Las lágrimas de impotencia comenzaron a bajar por mis mejillas hasta que la única iluminación que quedaba se apagó. Mi cuerpo recorrido por escalofríos temblaba, mis piernas no aguantaban la vacilación y sentía que en cualquier momento desfallecería.
En ese momento sentí como unas manos frías y alargadas rozaban mi rostro como dagas que herían mi piel. Ya no sabía si el líquido que bajaba por mi cara seguía siendo lágrimas y hacía rato esas mismas manos me impedían abrir los ojos.
Cuando ya veía mi vida acabada y hasta había dejado de sentir dolor, percibí claridad a través de mis párpados cerrados. ¿Habría acabado todo ya?, ¿Todo esto había sido un sueño? Estaba aterrada, pero lentamente los fui abriendo, parpadeé hasta que me acostumbré a la luz y me encontré donde todo había iniciado, fuera del vagón, en la naranja estación de Singuerlín. Esta ya no permanecía vacía, sino que ahora la llenaban terribles cadáveres, estos parecían ser los despojos de los hijos del sangriento Saturno de Goya. El suelo estaba lleno de huesos y esto se sumaban innumerables ramas negras por todos lados, haciendo el lugar muchísimo más tenebroso.
Ya no estaba en mi mundo y tampoco sabía qué me depararía. Corrí hacia la puerta del ascensor y apreté el botón, creando un estruendo por toda la sala, pero no bajaba. No podía más, el pecho me retumbaba tanto que sentía que mi corazón se iría. Me tiré al suelo, el aire me faltaba y mi cabeza daba vueltas. Un fundido a negro recubrió el lugar y me derrumbé.
¿Cuándo acabaría todo? ¿Este sería mi fin? Lo único que pude hacer fue gritar.
Categoría de 13 i 17 años. Institut Ramon Berenguer IV